Busquen la justicia, busquen la humildad

(Sofonías 2, 3; 3, 12-13)

En este IV domingo del tiempo ordinario elijo como título de la reflexión este versículo del profeta Sofonías, quien escribió los distintos párrafos de la 1ª lectura.

Ese versículo, como toda la Sagrada Escritura, está impregnado de puro Evangelio.

En este sentido, las bienaventuranzas, meditadas hoy, nos aseguran que las pruebas no son interminables, porque siempre prevalece la fuerza del amor cristiano.

El salmista exclama, “el Señor siempre es fiel a su palabra”. Y las frases de Jesús en Mateo 5, 1-12, son muy sinceras, y parta todos valen.

Leerlas es revivir con ellas nuestra vida íntimamente unida a la de Dios.

Son un bálsamo para nuestra época.

En medio de su vorágine nos muestran el silencio interior, y en él abandonarnos, no al ruido de las cosas, sino al suave rumor de las dicciones de Cristo.

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Dichosos los que logran liberarse del egocentrismo, y reducen sus imperfecciones; siempre necesitamos escuchar, “no podemos servir a dos señores” (Mt 6, 24), con el fin de interpelarnos: ¿A cuántos señores servimos?

“Dichosos los que lloran, porque serán consolados”.

Dichosos los que evitan en absoluto definirse por las ventajas personales o la autoafirmación de sí, y más bien “lloran” porque son muchos los que están colmados de eso y muy poco de Dios en sí mismos.

“Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra”.

Los sufridos no son los que se lamentan que los otros tengan esto o aquello, sino aquellos que también nos rememoran que en muchos ejercicios humanos el robot está haciendo más que nosotros (cf. F.X. Nguyen van Thuan, el camino de la esperanza).

“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.

Son los que siempre toman en serio la justicia, y por eso reflejan su desaprobación hacia quienes voluntariamente la ignoran, pero quieren que todos piensen que la practican.

“Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia”.

En la esfera cotidiana de la vida de los hombres, la praxis del adjetivo “misericordioso”, aunque en algunas ocasiones malinterpretada, subraya, no el desenvolvimiento de episodios espectaculares, tampoco la forma imperceptible de tal adjetivo, sino la autocomprensión de la intervención divina de Cristo “manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Los “limpios de corazón” son los que se educan en la sensibilidad por lo humano, en la que la intervención de Dios no ofrece indicaciones de carácter aproximativo, pues frente a ÉL tomaríamos una actitud neutral o desinteresada, y nos acostumbraríamos a observar al hombre únicamente con ojos profanos.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

La paz, aunque amenazada por varios factores, continúa siendo el trabajo sagrado de la existencia humana. Ella no nos arrastra inconscientemente hacia una pasividad paralizante, mucho menos nos uniforma según ideologías o sistemas políticos, económicos, sociales; al contrario, nos impulsa a ser semejantes al “resto de Israel”, del cual Sofonías asevera que, “no hará más mal, no mentirá ni habrá engaño en su boca”.

“Dichosos los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Son aquellos que, lejos de ver en la justicia un continuo cambio de opinión o de actividad, son capaces de oponer resistencia a los que de tal modo pretenden alejarlos de su responsabilidad en relación a ella.

En fin, antes de criticar a la Iglesia, a los demás, tratemos a fondo cada una de las bienaventuranzas, porque son radicales en su proyecto de renovación personal y comunitaria; además son una luz que nos muestra el camino en los momentos de oscuridad y de grandes dificultades; por ende, sigamos la espléndida recomendación del profeta Sofonías:

“Busquen la justicia, busquen la humildad”.

01-02-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com