El caminante: Ignorancia versus intelectualismo

Por: Valentín Alejandro Ladra…

IGNORANCIA. En el portal principal de una de las universidades de Sudáfrica reza el cartel:” la educación es la flor más importante que aromatiza un país”.

Esta es una verdad absoluta, y cada gobierno debe dar todas las facilidades posibles, y hasta imposibles, para que esas flores de la educación se desarrollen hasta su máxima extensión y expresión. Sin ésta no existe ni vida ni progreso. Los países ya desarrollados del mundo, a pesar de numerosas dificultades en guerras, escaramuzas bélicas y terrorismo actual, han mantenido sus instituciones, algunas centenarias desde el mismo Renacimiento, en el vigor de puertas abiertas para el aprendizaje, adicionando incluso nuevas técnicas a la par del avance de los tiempos modernos.

Pero, ¿qué sucede cuando la educación es escasa, o difícil de que niños, jóvenes y hasta adultos tengan acceso a ella? ¿Es culpa de los padres, de las familias, del gobierno de turno, o la nula motivación de ellos mismos, donde prefieren el ocio, la vagabundería o el trabajo en sí, muchas veces por la necesidad de conseguir el sustento para sus congéneres y ellos mismos?

Numerosos planes se desarrollaron especialmente en los países del quizá socarronamente llamado Tercer –hoy hasta un ya Cuarto- mundo. Las diferencias son abismales en los “países y gobiernos inteligentes” y los, podríamos decir, aquellos sin alma.

Todo se reduce al ser humano, sus ansias de progresar, de ambiciones sanas, de alcanzar sus sueños.

Pueblos lejanos en selvas, desiertos y montañas, donde el acceso es complicado, donde los niños deben atravesar ríos y fatigosos caminos donde no existe transporte, es un problema global. Aunque es muy meritorio aquellos que con notable y valiente esfuerzo lo realizan hoy día, en países africanos, latinoamericanos y asiáticos.

Pero, la ignorancia no es solamente educativa, quemando pestañas con los libros. Es también inherente a los seres humanos. Se puede decir que es un coctel explosivo, quizá en genes erróneos, carencia mental de horizontes diáfanos o simplemente en la falta de ambiciones, es decir, que hay un gran “hueco en sus almas”.

Y a la gente ignorante se la manipula muy fácil. Una pareja, una familia, una idea errónea, un político audaz y atrevido, carente de escrúpulos, un gobierno déspota a nivel mundial que conduce a esas personas, algunas posiblemente honestas o con falsas verdades sin visión de que son llevadas al abismo y deterioro de sus propias vidas, que tienen esperanzas salvadoras puestas en ellos, donde terminan por sufrir, a la larga, calamidades en carne propia.

Y ya es demasiado tarde. La ignorancia los venció. La ignorancia no tiene inteligencia. Sólo falsas esperanzas. La ignorancia tiene motivaciones negativas. Y lo peor es aquel ignorante que dice tener la razón de aquello que no conoce. Como dicen los monjes lamas budistas, a quienes conozco muy bien, en sus monasterios del Himalaya: “La ignorancia es la madre de todos los males del mundo”.

Pero aun peor es un “ignorante fanático”. Los pasivos, con sus complejos a cuestas, son fáciles de manipular.

INTELECTUALISMO. Grandes cerebros a través de la historia han dado luz al mundo con sus conocimientos, razones y pensamientos. Una personas que ha estudiado, leído hasta largas horas de la noche, preocupado por los avatares del mundo, de cómo mejorar e ilustrar al ser humano, con mente abierta pero con una envidiable sencillez, por mencionar entre muchos a Mahatma Gandhi o el doctor Albert Schweitzer, misionero en Africa y Premio Nobel de la Paz en 1952 –hoy casi olvidado lamentablemente- , que tanta luz han dado a la humanidad.

Es digno de admiración a los intelectuales preocupados por los avatares del ser humano, a través de toda la historia, ya sea nacidos en humildes hogares o con posibilidades económicas y de prestigio familiar. Es posible que sin sus mentes, corazones y almas estuviéramos aun habitando oscuras cavernas limitados en busca del sustento diario.

Pero, y he aquí la incongruencia de un intelectual con la nariz fría, es decir, aquel quien se baña en las írritas aguas de la petulancia y el orgullo, quien desdeña a los demás por considerarlo “mente inferior”, y no razona ni acepta nada que lo pueda contradecir. Es la peor forma de intelectualismo. Es la satrapía de la luz universal. Muchos de su especie están agazapados esperando una oportunidad para deslumbrar su propia ignorancia.

Sí, un intelectual puede ser también un ignorante.

Y entre estas dos vertientes se debate la mayoría de la humanidad: entre la ignorancia y el anti-intelectualismo. Los vientos soplan de lado y lado, y el ser humano, si no tiene la lucidez necesaria, usa su parapente lo mejor que pueda, para no estrellarse en las rocas o el mar.

La solución es nuestra: la evolución positiva de nuestra especie.

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