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jueves, febrero 19, 2026

Campo Laurel, una comunidad Wounaan con mucho para compartir

El autobús de la ruta Ciudad de Panamá-Metetí se detuvo a un costado de la Carretera Panamericana, justo en una de las miles de intersecciones que tiene la vía que comunica el norte con el sur del continente, o el sur con el norte, dependiendo del lado de la línea ecuatorial desde donde se observe.

El conductor sacó su rechoncho brazo por la ventanilla y señaló un aviso destartalado y oxidado que, con dificultad, dejaba entrever el nombre de Puerto Lara. A partir de allí, el recorrido de 15 kilómetros sería por terraplenes, cruzando riachuelos, pequeños bosques de galería y expuestos a las sorpresas del Darién panameño, según el decir de algunos pasajeros del autobús.

Los tres viajeros emprendieron el trayecto bien hidratados, con el ánimo desbordado, el deseo de observar aves para engrosar su lista y algo de fe para coincidir con algún vehículo de Puerto Lara que se dirigiese a casa luego de vender el producto de su pesca en la cercana población de Santa Fe. Transcurridos 18 minutos de caminata, las plegarias rindieron efecto: una pick-up apareció providencialmente.

Instalados en la parte trasera de la camioneta, contemplaban el verdor y la diversidad del paisaje cuando, de repente, algo desvió su atención. Adelante había una pequeña comunidad que, por la estructura de sus viviendas, parecía de indígenas. A medida que se acercaban, se podían ver con más detalle los techos de palma, los pisos circulares apoyados en postes de madera que los elevaban al menos metro y medio del suelo y, justo en la entrada, un aviso de madera con el nombre de Campo Laurel, Wounaan.

Una veintena de niños salió al encuentro cuando escucharon la camioneta. Los viajeros, algo expectantes, preguntaron por la posibilidad de alojamiento y comida, y la más vivaz de las niñas respondió decidida: «Sí, para nosotros será un gusto recibirles. Bienvenidos a nuestro Campo Laurel».

Nada mejor que una ducha para sacarse el polvo del camino y, después, un consomé de gallina criolla; aunque tuvieron que esperar más de lo previsto, porque a los niños y a la cocinera se les dificultó atraparla cuando se ocultó tras un matorral a orillas del río Lara.

El sol desaparecía en el horizonte. Verdes periquitos, con gran alboroto, se posaban en las ramas de los árboles más elevados, y los niños, con sus risas y gritos, disfrutaban de un entretenido juego de fútbol, que estuvo a punto de ser suspendido cuando la pelota fue a parar en el rostro de uno de los viajeros, quien, tratando de no perder la compostura, pidió que no se detuviera el juego por el “pequeño” impasse que le dejó un moretón en el ojo izquierdo.

En una choza contigua al improvisado campo de fútbol, niñas y mujeres se alistaban para presentar danzas y cantos que relatan situaciones cotidianas en la cultura Wounaan, su cosmogonía y la interacción con otros habitantes de la selva, como por ejemplo los gallinazos (forma coloquial con la que hacen referencia a los buitres), quienes desempeñan un rol vital en el ecosistema, al alimentarse de los cadáveres de otros animales y evitar la propagación de enfermedades.

Muy colorida era la ornamentación de las bailarinas; las líneas geométricas en las faldas y pulseras son una especie de tributo a lo infinito del universo. Las formas que estampan con pigmentos vegetales en sus rostros y brazos son para valorar los colores que han proveído las plantas y árboles por centurias.

La velada culminó con los ancianos de Campo Laurel, que aprovecharon el cielo rebosante de constelaciones y una fogata para narrar los orígenes del hombre Wounaan, el poblamiento de la tierra con plantas y animales creados por los dioses para la convivencia armónica y respetuosa entre todos. Antes de que se apagara el último trozo de leña y las penumbras se adueñaran de la noche, el rasante vuelo de una lechuza interrumpió la calma mientras cazaba a un desprevenido ratón que nada podía ya hacer entre las garras del ave.

El desayuno proveyó de energías a los viajeros, suficiente para iniciar el recorrido por las riberas del río Lara, en cuyas adyacencias están las huertas de plantas medicinales y parcelas cultivadas con bananas, piñas, mandioca y ajíes silvestres. Lo sobresaliente de la experiencia no fue solo conocer sobre la cocina y los medios productivos tradicionales; además de ello, fue la inmersión en la identidad Wounaan, guiados por mujeres y jóvenes que, como intérpretes ambientales, demostraron un sólido conocimiento y sentido de pertenencia.

La fortaleza de una sociedad no radica exclusivamente en su historia; se cimienta también en el presente de cada uno de sus ciudadanos y en lo que hacen voluntariamente para construir un mundo justo, fraterno, donde la paz reine por igual y para siempre.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

13 de enero del 2026

www.linkedin.com/in/antonio-rivas-a2b85b73

 

 

 

 

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