(Mateo 5, 1-12)

El título, una breve frase introductoria del evangelista, nos sitúa de inmediato en el corazón de las bienaventuranzas como proclamas del Reino que reflejan con fidelidad y singular claridad el kerigma de la esperanza.

En cada bienaventuranza reconocemos una sencillez luminosa, una claridad única, una peculiaridad propia: desapego, compasión, mansedumbre, justicia, misericordia, pureza, paz, fidelidad. No se trata de deseos inconscientes, —que nos dejarían en el terreno de lo enigmático—, sino de dimensiones vivenciales que en la vida vivida la liberan de la fantasía, de la simplificación en imágenes míticas, moldeándola más bien según “el sello del Dios vivo” (Ap 7, 2).

Juan presenta este sello en manos de uno de los ángeles. Lo porta en nombre del Dios vivo, simbolizando una autoridad que no es ni arbitraria ni distante, sino profundamente identificable, una autoridad cuyo sentir hace alcanzable nuestra realidad personal mediante acciones concretas vividas con responsabilidad, libertad y originalidad.

En efecto, la primera bienaventuranza alude al desapego: el de los pobres de espíritu, cuya pobreza interior les permite redescubrir una vía esencial. El papa León, al referirse a los padres del desierto, la describe como “la pedagogía de la mirada que reconoce a Dios dondequiera” (Carta Apostólica, 2025, Dibujando nuevos mapas de esperanza, §2.2); es decir, aquellos que trazan su itinerario personal desde el amor que Dios les tiene.

En la segunda, el llanto, —los que lloran—, representa el sentido profundo de la compasión, pues en ella tomamos conciencia de que, como ovejas descarriadas, volvemos al Pastor.

La tercera se refiere a los mansos. No nos vuelve en teóricos de la mansedumbre que definen sus cualidades, sino en protagonistas que encarnan el comportamiento cristiano ante el mundo.

La cuarta bienaventuranza se centra en la justicia. Nos invita no sólo a hablar lecciones sobre ella, sino también a ponerla en juego: hacer de nuestra vida una exegesis vivida, una narración encarnada de la justicia divina.

La quinta evoca la misericordia. Nos convoca a no decir: no la hemos visto nunca, porque en Cristo la misericordia de Dios se nos ha dado a conocer. Por eso, nuestros gestos de misericordia no son ambiguos: al manifestarlos, convertimos la piedad en el contenido más auténtico de nuestros procederes.

La sexta remite a la pureza. Con ella rompemos con los moralismos rígidos, que nos hacen sentir ajenos —no soy como los demás, no soy como ése—, a los pobres, a los pecadores, a los enfermos.

La séptima invoca la paz. Nos invita a hacerla partícipe de nuestra intimidad, para compartirla con sentido desde nuestra existencia. Es una misión que nos llama a vincularnos con los otros.

La octava evoca la fidelidad. No nos pide nuevas formas de la Trinidad, del Evangelio, de la Iglesia o del prójimo, sino que la Verdad que profesamos esté siempre vinculada a su fuente: Dios, de quien depende estrechamente.

La novena bienaventuranza está orientada a la motivación interior. El contenido de todas las anteriores encuentra en ella su continuidad, y su objetivo es hacer siempre presente a Cristo en medio de su comunidad.

En suma, las bienaventuranzas —también las he llamado proclamas del Reino— nos recuerdan que la Iglesia es el Cuerpo en el que Cristo se hace presente y actúa en medio del mundo y en todo el orbe. Como señala la primera lectura: una muchedumbre muy grande; individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas, todos de pie delante del trono y del Cordero.

01-11-2025

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

Horaraf1976@gmail.com