El barrio de Thamel, esa noche, se mostraba en todo su esplendor, al tiempo que cientos de transeúntes, viajeros extranjeros en su mayoría, observaban extasiados la arquitectura nepalí, expuesta en templos hinduistas, callejuelas, fuentes, plazoletas y pozos para sacar agua, que en otrora fue parte de la planificación urbana de los reinos que se asentaron siglos atrás en el valle de Katmandú.
El Café Dhaulagiri fue el lugar escogido por los tres amigos para disfrutar de una cena tradicional y brindar por la ansiada jornada del día siguiente.
Antes de que el reloj marcara las ocho y cincuenta minutos, pidieron la cuenta y se dirigieron al hotel para descansar. El descanso nunca lo conciliaron, porque el entusiasmo era tal que, más de tres veces, se despertaron y revisaron el reloj para no perder el taxi que pasaría por ellos a las cinco de la mañana.
A las cuatro y cuarenta y cinco minutos ya se encontraban en el lobby, pero, en lugar de rostros ilusionados, había rostros apesadumbrados. Esa mañana llovía incesantemente sobre Katmandú; parecía un diluvio universal. Definitivamente, no estaban dadas las mejores condiciones climatológicas para emprender el vuelo sobre los Himalayas, sobre la subcordillera de Mahalangur Himal, frontera natural entre Nepal y China.
En punto apareció el taxista; en un inglés difícil de comprender, trató de levantar el ánimo de los viajeros y les dijo que, para el comienzo de la temporada monzónica, son comunes esas copiosas lluvias, pero que ese no debía ser motivo para desistir de ir al aeropuerto y tratar de ver frente a frente al Chomolungma o Monte Everest, expresando a regañadientes el nombre que le dan los occidentales.
Camino al aeropuerto Tribhuvan, y mientras secaba el agua que entraba al auto por los cuatro costados del parabrisas, Thapa explicó con mucho orgullo por qué, para la gente de Nepal y del Tíbet, el nombre de su montaña sagrada es y será por siempre Chomolungma, en nepalí, que significa «madre del universo».
La lluvia no amainó; daba la impresión de caer con más fuerza; sin embargo, tras escuchar las anécdotas de Thapa y los ruegos que hizo a la “madre del universo”, terminó por calmar a los viajeros y una nueva esperanza surgió en ellos, hasta tal punto que la propina fue dos veces superior al costo del traslado.
Las agujas del reloj no pararon de girar; cuatro horas de espera se acumularon, hasta que una sonriente representante de Buddha Air anunció que el vuelo se efectuaría. Los gritos y abrazos de júbilo no se hicieron esperar; de inmediato, los pasajeros se alinearon en la puerta de embarque, como cuando un niño de kínder se alista para ingresar a la escuela: con expectativas, con sueños, feliz.
El cielo, con algunas nubes grises y un sol decidido a mostrarse en su esplendor, presagiaba una experiencia única, imborrable. El pequeño avión bimotor recorrió la húmeda pista e inició el ascenso hasta dejar atrás una bella ciudad con el color ocre y marrón de sus edificios y el verdor de los valles que la circundan.
Pasaron solo quince minutos para estar cara a cara con las cimas que sobrepasan los siete mil metros de altitud, mientras las que estaban por debajo de ese rango permanecían arropadas por las nubes, como un manto de algodón de azúcar.
Cuando los pasajeros contemplaban embelesados el paisaje, dominado por el azul del cielo, el blanco de la nieve y el gris de las cimas rocosas, se escuchó por los parlantes: “Señores pasajeros, frente a ustedes se encuentra la Madre del Universo, nuestro majestuoso Chomolungma.”
Es difícil describir las sensaciones y sentimientos de los tres amigos, aunque las lágrimas que brotaron desde lo más profundo de sus almas reflejaban un agradecimiento infinito por contemplar lo señorial de la naturaleza, a miles de kilómetros del terruño andino.
Sin duda, el orgullo y sentido de pertenencia de Thapa, del pueblo nepalí y del Tíbet reflejan con fidelidad la magnificencia de los Himalayas.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
24 de marzo del 2026
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