En el marco de los 240 años de la Universidad de Los Andes, su Eminencia Reverendísmo Cardenal Baltazar Porras Cardozo, Individuo de número, Sillón 9 de la Academia de Mérida, ofreció un conversatorio titulado Fray Juan Ramos de Lora y la Universidad de Los Andes.
Discurso
Felicito a la Academia de Mérida, que en el marco de la fecha aniversaria de la Universidad de los Andes haya programado dedicarle un tiempo a la figura del primer obispo de Mérida de Maracaibo, Fray Juan Ramos de Lora, franciscano. Como tengo el encargo de ser el orador de orden mañana en los recintos de la Universidad, me he permitido dividir mi exposición en dos tiempos. Hoy me concentraré en la figura del primer obispo, y en la vocación estudiantil y universitaria de la ciudad de Mérida casi desde su fundación. Es el destino de ser faro de la luz de la ciencia, de las artes y del pensamiento, para el vasto territorio de lo que hoy es Venezuela que ha acompañado como en yunta a Mérida y a la Universidad. La educación no ha sido, con contadas excepciones, prioridad de la dirigencia política de todos los tiempos y quedó casi en exclusividad en manos de las dirigencias de la institución eclesiástica en la colonia y en parte del período republicano, en la formación en las artes, los oficios y las ciencias dentro de los parámetros de la concepción educativa de la época.
El día de mañana me centraré en el tema de la relación de la educación superior con el legado eclesiástico, que permitió que la ciudad serrana tuviera universidad a pesar de la negativa de sus vecinos, Caracas y Bogotá, a que hubiera otro centro superior en sus confines.
Entro en materia. Hay que situar al fraile franciscano en el contexto de su tiempo y espacio, en los que tiene sentido global su iniciativa, la cual no es ajena a un hombre del “siglo de las luces”, y a los requerimientos del entorno montañoso en el que la mirada se expande desde las alturas a los inmensos territorios circunvecinos. Para los datos biográficos del fraile sevillano me permito remitirlos al libro “El ciclo vital de Fray Juan Ramos de Lora”, de mi autoría, publicado bajo los auspicios del Rectorado de la ULA y del Archivo Arquidiocesano de Mérida en ocasión de la fecha jubilar que tuvo lugar en 1990.
Desde la polémica fundación de la Ciudad de los Caballeros, contraviniendo las normas del derecho indiano, pues para poblar se requería permisos y autorización expresa de los ayuntamientos que se abrían al dominio y población del inabarcable continente suramericano; desde la primera hora, en las postrimerías del siglo XVI, pusieron tienda en la ciudad serrana varias órdenes religiosas a quienes se les había confiado el poblamiento y evangelización de las diversas y numerosas etnias indígenas que pululaban en lo que hoy es Venezuela, con el encargo de tener casa de formación de sus miembros.
A diferencia de los vastos imperios de los aztecas y mayas, de los chibchas e incas, que constituían verdaderas naciones unidas por un mismo régimen y una lengua común, el escenario humano de la cordillera andina y de las tierras bajas aledañas, bien sea a las orillas del Lago de Maracaibo o al pie de llano barinés y apureño, era totalmente diverso. Para permitir la misión de los misioneros era indispensable el dominio de la o las lenguas del lugar. Algo casi imposible para la región en cuestión. Ni siquiera eran lenguas afines en distancias relativamente cortas. Agustinos, dominicos y franciscanos, venidos de la meseta bogotana pusieron como centro de misión la incipiente ciudad de Mérida para distribuir el personal misionero en la ingente labor de reunir la población dispersa y formar, al estilo hispano, pueblos y ciudades. Así se podía realizar de manera más eficaz la incorporación de aquellas gentes a la cultura y religión venidas de la Península, con la experiencia a cuestas de varios siglos, ya que a medida que las coronas de Castilla y Aragón recuperaban los espacios dominados por la invasión arabo-musulmana iban imponiendo el parámetro cultural castellano-aragonés.
El punto de inflexión que le daría sello definitivo a Mérida como sede del pensamiento y de la ciencia tuvo lugar con la llegada de la Compañía de Jesús y la creación del Colegio San Francisco Javier en 1628. Por cierto, la escogencia nada fortuita de los hijos de San Ignacio a asentrse en la meseta merideña formaba parte de la estrategia jesuítica con un método de evangelización novedoso,-hijo de la Modernidad naciente, en comparación con la Escolástica medieval-, de las otras órdenes religiosas. Basta hojear las obras del Padre José del Rey Fajardo s.j. y sus colaboradores más cercanos acerca de la presencia de los hijos de la Compañía en estos territorios para conocer en profundidad la huella de la impronta jesuítica.
Es cierto que la educación formal de la época alcanzaba a un número exiguo de estudiantes, en su mayoría procedentes de las familias pudientes de la región; pero la expansión del radio de acción de la acción misionera iba mucho más allá. El proyecto jesuítico de un colegio abarcaba también el mantenimiento autónomo del mismo para lo cual había que invertir en la adquisición y explotación de fincas y haciendas que le dieran continuidad paral no tener que depender de las ayudas reales. Además, iban a la par la enseñanza y el aprendizaje de nuevas técnicas a favor de los vecinos del lugar. Los agustinos, por su parte, se hacían acompañar de varias familias hispanas para la enseñanza práctica de la vida en la ciudad o villa, y en el ejercicio de los cultivos, la cría y los instrumentos o aperos, para mejorar la calidad de vida de los indígenas concentrados en poblados.
A diferencia de las órdenes religiosas tradicionales integradas por miembros de una misma región: castellanos, catalanes, andaluces y los provenientes de la Nueva Granada, los jesuitas formaban sus comunidades con miembros de muchas naciones más allá de los confines del imperio español. Por Mérida desfilaron durante los 140 años de presencia de la Compañía de Jesús, españoles de todas las regiones, portugueses, franceses, italianos, alemanes, y del imperio austrohúngaro, amén de diversas procedencias del continente americano. Diversidad de lenguas, de presencia física desconocida, con el dominio de numerosos oficios y profesiones, y con proyección a la comunidad. Por supuesto, había teólogos y filósofos, pero abundaron todas las profesiones y oficios: historiadores, geógrafos, astrónomos, artistas, músicos, arquitectos y aparejadores, con dominio de oficios del campo y de la construcción. Era una novedad para todos, lo que empoderó a los campesinos y visitantes convirtiéndolos en admiradores y seguidores, sintiendo el orgullo de tener en Mérida lo que en muchos otros sitios no había: gente con amplitud de miras, cercanía a pobres y ricos, con posibilidades de mejor calidad de vida. Sirvan de ejemplo, la iglesia del Carmen en el centro de la ciudad, sede del Colegio San Francisco Javier, joya de la arquitectura colonial dieciochesca, testigo mudo del arte de primera calidad; también, la toponimia de varios lugares bajo administración jesuítica conservan los nombres impuestos entonces, como la excavación de algibes o lagunillas para la conservación del agua en la zona seca de Estanques. De allí su nombre.
Por una parte, la expulsión de los miembros de la Compañía de Jesús de los dominios del imperio español en 1767, por orden del rey Carlos III, significó un descalabro y un vacío difícil de llenar. Además, la forma compulsiva como fueron llevados al destierro, golpeó el alma de aquella gente, que los quería de verdad. Quedaba Mérida sin su colegio, sin la explotación de sus fincas y sin la presencia física alentadora de los hijos de San Ignacio.
Por otra parte, el siglo XVIII fue, además, escenario de profundos cambios en el orden político, social, económico y religioso en el mundo conocido. Las reformas borbónicas propiciadas por Carlos III tendían, en muchos aspectos, a la naciente modernidad ilustrada y generaban, como es natural, contradicciones que se reflejaron en la vida cotidiana. No fueron pocos los problemas que generó algo que vemos hoy normal. La obligación de construir cementerios fuera del perímetro urbano trajo consigo escenas que exigieron la presencia de la policía de entonces. La creación de la Capitanía General de Venezuela en 1777, en las postrimerías del período colonial, formó parte de aquellas reformas. Había que reforzar las fronteras del amplio imperio, y para ello se recurrió a esta figura jurídica eminentemente militar dada la situación estratégica del territorio desde Paria hasta la Goajira.
El archipiélago que fue, y en cierto modo, todavía persiste, en lo que es hoy Venezuela, estrenó una unidad que no poseía y que no tuvo tiempo de consolidarse en apenas tres décadas. Venezuela, nombre que cubrió un territorio mucho más amplio, era solo una parte de la nueva circunscripción territorial; el oriente estuvo hasta entonces bajo el dominio insular de Santo Domingo en lo jurídico-administrativo (1777 y siguientes) y de San Juan de Puerto Rico en lo eclesiástico (1790). Buena parte del occidente dependía del Virreinato de la Nueva Granada y del arzobispado santafereño hasta 1777-78. Mérida, los Andes tachirenses y parte de los trujillanos, el Zulia, Barinas y los llanos occidentales miraban hacia Bogotá para todos sus asuntos, y para sacar sus productos por Maracaibo y/o Puerto Cabello debían cancelar los impuestos de alcabala por tener que atravesar confines ajenos. Recordemos que se fue tejiendo la unidad de lo que hoy es Venezuela con la posterior creación de la Intendencia, la Real Hacienda, el Real Consulado, y al comienzo del siglo XIX la unidad eclesiástica, con la elevación de Caracas a sede metropolitana, por razones geopolíticas más que religiosas, con Mérida de Maracaibo y Guayana como sufragáneas.
La institución eclesiástica era pieza clave en la organización colonial para buscar equilibrio entre el poder civil y el religioso. Así la corona podía controlar mejor a ambos y atornillar su poder en las tierras ultramarinas. Entre 1719 y 1806 el Consejo de Indias promovió doce nuevas sedes episcopales desde México hasta la Patagonia, correspondiendo dos de ellas a las mencionadas en nuestro territorio.
En este contexto, la creación de los obispados de Mérida y Guayana fueron signos de un desarrollo y madurez que apenas apareció antes de las gestas del siglo XIX. Debemos tener en cuenta que Mérida y casi todo el occidente eran frontera lejana y un tanto descuidada por las autoridades de Bogotá y Caracas, recelosas en concederle privilegios o ceder territorios que rendían tributo a las capitales, virreinal y de la Capitanía General. El clima de descontento de las gentes se expresó, entre otras, en la revolución de los Comuneros de El Socorro (1781) en tierras neogranadinas que llegó hasta tierras venezolanas, siendo sometidos los cabecillas por la fuerza militar.
Los muchos controles buscaban impedir que las publicaciones prohibidas ingresaran al continente, pero la ávida inquietud intelectual se las ingenió para que la Ilustración llegara a nuestras tierras; la complicidad de los navíos de la Guipuzcoana y la cercanía de las islas holandesas fueron portadores de las obras prohibidas, que leían con fruición clérigos y laicos en Mérida. Prueba de ello fue la aguda respuesta que le dieron connotados clérigos merideños, catedráticos de la universidad, al Canónigo Madariaga a su paso por la ciudad rumbo a Bogotá, en la que, a su perorata colmada de citas bíblicas, le respondieron con argumentos tomados de los autores de la Ilustración. Quedó tan apabullado el Canónigo que cuando huyó de Mérida, sacudió las sandalias, y cambió de ruta al regreso tomando el camino de los llanos pues no quiso volver por el camino real de la montaña.
En este contexto, Ramos de Lora fue escogido para crear la nueva diócesis de Mérida de Maracaibo. En la larga disputa entre Maracaibo y Mérida para optar por la capitalidad de la nueva circunscripción eclesiástica se esgrimieron razonamientos muy diversos. Contando Maracaibo, por ser la sede civil y su facilidad de comunicación abierta al mar, con un comercio más próspero que el de la montaña, el argumento relativo al estudio fue tomado como baza por los hombres de la cordillera, por ser mejor escenario para la irradiación cultural y de actos literarios, necesario para el cultivo de la mente. Los ediles merideños no se quedaron cortos al afirmar al rey que Mérida por “su templadísima y regularísima atmósfera, dejando libres las potencias y sentidos, da lugar al menos aficionado a las letras a aplicarse a los libros y a aprender y a estudiar cuanto sea conducente a su ministerio” (Pedro Rubio Merino, o.c.). La guinda de la argumentación en contra de Maracaibo estribó en el fuerte calor y la humedad de su clima “en los que cuando menos se piensa se encuentran los libros y papeles roídos y destruidos por el comején, insecto muy pernicioso y abundante que suele de un día para otro taladrar los libros y volverlos inservibles” (ibidem). Es fácil imaginar a los doctos y sesudos miembros del Consejo de Indias discutir sobre esta constatación a la hora de inclinarse por Mérida como sede episcopal; para evitar mayores recelos dicho Consejo decidió ponerle por nombre a la nueva circunscripción: “Mérida de Maracaibo”.
La Orden franciscana fue pieza fundamental en el trabajo misionero que le confió la Corona para acelerar la evangelización del Nuevo Mundo. Las expediciones de 1748-1750 de los franciscanos andaluces y catalanes contaron con un número considerable de frailes destinados al Virreinato de la Nueva España para el prestigioso colegio apostólico de San Fernando, de Propaganda Fide, en el centro de la ciudad de México. Desde allí se irradió su acción por todo México y Centroamérica, provincias dependientes del Virreinato. Al frente de ambas expediciones fueron designados Fray Junípero Serra con su contingente de frailes catalanes y mallorquines, y Fray Juan Ramos de Lora al frente del grupo bético.
Este último, ingresó muy joven en el convento de los Hermanos Menores de Sevilla perteneciente a la Provincia de Santa María de los Ángeles de la Observancia donde recibió excelente formación pues se distinguió desde un principio por sus dotes y capacidades para el ministerio sacerdotal y para el gobierno de su comunidad. Sin haber cumplido treinta años se embarcó para México y desde el convento de San Fernando fue pionero, junto con Fray Junípero, de la evangelización de la Huasteca, región aledaña a la Sierra Gorda en las inmediaciones de Querétaro, donde los indígenas vivían aislados sin que a ellos les hubiera penetrado la influencia azteca o la dominación colonial. Vicisitudes vividas en Tancoyol quedan reseñadas en el libro antes citado (El ciclo vital de Fray Juan Ramos de Lora), siendo notable la labor de formación humana y catequética llevada a cabo, lo que fue signo de su preocupación por la formación integral de los habitantes de aquellos parajes.
Los regionalismos no estuvieron ausentes del Convento de San Fernando. Tres bandos bien definidos: criollos, andaluces y catalanes pugnaban en las elecciones del claustro por tener a uno de los suyos al frente de tan inmenso e importante monasterio. Las candidaturas de Ramos de Lora y Junípero Serra estuvieron casi siempre entre los favoritos. La expulsión de los Jesuitas en 1767 de los reinos hispánicos obligó al reacomodo de las obras dejadas por la Compañía en manos de las otras órdenes religiosas presentes. A los franciscanos les correspondió la difícil misión de evangelizar a “las californias”, terreno inmenso y desconocido hasta entonces. Al frente de esta expedición fueron Fray junípero y Fray Juan Ramos. La primera escala, al sur de la península californiana, requería la organización de semejante aventura. No se entendieron los dos frailes, lo que atrasó el zarpar hacia el norte.
Estaba de visita oficial Don José de Gálvez, hombre fuerte en el virreinato y, más tarde, ministro estrella del rey Carlos III. Dirimió el conflicto mandando hacia el norte al fraile mallorquín y al sevillano le dio orden de regresar al convento de San Fernando. Todo indica que inclinó la balanza a favor de Fray Juan Ramos el común origen andaluz de ambos, malagueño uno y sevillano el otro. La preferencia por su paisano llevó al poderoso ministro a proponerlo al rey para la creación de la nueva diócesis suramericana siendo que no estaba en la lista del centenar de posibles candidatos enviados por el Consejo de Indias, lo que cambió definitivamente la vida del fraile de las marismas del Guadalquivir con casi treinta años en Nueva España. Su nuevo y definitivo destino fue Mérida. Sus inquietudes de formador y educador, aunado seguramente a los informes sobre el nuevo obispado, lo llevó a soñar y fundar casa de estudios superiores en su nuevo destino. Obra que requeriría creatividad y osadía, pues no contaba ni con recursos, que debía solicitar a la corona ni con personal calificado con títulos universitarios. Lo que sí tenía, y bien argumentado, fue el plan de estudios.
La retención durante casi un año en la ciudad lacustre le permitió recoger noticias de su extenso territorio. Seguramente fue armando el proyecto de la Casa de Estudios pues apenas a un mes de llegado a Mérida emitió el decreto de creación de la obra que lo ha catapultado con creces para la posteridad. Los requisitos y permisos previos para fundar un colegio suponían tiempo ante la lentitud de los asuntos administrativos de la gobernación con sede en Maracaibo. Ni corto ni perezoso lo emitió, recibiendo reprimenda de dichas autoridades. La sombra protectora de D. José de Gálvez lo libró de dar cuenta a los celosos ediles maracaiberos. Se dio a la tarea de construir casa para dar cabida a los profesores y alumnos en los terrenos que hoy ocupa el edificio rectoral. Tenía prisas, pues sus achaques le hacían pensar que el tiempo jugaba en su contra.
No descuidó sus ocupaciones como obispo. Solicitó informes a los párrocos. Levantó inventario de la diócesis, escribió cartas y circulares. Se preocupó por la situación de los pueblos de indios y trató de dotarlos de doctrineros y concentrarlos en pueblos a la usanza de entonces. Solo realizó por sí mismo visita pastoral a Ejido, por la cercanía y mejor clima que el de la meseta. Fue observando a algunos jóvenes que podrían ser los primeros candidatos para el colegio. Uno de ellos, Buenaventura Arias, del Arenal entre Mérida y Tabay, el más aventajado, más tarde primer doctor, rector de la universidad y obispo auxiliar en tiempos de Rafael Lasso de la Vega. Ramos de Lora inició las solicitudes para la aprobación de estudios superiores, pero tanto la muerte de D. José de Gálvez en 1788 y la suya en 1790 no permitieron avanzar.
Sin embargo, el obispo Ramos de Lora elaboró un extenso y minucioso plan de cátedras. De los recaudos que reposan en el Archivo General de Indias (AGI), el P. Pedro Rubio Merino, canónigo archivero de la catedral sevillana y encargado en el AGI de Venezuela y Ecuador, escribió lo siguiente en su libro “la erección de los obispados de Mérida y Guayana”: “Fray Juan Ramos parece soñar y piensa en un seminario-universidad, en cuyas aulas los alumnos puedan recibir lecciones en la mayoría de las disciplinas cultivadas en su tiempo. Y además quiere, y así se lo pide decididamente al Rey, que los estudios cursados en el seminario de Mérida sean convalidados en cualesquiera Universidad y Audiencia para la recepción de grados y méritos. De esto a pedir una Universidad para Mérida median pocos pasos” (p.84). En las páginas siguientes de este libro publicado por la Arquidiócesis de Mérida se puede seguir con detalle la evolución del proceso, las cartas del obispo, y las concesiones de la Corona al respecto.
Quedó en el ambiente la urgencia de continuar con los engorrosos papeleos en aquella lenta burocracia, a la que se sumó la inestabilidad política de España por la guerra con Inglaterra, la derrota de Trafalgar y los pleitos con las otras potencias europeas que hizo centrar los intereses de la Corona en los asuntos europeos y en la guerra en el cono sur con los ingleses.
La sede vacante emeritense por la muerte del obispo Cándido Manuel Torrijos, y la imposibilidad de atravesar el Atlántico del también obispo aragonés, dominico Antonio Ramón Espinosa retrasaron las diligencias. La llegada de Santiago Hernández Milanés (1802-1812) a Mérida retomó el tema como señalamos anteriormente. No me detengo en esta parte pues lo que queremos resaltar es la labor del primer obispo, objeto de esta ponencia.
Queda claro que el proyecto del obispo franciscano tenía miras muy altas y estuvo bien sustentado desde el principio. Hay que destacar que se trató de una lucha entre una hormiga y un elefante: las pretensiones de la minúscula ciudad serrana ante las ínfulas de sus vecinos que se preocuparon de sí mismos. Eso obligaba a los pocos que podían estudiar costeándose sus gastos, a dirigirse o a Caracas o a Bogotá, a considerable distancia de Mérida.
Concluyo evocando como preciosa grafía y el mejor regalo para la Universidad el poder contar con el retrato más auténtico del obispo franciscano, elaborado en la ciudad virreinal poco antes de su traslado a Mérida. Según testimonio de la restauradora novohispana, me confesó que se trataba de uno de los mejores retratos de finales del siglo XVIII mexicano. Todos los personajes civiles, militares o eclesiásticos tenían un formato similar. El valor pictórico, según ella, estaba en el análisis del rostro y de las manos, que en este caso era perfecto. Obtener tras dos largos años la copia de la obra original, la pudimos trasladar hasta el salón rojo del rectorado de la ULA, fue una odisea que merece resaltarse. De ello dejamos constancia en ilustrados opúsculos, el escrito por el entonces secretario de la Embajada de Venezuela en México, miembro de esta Academia aquí presente, como el folleto de mi autoría. Pero ello puede ser objeto de otra disertación. Fue una aventura que contó con la anuencia de muchos, allá y aquí. No es desproporcionado, sino justicia, exaltar al padre primigenio de nuestra máxima casa de estudios, que no es otro que Fray Juan Ramos de Lora, hijo insigne del “Poverello” de Asís e ilustre de la tierra andaluza, cuna de la mestiza cultura hispánica volcada hacia América.
Señores.
27-03-2025
Fotos Leo León – @leoperiodista






