Era el vigésimo primer día de un impresionante trekking por los Himalayas, pero los entusiastas viajeros querían explorar más el interior de Nepal.
Birethanti fue el destino final de la expedición, pero el inicio del recorrido a través del sur del país. Luego de consultar con operadores turísticos y algunos pobladores locales, la decisión fue unánime: seguir hacia Pokhara y de allí al distrito de Chitwan, en las proximidades de la frontera norte de India.
A las ocho de la mañana, el autobús de las siete estaba retrasado; ese percance no desdibujó la ilusión de los tres sudamericanos por admirar en su hábitat natural a rinocerontes de un cuerno, elefantes, tigres de Bengala y otras especies de los bosques tropicales y subtropicales asiáticos.
Finalmente apareció un transporte público con pocos asientos libres. En Nepal, la consigna popular es: «espacio vacío, espacio donde hay que sentarse de inmediato», sin importar si el compañero de asiento está dormido o recitando un mantra budista.
El viaje fue pintoresco porque el conductor recogió a todos los pasajeros que encontró en la vía, y aquellos que no entraron, los transportó sobre el techo. La ocasión de interactuar con niños que se dirigían a sus escuelas, algún que otro monje budista, amas de casa y agricultores no hubiese sido posible en un autobús de turismo.
Después de seis amenas horas, avistaron una gigantesca valla, de la que sobresalía el cuerno de un rinoceronte mientras relucientes letras rojas decían: «Welcome to Chitwan National Park».
La primera noche en el campamento fue amenizada por un grupo étnico Tharu (región de Terai), que escenificó la Danza del Palo Tharu o Lathi Nanch. Los ejecutantes, rítmica y enérgicamente, blanden una vara de madera, al tiempo que golpean las de otros danzantes, lo que, al menor error de cálculo, podría dejar manos amoratadas. Suficiente emoción para la jornada; había que guardar adrenalina para la excursión matutina, por eso los viajeros se dirigieron a sus cabañas antes de las nueve.
Al alba, se reunieron con el jefe del campamento y un guardaparques, quienes, ayudándose con unos amarillentos mapas, explicaron sobre los recursos biológicos únicos y de valor universal que promovieron la declaratoria del Parque Nacional Chitwan como Patrimonio de la Humanidad en 1984. También fueron enfáticos en las medidas de seguridad y en cuanto al comportamiento necesario para no perturbar la fauna silvestre.
A poca distancia del campamento, visitaron una granja de elefantes, donde conocieron sobre sus hábitos, manejo y el resguardo de cada animal, que depende de por vida de un custodio de las comunidades aledañas, quien será su compañero inseparable, incluso viviendo en la parte superior del establo.
En un pozo de lodo retozaban un rinoceronte con su cría; los viajeros no salían de su asombro, no solo por la cercanía a esos magníficos ejemplares, sino por recorrer parte del bosque sobre el lomo de un joven elefante llamado Thapa.
Aún faltaba más de la mitad de la excursión. El guardaparques señaló una estrecha canoa a orillas del río Rapti, donde se movilizaron con la corriente a favor; aunque lo que no pareció estar a favor fueron unos cocodrilos gaviales que dejaron sus bancos de arena para nadar alrededor de la endeble embarcación.
Recién posados los pies en la ribera, notaron algunas huellas casi imperceptibles. El guardaparques salió al paso y, como un Sherlock Holmes nepalí, dijo: «hay que estar atentos, porque son marcas de un tigre de Bengala». No terminó de pronunciar esa contundente frase cuando los turistas tragaron grueso. Las indicaciones fueron claras: estar atentos a cualquier sonido del bosque, y en caso de toparse con un rinoceronte, correr en zigzag y resguardarse tras un árbol de tronco robusto.
No hubo nada extraño durante el regreso; el silencio solo fue interrumpido por las pisadas en la hojarasca y un colorido Red-headed trogon (Harpactes erythrocephalus).
El camino era denso e intrincado, otorgando un halo enigmático a cada centímetro recorrido. De pronto, en un claro del bosque, se escuchó algo; el guardaparques se adelantó, no pronunció palabra, y su rostro pálido resultó indescifrable.
Una sombra se dejó entrever entre las ramas bajas: haciendo gran alboroto, corrió hacia los excursionistas. Estaban tan ensimismados que no lograron moverse. Fue un gallo que perseguía a una gallina despavorida. Ese día, los tres aprendieron que estas aves proceden del sudeste asiático y aún se consiguen en estado salvaje. El secreto mejor guardado en Chitwan, pues en los brochures no son mencionados como especies del área protegida.
Los viajeros se repusieron jocosamente, mientras el guardaparques y el jefe del campamento reían a carcajadas.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
3 de febrero del 2026




