Eran las 2:35 de la madrugada. El autobús que salió de Caracas hizo una parada para que los pasajeros se refrescaran y estiraran las piernas.
En ese punto de la carretera coinciden varias líneas de transporte, porque es la única oferta de alimentación «decente» a decenas de kilómetros de la ciudad de Chivacoa, en el estado Yaracuy. Por eso, pedir un emparedado y un café es una tarea ardua, casi titánica.
Luego de vaciar la vejiga, el viajero decidió subirse al autobús para tratar de conciliar el sueño, porque su compañero de asiento le había impedido descansar con sus ronquidos y uno que otro manotazo; daba la impresión de que, en sus sueños, lo perseguía una jauría de perros rastreadores. Pensando que el vecino podría tener un sueño romántico, el viajero le rogó al conductor que le cambiara de lugar.
A minutos de las seis de la mañana, por fin llegaron a Maracaibo. Fue fácil notarlo, pues el calor ya empezaba a hacer estragos, a pesar de que el sol todavía no se mostraba en todo su esplendor.
Durante la planificación del viaje, la inteligencia artificial fue de gran ayuda para saber dónde y qué transporte tomar desde Las Delicias hasta la estación Libertador del metro de Maracaibo. Como no había apuro por llegar al aeropuerto, pues el vuelo a Panamá saldría al día siguiente, el viajero decidió caminar por el centro de la ciudad.
La basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá se asomaba entre algunos edificios ya decolorados. Su belleza y majestuosidad contrastaba con un entorno en el que los vendedores ambulantes, además de tener invadidas las aceras, habían hecho lo propio con el pavimento.
Comprar un póster de la patrona marabina o de san José Gregorio Hernández era posible cada tres metros, pues la oferta era casi infinita para los devotos que deseaban tener un recuerdo, aun sin importarles que llevara una etiqueta de “Made in China”.
El sol se hacía cada vez más intenso, convirtiendo cada centímetro del asfalto en el punto ideal para freír huevos. Ni las aves se atrevían a volar, aunque uno que otro loro despistado brincaba de rama en rama en los árboles de la plaza Bolívar, como si buscara un lugar para guarecerse del astro rey.
Los señores que daban mantenimiento a los jardines del palacio de gobierno se veían tan adaptados al sofocante calor que ni sudaban. Definitivamente, sus primeros pasos los dieron en esta hermosa tierra.
Antes de evaporarse, el viajero decidió regresar a la estación del metro para tomar el tren hasta el terminal norte, o Altos de La Vanega, como popularmente los maracuchos conocen el lugar. Esas eran las indicaciones de la inteligencia artificial, que no resultó ser tan inteligente, porque los empleados de la estación le indicaron que el autobús que conectaba ese punto con el aeropuerto había dejado de funcionar hacía cinco años. En ese instante comprendió que las decisiones «importantes» de la vida no se pueden dejar en manos de la tecnología.
La falsa información le permitió experimentar en carne propia lo que sienten los citadinos al tomar los destartalados autobuses que van hasta el municipio San Francisco. Justo al llegar a una bifurcación, el transporte lo dejó, aunque en ese momento no comprendió por qué el chofer lo miró con cara de lástima y una sonrisa burlona.
En la rotonda que conecta con el aeropuerto había un vendedor de guarapo de caña de azúcar y un policía que no despegaba la vista de su teléfono. Este último solo atinó a decir que, para llegar a la terminal aérea, había que encomendarse a todos los santos, pues los taxis provenientes de Maracaibo siempre pasaban llenos y, en contadas ocasiones, se detenían a recoger pasajeros.
Una mata de cují sirvió para refugiarse un poco de los rayos solares. Sin embargo, el sudor no solo empapaba su camisa, sino también su alma, cuando pensaba que allí mismo podría literalmente volverse polvo.
Los ruegos a la Virgen de La Chinita dieron resultado, pues, a los quince minutos, pasó un trabajador del aeropuerto que se ofreció a llevarlo, quizás por lástima, quizás por solidaridad. Lo único que importaba era que sus cenizas no quedarían allí para abonar los pocos arbustos verdes.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
15 de septiembre del 2026



