Blanca bienvenida a Armenia

En el aeropuerto de Malpensa (Milán, Italia), los empleados de la aerolínea iniciaron el abordaje a las tres y cuarenta y ocho minutos de la madrugada. Aparentemente, el vuelo saldría a tiempo.

Las paredes del pasillo que conducía al avión reflejaban el paso inexorable del tiempo, y sus traslúcidos ventanales dejaban colar un firmamento repleto de estrellas, con una luna en cuarto creciente en su máximo esplendor.

El agotamiento tras un periplo de dos días entre aviones y aeropuertos empezó a manifestarse en el viajero. Mientras trataba de lidiar con el jetlag, el sueño pudo más y finalmente cayó rendido durante las cuatro horas de vuelo.

—Señores pasajeros —se escuchó en los altoparlantes—, por favor abrochen el cinturón y reclinen el asiento porque nos estamos preparando para aterrizar en el aeropuerto internacional de Zvartnots, que sirve a la ciudad de Ereván. La hora local era las diez de la mañana y la temperatura, 12 °C. Por la ventana entraban los destellos de una soleada primavera, así como panorámicas de las nevadas cimas del monte Ararat, en territorio turco.

Con la mochila a la espalda y el pasaporte en la mano, se dispuso a hacer migración; al mismo tiempo, una voz interna expresaba satisfacción y agradecimiento por pisar finalmente tierras del Cáucaso armenio.

El agente migratorio dedicó más de cinco minutos para identificar alguna irregularidad en el documento de identidad. No paraba de esculcar hoja por hoja y someterlas a los rayos ultravioletas de una máquina que parecía herencia del período soviético. Tras una búsqueda inútil, terminó estampando el sello de ingreso a la República de Armenia.

Era necesario conectarse al wifi de la terminal aérea para coordinar la recogida del taxi y el traslado hasta Matenadaran. A pocos pasos de la salida, un agente de seguridad que parecía sacado de la película Dr. Zhivago (1965) señaló la máquina de rayos equis y, después de obtener una escueta imagen en la pantalla, con rostro serio pidió vaciar el contenido de la mochila sobre una mesa metálica.

Algo fijó su atención en el interior de los zapatos; como si se tratara de una buena pista para dar con el mayor alijo de droga descubierto en el aeropuerto, procedió a ponerse unos guantes mientras frotaba sus manos y no dejaba de repetir: «cocaine, cocaine…ᄏ

El azul de las plantillas se confundía con un polvo blanco, bastante sospechoso según el funcionario. Resultaba vano explicar de lo que se trataba.

Esgrimiendo sus mejores dotes detectivescos, después de olfatear procedió a realizar la prueba decisiva, al tiempo que el viajero sonreía como si anticipara el resultado.

Con un hisopo recolectó polvo blanco y lo introdujo en la boca, confiado en dar positivo en alcaloides; la felicidad le duró muy poco, pues comprobó que el viajero nunca mintió: era talco de pies.

Limpiándose la boca, frustrado y tratando de disimular su disgusto, solo atinó a decir: «Bienvenido a la República de Armenia, disfrute de su estadía.»

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Blanca bienvenida a ArmeniaSostenible y Turismo comunitario y rural.

26 de mayo del 2026

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