El avión tocó tierra en el aeropuerto Berlín-Tegel, y luego de los trámites migratorios, los viajeros se dispusieron a tomar un taxi al centro de la ciudad. Fueron menos de trece kilómetros, unos treinta minutos en el fluido tráfico de media mañana de domingo.
El conductor tomó una ruta que dejaba en evidencia el pasado comunista de esa parte de Berlín. Por los traslúcidos cristales del Mercedes-Benz negro se colaban imágenes de edificios residenciales para la clase obrera alemana posterior a la Segunda Guerra Mundial; con colores ocres que denotaban un aire de nostalgia, de tristeza e incluso de resignación por un sistema de gobierno que quiso imponerse en cada uno de los aspectos de la vida cotidiana.
En la vía apareció un enorme aviso señalando la proximidad al Zoológico de la ciudad (Zoologischer Garten); los colores vivos y esperanzadores resurgieron en el ambiente. Los viajeros retomaron su entusiasmo mientras no dejaban de “echar un ojo” al taxímetro, esperando que el costo del viaje no resultara tan elevado.
La vida de una ciudad tan cosmopolita como Berlín se percibía en cada esquina, en cada transeúnte, en cada sonido, en cada aroma y en todos los espacios históricos que todavía tienen mucho que relatar.
Tras tomar el metro, finalmente se encontraban en Museumsinsel, punto neurálgico de Berlín. Allí, en la isla del río Spree, fueron levantados cinco museos por órdenes de los monarcas prusianos y que hoy día son frecuentados por visitantes de todas las latitudes, quienes esperan interpretar no solo la historia alemana, también la universal que ha marcado a generaciones.
Caminar por Berlín es la mejor manera de experimentar las vivencias de una sociedad cimentada con la incorporación de millones de migrantes que, con su fuerza laboral y profesional, han aportado al país en lo económico y también a través de patrones culturales y una cosmovisión del mundo surgida en distantes tierras de Asia, África, Europa, Oceanía y América.
Fueron muchos los lugares emblemáticos que, antes del viaje, habían despertado la curiosidad con documentales televisivos. Lo expuesto en la pantalla no dio crédito total a la experiencia de estar debajo de la Puerta de Brandenburgo, frente al Estadio Olímpico, en el antiguo Muro de Berlín e incluso disfrutar de una cerveza bávara en Unter den Linden («Bajo los Tilos», en alemán), con vista hacia el edificio del Reichstag – Parlamento Federal Alemán.
Berlín no es solo historia; también es presente y futuro en cada uno de sus habitantes, en cada uno de los espacios que invitan a reflexionar sobre los errores del pasado y así promover una vida próspera, fraterna y en paz perenne, donde todos tengan espacio y oportunidades.
La pantalla del aeropuerto que anunciaba la llegada y salida de los vuelos no dejaba de parpadear, ni cesaban los anuncios por los altoparlantes invitando a resguardar las pertenencias y tener a mano todos los documentos de viaje. A pocos metros de ser atendidos en migración, los viajeros enmudecieron cuando vieron a un agente de nombre Adolfo que, por su diminuto bigote, les recordó al obcecado personaje que trató de establecer una ideología supremacista y que, por sus acciones, logró despertar conciencia en la humanidad para actuar por y para la convivencia armónica; aunque sigue siendo una tarea pendiente, no hay que claudicar; para muestra, Berlín.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
05 de mayo del 2026



