(Mateo 3, 1-12)
El versículo, título de esta reflexión del II domingo de Adviento, recuerda el nombre del Bautista y uno de los elementos constitutivos de su misión: predicar.
Ello nos conduce a Isaías 40, 3: “Voz que clama en el desierto”.
A Malaquías 3, 1: “Estoy para enviar a mi mensajero, al que despejará el camino delante de mí; pues pronto entrará en su santuario el Señor que ustedes piden. Fíjense que ya llega el mensajero de la alianza que ustedes tanto desean, dice Yavé de los ejércitos”.
Y esta forma de manifestación de la presencia y acción de Dios, —Yavé de los ejércitos—, además de evocar su majestad en contextos de guerra, juicio, asimismo subraya la esperanza mesiánica, sustancialmente señalada por el mismo Bautista al contemplar la presencia de Jesús, ante el cual proclama:
“Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).
Estos matices en parte engloban el elemento primordial de su ministerio: predicar. Y, desde luego, desde éste aún escuchamos la energía de su oportuno imperativo presente, o al que también llamamos “exhortación directa”:
“Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”.
Tal imperativo, sobre todo en griego metanoeîte, significa: “cambio de mente”, “volver a Dios”; y del modo como lo escribe Mateo según la exhortación del Bautista, no define un “háganlo una vez”, al contrario, “seguir convirtiéndose” o “manténganse en la conversión”.
Ahora bien, hay mentalidades —de moral dogmática, de normativas por poco draconianas— que contraponen irreconciliablemente caridad y conversión.
Les parece más lógico —una lógica de “raza de víboras”— disminuir la piedad e insistir en cambios automáticos, o anestesiados, de conducta.
En efecto, en la exhortación de Juan el Bautista, antes de nacer considerado “lleno del Espíritu Santo” (Lc 1, 15), encontramos el llamado a una conversión razonable que, en lugar de apartarnos de las obligaciones y trabajos temporales, con la esperanza y la caridad de Cristo, busquemos de manera consciente, como lo hizo él, precursor del Mesías, una condición de vida digna del hombre.
En tal sentido, asimismo subraya: “ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles”; pues, en variadas ocasiones las decisiones por mejorar en nuestra vida, como en su mayoría requieren una exquisita paciencia, pueden enfriarse apenas inician a nacer, y, por consiguiente, conviene fortalecer una prontitud de ánimo, en cuya realización nos encomendamos al Espíritu del Señor:
“Espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de piedad y temor de Dios”.
07-12-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



