Por: Valentín Alejandro Ladra…
Llegué el lunes anterior y ya el martes me quería regresar a mis montañas en Mérida.
Trataré de explicarme lo mejor posible. En lo mental, físico, emocional y espiritual.
Invitado por la Embajada de la India en Caracas, quien me publicó el libro “40 Años en la India” con numerosas fotos a color de mis numerosos viajes, invitaciones y experiencias desde 1978, que fue presentado en FILVEN en el Teatro Teresa Carreño por el excelentísimo Embajador Rahul Shrivastava con la presencia del flamante Ministro de Cultura Ernesto Villegas, junto a otro libro sobre música de tambores hindú “Tablá” del venezolano Maharaj, con numeroso público interesado en mis ponencias a quienes tuve que autografiar los libros, con agradecimiento a los diplomáticos indios por confiar en mis facultades también de escritor, entrevistas para la televisión, estos días en Caracas terminé por disipar las pocas dudas que me quedaban.
El Metro. Un submundo digno de Dante. Personas apretujadas a más no poder, buscando un recoveco donde resguardarse de empujones, rostros tensos y de pocos amigos, angustias y tristezas en otros, la blanca palidez de algunos cuyos ojos no reflejaban ninguna chispa de vida.
Para colmo, las escaleras mecánicas sin funcionar, viendo como personas de tercera edad en forma lastimosa daban paso tras paso vacilante buscando la luz al final del túnel. Niños temerosos mirando de reojo, sus madres apretando el paso. ¿Aire acondicionado? Recuerdo que funcionaba tan bien que a poco tiempo que fue inaugurado por el otrora presidente Luis Herrera Campins uno tenía que abrigarse bien por el frío circundante.
Los vagones eran cómodos y limpios. Hoy, son un chiquero sobre ruedas. Ni que hablar sobre los indigentes, niños y jóvenes vendiendo cuanta chuchería se pueda encontrar, otros vociferando tal o cual enfermedad, invidentes y toda la inimaginable humanidad olvidada. Para colmo a veces se debe esperar minutos, sin que nadie avise cual fue el infortunio acaecido, en las estaciones o entre ellas, lo cual la claustrofobia comienza a verse en los rostros de los pasajeros. No sé como estarán los frenos, pero a veces uno debe sujetarse bien para no caer encima de alguien.
Y he aquí la perla: si nadie ha podido escuchar la voz y palabras de enorme interés popular del primer mandatario del país en la radio o televisión, sólo debe quedarse unos minutos en el metro para tener la alegría y oportunidad indudable de escuchar sus prédicas, dirigidas al espacio sideral.
Como no tengo pelos en la lengua, he hecho amistad con varias personas en diferentes ocasiones entre estaciones. Un señor cuarentón rezongaba del servicio, dijo que su familia tenía una casa y muchas habitaciones en Sanare. Cuando le pregunté qué diablos hacía en Caracas, me respondió que era por costumbre. En fin. Allá él. Otra joven esbelta me habló de la hipertensión que sufría, y la mala alimentación, que todo se lo daba a su hija de tres años. La gente me miraba como si yo fuera un marciano, pues nadie hablaba. Sólo algunos con amistades. Ni siquiera se miraban. Cabizbajos. Rumiando sus propios problemas existenciales.
De los olores prefiero no hablar.
En los andenes era un pandemónium. No hay reglas. Cada uno por su lado, mientras la conductora anunciaba en cada ocasión que “si las puertas no se cerraban el tren no iba a salir…” Para qué, una vez tuvo que repetirlo unas cinco veces, con la demora que eso traía.
Bueno, ahora le toca a la basura. También sucede aquí en Mérida, pero no al nivel apocalíptico de Caracas. De Este a Oeste. La basura no tiene linaje. Perros, gatos, ratas e indigentes escarbando, buscando algo que pueda servir o comer. Otro submundo. No existe educación en la gente. Y mucho menos aparecen, como debería ser en ciudades civilizadas, los camiones y sus trabajadores.
Ah, por cierto, se me olvidaba. Hace un par de días me llegó una foto de un grupo de personas pasando un ataúd con un muerto entre las barreras de una de las estaciones del Metro. No tenían el dinero suficiente para las carrozas fúnebres y enterrar a la pobre alma en paz.
Algo digno de Ripley.
Así es hoy la otrora sucursal del cielo, Caracas, y por lo que pude ver, percibir y sentir, recién comienza su deterioro. El transporte terrestre parece haber salido de un bombardeo nazi. Chatarras con ruedas. Pocos son las que se salvan. Encima los pasajeros corren el inmediato riesgo del atraco. Me contaron unos casos escalofriantes. ¿Taxis? Dejen toda la quincena. Uno de ellos me quería cobrar 150 mil bsf desde el aeropuerto de Maiquetía hasta la estación del metro Gato Negro. Por supuesto le recomendé un psicólogo amigo, y no de buen talante.
Y hay más, mucho más. ¿Los precios? A todo el mundo les digo de esta manera: “¡cómo pueden vivir así!”
Uf! Ya pronto estaré de regreso en mis montañas en Mérida.
valikvalik@hotmail.com 14.11.17



