CDMX, un crisol de emociones

El recorrido por la Zona Rosa estaba resultando una gran experiencia de sonidos y colores. En cada esquina, el viajero se topaba con un músico callejero, un malabarista o un viene-viene (expresión coloquial dada a quienes ayudan a aparcar), cuyos silbidos y gritos desconcentraba a unos adventistas que trataban de captar un nuevo “recluta” para sus asambleas.

El Museo Nacional de Antropología anunciaba esa semana diversos coloquios sobre los primeros pobladores de Mesoamérica, y sus salas de exposición estaban repletas de estudiantes de primaria que dejaban afónicos a sus maestros mientras clamaban compostura.

A poca distancia, reconocidos cafés estaban repletos de comensales, y los bares empezaban una jornada que seguro culminaría con los primeros destellos del siguiente día.

La invitación para disfrutar de algunos tragos en ese icónico espacio de la ciudad no pasó desapercibida para el viajero. Lo primero que hizo fue calcular el dinero del que dispondría y la manera para regresar al aeropuerto, porque su vuelo a Bogotá estaba pautado para las 7 a.m.

Chequeó unos mapas turísticos que le habían entregado y, en especial, un mapa del Metro con detalle de rutas, horarios, costos y conexiones con el sistema de transporte superficial.

La decisión estaba tomada: disponer de 30 dólares para bebida y tacos de suadero y carnitas. Para rendir el dinero, la forma más económica de llegar al aeropuerto sería en el metro. No creyó que representaría dificultad, pues había “sobrevivido” a los de Caracas, París, Madrid, Barcelona y Berlín; ¿qué podía salir mal?

En una esquina escuchó decir a unos universitarios que esa noche habría un gran espectáculo en el Bar Tenampa, en la Plaza Garibaldi. Por el módico precio de 200 pesos se podría consumir todo el tequila que el cuerpo aguantara. No lo pensó dos veces, pues eso equivalía aproximadamente a 20 dólares; incluso podría ahorrar suficiente para desayunar antes de embarcarse a Colombia.

En Tenampa todo transcurrió con normalidad; entre tequila y tequila, imaginaba ser parte de las películas del Ciclo de Oro del cine mexicano que se filmaron allí.

La alarma del teléfono sonó a las 10:45; fue el primer aviso para dirigirse a la estación Garibaldi-Lagunilla. La música de los mariachis estaba tan agradable que no prestó atención y continuó la celebración con una pareja de argentinos que, como él, visitaban México por primera vez.

Cuando sonó el último recordatorio, pidió la cuenta y, mientras intercambiaba correos electrónicos, se despidió y se apresuró hasta el metro. Por ser sábado, estaba repleto y parecía no haber espacio en los vagones.

Luego de ocho tequilas, la vista comenzaba a fallar; tomó por error la ruta equivocada. Tras corregir el rumbo y faltando cinco minutos para la medianoche, por los altavoces anunciaron el cese de operaciones; por eso invitaron a todos a abandonar la estación.

Cuando salió a la superficie, no tenía idea de la distancia al aeropuerto; revisó los bolsillos y solo le quedaba un billete de cinco dólares. Un anciano le sugirió que abordara el primer taxi que viera, pues esa zona era muy peligrosa. Apareció uno y, casi a ruegos, pidió que lo llevara, aclarándole al conductor que solo disponía de cinco dólares. Este, con cara de desconcierto, activó el taxímetro. El trecho fue largo; mientras tarareaba una ranchera, también rezaba para que el dinero alcanzara.

Justo cuando vio el anuncio del aeropuerto y el Volkswagen se detuvo en la terminal, el taxímetro marcó “milagrosamente” 4.99 dólares. Entregó el billete con alivio y dijo: “Puede quedarse con el cambio.”

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

19 de mayo del 2026

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