Caminos andinos de conocimientos y valores

Esa noche, gélidos vientos descendían de las montañas andinas, se agolpaban en el patio central de la posada, al tiempo que producían sonidos misteriosos, casi susurros.

El viajero aceptó la invitación para disfrutar, al lado del fogón, de una infusión con plantas del huerto casero. Tratando de ahuyentar el frío, extendió sus manos cerca del fuego, donde una vetusta olla ennegrecida expelía aromas placenteros.

La blancura de las paredes de la cocina cedió su espacio al hollín producido por las brasas; del techo de cañaveral pendía una plataforma de madera sobre la que reposaba un gran queso y trozos de carne de ovejo. Esta técnica de preservación es útil para los hogares que se encuentran a más de tres mil quinientos metros de altitud, donde no llega el servicio eléctrico.

Dispuesto a beber su infusión, algo desvió la atención del visitante: una gran olla con agua ya había pasado un buen rato calentando y la señora de la posada no le había agregado condimentos, sal o ramas como para preparar una buena sopa. ¿Cuál sería la cena de ese día?

Justo antes de preguntar cuál sería el uso del agua, un fornido campesino cruzó el portal de la cocina; con su mano callosa estrechó la del viajero y, con una sonrisa adornada por solo dos dientes, dijo orgulloso que sería el guía de la caminata programada para las seis de la mañana.

Durante su explicación, se apoyó en un colorido mapa que colgaba en la entrada de la posada. En este aparecían muy bien demarcados los senderos, los niveles de dificultad, las características del paisaje, los tiempos estimados de recorrido y, para tomar previsiones oportunas, las variaciones altitudinales.

El viajero se retiró a su habitación muy entusiasmado; debía alistar su equipación y dormir temprano, pues le aguardaba una jornada intensa.

Cuando se disponía a meterse en la cama, notó unos bultos debajo de las mantas. El misterio del agua caliente quedó resuelto: eran unas botellas de vidrio rellenas con agua que hacían las veces de calefacción artesanal. Esa noche, aunque el frío se coló por las rendijas de la puerta, no evitó el sueño profundo y plácido.

A veinte minutos de las seis de la mañana, una aromática taza de café proporcionó la energía necesaria para emprender la caminata por los páramos merideños.

El sendero estaba muy bien demarcado, el clima bastante benigno y el sol ligeramente tapado por un cúmulo de nubes. El guía, con mucha habilidad, explicaba cómo varios habitantes de la aldea habían decidido emprender en turismo sostenible durante las temporadas que no había cosecha. Además, aprendieron a reforestar los bosques cercanos y a no ampliar las parcelas de siembra; pues tras varios estudios quedó demostrado que, por la sobreexplotación de las tierras, muchas corrientes de agua estaban desapareciendo, los animales que se veían otrora eran cada vez más escasos, buscando refugio en las partes más altas de las montañas.

Era el mes de mayo, los frailejones (género Espeletia) mostraban sus mejores galas y entre sus amarillas flores pululaban insectos y uno que otro colibrí endémico de la zona: el Chivito de los Páramos (Oxypogon lindenii).

Al final del sendero había una vieja casona en ruinas, con sus tejados y paredes en el piso. La pregunta instantánea fue: ¿quién habitó esa vivienda? La respuesta no se hizo esperar: mi abuelo, dijo el guía. De niño lo acompañé en sus faenas de pastoreo; durante las noches estrelladas me relató hermosas historias de los primeros habitantes de esas recónditas tierras y de cómo sus padres le habían inculcado el respeto por la naturaleza, por los ancianos y, en especial, por el Dios todopoderoso que había creado tantas maravillas.

Esa noche, alrededor del fogón en la posada, surgieron relatos, anécdotas, leyendas; pero, en particular, una profunda reflexión sobre la convivencia armónica que debe promoverse con todos los semejantes. Sin hacer distinción de creencias o maneras de vivir la vida, porque, a fin de cuentas, todos tienen algo por aprender y mucho por enseñar, empleando prudentemente los simbolismos y significados que la naturaleza encierra sin medida.

Faltando muy poco para las doce de la medianoche, el viajero se dispuso a descansar, mientras imaginaba las botellas calientes bajo las mantas. Efectivamente, había tres bultos debajo de estas, pero ¡oh sorpresa! No eran botellas, era una gata con sus dos cachorros. Comprendió por qué no había visto la enorme olla sobre el fogón.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

24 de febrero del 2026

www.linkedin.com/in/antonio-rivas-a2b85b73