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Algunas ramas del bosque penetraban a través de los barandales de la cabaña, otorgándole un aire de singularidad y frescura al lugar. Era posible avistar casi todo El Guabo de Yorkin, desde las riberas del río hasta las pequeñas parcelas cultivadas con guineo morado, café y cacao criollo.

Faltando poco para las seis de la mañana, los viajeros empezaron a acercarse a la cocina, atraídos por el aroma del café panameño y los sonidos del aceite hirviendo en los calderos, donde flotaban suculentos y machacados trozos de plátano verde.

Ese desayuno fue especial porque compartieron vivencias de las comunidades de donde provenían: desde las montañas de Jurutungo, en la provincia de Chiriquí, pasando por las tierras altas de Santa Fe, en Veraguas, y Bonyik, a orillas del río Teribe, en Bocas del Toro.

Sandra y sus hijos Liseth y Ovidio dispusieron todo con esmero y cariño para que los viajeros se sintieran como en casa; lo lograron con simpatía y espontáneas demostraciones de fraternidad.

Antes de emprender la caminata al Cerro Laibon, Ovidio indicó las pautas básicas de comportamiento y seguridad, pues el recorrido implicaba estrechos y densos senderos por bosques primigenios poco explorados y con posibles situaciones súbitas, dados sus fantásticos habitantes.

El ascenso fue emocionante; los viajeros aprovecharon cada parada interpretativa para conocer las maravillas del lugar, las interacciones entre sus componentes y, en particular, comprender cómo las comunidades bribri habían logrado adaptarse y forjar un sólido equilibrio con su entorno natural.

Algo llamó la atención del primero de la fila: en el interior de un tronco caído a orillas del camino sobresalía una bola negra de pelos. Ovidio se acercó con cautela, pues en el aire se percibía un penetrante olor a orina. Observó con detalle y, usando una rama para apartar la hierba, descubrió un trozo de piel que daba sentido a la extraña bola; era lo que quedaba de algún animal que no fue tan rápido como el jaguar que lo atacó.

La orina indicaba que el felino había marcado ese tronco como parte de su territorio y seguro estaba muy cerca; por lo tanto, no tenía sentido seguir allí y convertirse en el postre del “gran minino”.

En lo profundo del bosque se dejaron escuchar unos silbidos rítmicos: era una pareja de quetzales que se asomaban por el agujero de un roble centenario que parecía haber triunfado sobre la gravedad. Los repetidos sonidos cautivaron a los viajeros y la ocasión fue aprovechada por Cirilo, el “awá” (líder espiritual) de la comunidad, quien relató la trascendencia y simbolismo que tienen el bosque y sus habitantes para la cultura bribri.

De regreso a la cabaña, decidieron tomar un refrescante baño en el Yorkin, lo que resultó muy pintoresco, pues con unas pocas brazadas hubiesen tocado suelo costarricense. Paisajísticamente no hay diferencias entre los territorios, aunque sí se percibe contraste en el hablar, estando ambos pueblos Bribri solo distanciados por el río.

El almuerzo esperaba humeante en la mesa; Sandra mostró dotes culinarios heredados de sus antepasados. Los bribri han sabido valorar la identidad que les caracteriza como “gente de la montaña”, promoviendo su inquebrantable sentido de pertenencia y adaptándose a los avatares de los tiempos modernos.

Grillos y ranas esa noche ofrecieron sus mejores melodías; Cirilo se acomodaba en su mecedora mientras trataba de organizar unas descoloridas fotografías y viejos recortes de periódicos panameños. Los viajeros aguardaban con paciencia los relatos del “awá”, porque presumían que tras cada historia había un aprendizaje.

Con parsimonia, las narraciones fluyeron, envueltas en una atmósfera de espiritualidad y orgullo por la identidad bribri. Los tiempos pasados forjaron a un pueblo noble, laborioso, con convicciones firmes y la visión de transmitir a las generaciones futuras el sentido e importancia de convivir en armonía con todas las criaturas puestas en la tierra por Sibö.

Con el equipaje alistado en el bote y sentidos abrazos de despedida, los viajeros dejaban atrás ese hermoso lugar. Se escuchó un rugido que provenía de las cercanías; por un instante llegaron a pensar que era un destartalado motor fuera de borda. Después de un prolongado silencio, comprobaron que efectivamente era un jaguar; probablemente quería despedirse de los viajeros o demostrar que él seguirá siendo el amo de esos verdes e indescifrables bosques.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

11 de agosto del 2026

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