Barquitos de Papel entre Rascacielos

La pálida luna llena se reflejaba en las aguas del Pacífico panameño, mientras una destartalada embarcación de madera, conducida con destreza, se abría paso entre el lecho marino que había quedado al descubierto por el retiro de las aguas. Bandadas de gaviotas, pelícanos y garzas blancas se daban un banquete matutino. Muchos peces quedaron atrapados en pequeños espejos de agua, resultado de la marea baja, y esperaban con resignación ser engullidos por las voraces aves, que no desperdiciaban la oportunidad de abastecerse de alimento.

El bote cruzó su último obstáculo: un puente que sirve de paso a los vehículos que circulan por el Corredor Sur y que queda justo en el minúsculo puerto de la barriada de Boca La Caja. Los impacientes jóvenes y niños de la comunidad, al despuntar el día, esperaban el fruto de la jornada, que parecía no haber sido buena; así lo expresaban los envejecidos rostros de los pescadores. Para no desanimar el espíritu vivaz de los más jóvenes, disimulaban su frustración con cantos y bromas, muy conscientes de que de ello dependía la continuidad de una tradición pesquera iniciada por sus abuelos.

Sin importar la turbiedad en el agua, los chicos se abrían paso entre restos de ropa vieja y uno que otro envase de aceite para motores de dos tiempos. En plena Punta Pacífica palpita una comunidad que, con el avance del «progreso panameño», ha quedado amurallada por edificios y construcciones que los ven como un lunar en el maquillado rostro de Ciudad de Panamá.

En el corazón de la metrópoli, a escasas cuadras de una de las zonas residenciales más exclusivas de la capital, los sabios pescadores enseñan a sus críos el sofisticado oficio de elaborar y reparar redes para la pesca. Éstas son su principal herramienta de trabajo, y de la destreza para mantenerlas en buenas condiciones dependerá el futuro de un pequeño poblado que nunca se ha dejado amedrentar por el surgimiento de los rascacielos vecinos.

Bajo la mirada maternal y serena de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de los «hombres del mar», los pescadores ejecutan sus labores diarias y cada 8 de septiembre celebran las fiestas patronales en agradecimiento por tan divino amparo. Ellos están convencidos de que, cuando las plegarias son escuchadas, los botes regresan a casa repletos de corvinas, pargos, curvinatas y camarones.

El sol comienza a declinar en el horizonte, como cada día; las aguas del mar retoman su espacio y de nuevo los multicolores botes de Boca La Caja flotan en el pequeño puerto. A la distancia, asemejan pequeños barcos de papel que temen hundirse sin haber cumplido la misión para la cual fueron construidos. Antes de dormir, las oraciones a la patrona, dando gracias por la jornada cumplida, sirven también para elevar al cielo peticiones por una abundante pesca que aumente día a día. Esto es un homenaje a todos aquellos hombres que echaron raíces en esta porción de tierra panameña, privilegiada por las aguas del Pacífico.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

23 de diciembre de 2025

 

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