“Calentamiento” o “Ebullición Global”. ¡Una emergencia global!

Por: Ricardo R. Contreras…

En 1975, el geofísico estadounidense Wallace Smith Broecker (1931-2019) publicó en la prestigiosa revista científica Science un artículo sobre el cambio climático, enfocado en el dióxido de carbono (CO2), el gas que se produce al quemar cualquier sustancia compuesta de carbono (petróleo, gas natural, combustibles, carbón, madera, plásticos, y un largo etcétera), y cómo esta sustancia tenía un impacto en el clima de la Tierra, aumentando la temperatura. Fue en este artículo donde Broecker utilizó por primera vez el término ‘calentamiento global’ (del inglés global warming), que posteriormente se popularizó para definir el incremento gradual de la temperatura promedio de la superficie terrestre y los océanos que se ha observado en las últimas décadas.

Ahora bien, este efecto no solo se debe al dióxido de carbono, sino a otros gases (metano, óxido nitroso, clorofluorocarbonados, etc.), la gran mayoría de los cuales son producidos como consecuencia de las actividades humanas, tanto cotidianas como industriales, y entran en la definición de ‘gases de efecto invernadero’ (GEI). El efecto invernadero nos recuerda que, en condiciones normales, cuando la luz solar llega a la Tierra, parte de ella es absorbida por la superficie del planeta, calentándola. A su vez, la Tierra irradia calor en forma de radiación infrarroja que escapa al espacio, manteniendo así un equilibrio en la temperatura superficial del planeta. Sin embargo, debido a la presencia de los gases de efecto invernadero, especialmente grandes cantidades de dióxido de carbono, se produce un efecto similar al que se observa en un invernadero: el calor que irradia la Tierra y que debería escapar al espacio queda retenido, lo que resulta en un aumento de la temperatura global.

Desde finales de la década de 1980 la ONU ha venido haciendo advertencias sobre este fenómeno, apoyándose en el consenso científico que existe al respecto. En tal sentido, se creó el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) y, en 1992, auspició la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, Brasil), también conocida como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CNUMAD), donde se debatió ampliamente el calentamiento global. A partir de ese momento se ha instado a los gobiernos a tomar medidas respecto del cambio climático, promoviendo la transición hacia energías limpias, el establecimiento de regulaciones ambientales y medidas para la protección y restauración de ecosistemas, así como impulsando la adopción de prácticas agrícolas sostenibles. También se ha estimulado la implementación de programas educativos que buscan concienciar acerca de la conservación del medioambiente.

En 2015, se adoptó un pacto histórico conocido como el ‘Acuerdo de París’, en el cual la gran mayoría de los países del mundo se comprometieron a trabajar para limitar el calentamiento global por debajo de los 2 ºC y realizar esfuerzos para limitarlo a 1,5 ºC por encima de los niveles preindustriales. Aunque 2 ºC puede no parecer mucho, este nivel de calentamiento global tiene el potencial de desencadenar una serie de cambios planetarios, empezando por el derretimiento de los glaciares y las capas de hielo en todo el mundo, lo que conllevaría un aumento del nivel del mar y una alteración del equilibrio global. Esto se traduce en eventos climáticos más severos, como sequías extremas, masivas inundaciones, huracanes y tifones más intensos y frecuentes y, en general, fenómenos meteorológicos extremos. El resultado final de este drástico cambio en el medioambiente generaría graves problemas para la sociedad en el corto, mediano y largo plazo.

Ahora bien, a pesar de los avances significativos logrados en la implementación de medidas para abordar el problema, el cambio climático sigue siendo un desafío y varios factores han contribuido a que los esfuerzos no hayan sido suficientes para detenerlo. Entre estos factores, podemos mencionar el reto financiero que implica migrar hacia tecnologías amigables con el medioambiente, los intereses sociopolíticos, la falta de conciencia pública, las complicaciones del sistema internacional (crisis financiera, inestabilidad política, extremismos, guerras, golpes de Estado) y la imposibilidad de cambiar el paradigma energético que implica la dependencia de los combustibles fósiles. Todo este conjunto de factores ha venido frenando e incluso debilitado la lucha contra el cambio climático. En palabras de Wallace Smith Broecker: “La humanidad no se está moviendo lo suficientemente rápido para frenar la producción de dióxido de carbono que está calentando la Tierra”.

El problema actual es que el escenario planetario parece complicarse aún más y, al mismo tiempo, el cambio climático no detiene su velocidad. Por esta razón, estamos pasando de hablar acerca del ‘calentamiento global’ a plantear ahora una ‘ebullición global’, como mencionó el propio secretario general de la ONU, Ing. António Guterres, ante las altas temperaturas registradas durante julio de 2023, que marcan un récord histórico. Guterres hizo esta advertencia durante su intervención ante el pleno de la ONU el pasado 27 de julio, momento en el cual instó a todos los países miembros a tomar decisiones y promover estrategias urgentes que ayuden a frenar los efectos de un aumento casi inminente en la temperatura global. El Secretario General enfatizó que: “Todavía podemos detener lo peor. Pero para hacerlo tenemos que convertir un año de calor ardiente en uno de ambición ardiente. Y acelerar la acción climática, ahora”. La ONU estima que se requieren 100.000 millones de dólares al año para reponer plenamente lo que se conoce como ‘Fondo Verde para el Clima’, con el cual financiar acciones concretas contra el cambio climático y proteger a las naciones que tienen un peligro inminente. Este financiamiento se debió hacer efectivo desde 2020, pero lamentablemente no se ha hecho efectivo.

La evidencia es contundente y abrumadora. Por ejemplo, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Servicio Copernicus de la UE registraron que el pasado mes de julio de 2023 fue “el más caluroso jamás registrado”. Además, la Tierra experimentó un lapso de tres semanas de calores extremos, con los tres días más calientes y las temperaturas oceánicas más altas jamás documentadas para esta época del año. En Estados Unidos, los estados de Texas, Florida, Arizona y Nevada alcanzaron temperaturas de 43 ºC (en Las Vegas llegó a los 47 ºC), y el Valle de la Muerte en California, conocido por ser uno de los lugares más calientes del mundo, registró 54 ºC, quedando a solo dos grados del récord histórico de 56 ºC.

Es evidente que ya entramos en la ‘era de la ebullición global’, que no es solo una emergencia ambiental, sino que también se manifiesta en el ámbito sociocultural, como se pone de manifiesto en la efervescencia de extremismos de todo tipo, la aparición de extrañas doctrinas o corrientes de pensamiento enajenantes, una ideología de género desbordada, crisis de partidos políticos, surgimiento y resurgimiento de populismos, carencia de liderazgos serios, comprometidos, creíbles, formados y moderados, que sean capaces de acometer empresas de provecho para el conjunto de la sociedad.

La era de la ebullición global está entrelazada con un ‘quiebre epocal’. El cambio climático implica también un escenario de profundos cambios socioculturales en medio de circunstancias históricas complejas. La humanidad debe hacer uso de todos sus conocimientos y también de su sabiduría, como lo ha hecho en el pasado, pero esta vez con la diferencia de que tenemos plazos mucho más cortos para dar respuesta. Priorizar la toma de decisiones y asumir compromisos se vuelve una necesidad urgente para enfrentar los desafíos de la emergencia global.

8-8-2023