¿Cómo hacemos para que nuestro país sea realmente digno para vivir?

Por: Angélica Villamizar…

Vivimos en una época de ruido, las redes sociales, los titulares sensacionalistas y las discusiones políticas nos bombardean a diario. En medio de este vértigo, surge una pregunta que debería ser el eje de toda agenda pública y privada: ¿Cómo hacemos para que nuestro país sea realmente digno para vivir?

Cuando hablo de dignidad, no me refiero únicamente a tener un techo o un plato de comida. Hablo de la posibilidad de mirar al vecino sin desconfianza, de caminar por la calle sin miedo, de saber que nuestros hijos recibirán una educación que los despierte, no que los domestique, y de tener la certeza de que el esfuerzo diario tendrá una recompensa justa.

Para lograrlo, debemos desterrar la idea de que la solución vendrá de un «mesías» político o de una receta mágica. La transformación es un proceso lento que exige, por lo menos, tres pilares fundamentales, un Estado que sirva, una economía que integre y una sociedad que se reencuentre.

El primer escalón hacia la dignidad es un Estado que funcione; no un Estado gigante que todo lo quiera abarcar, ni uno mínimo que se desentienda de los más débiles, sino uno inteligente. Esto implica recuperar la institucionalidad que se perdió desde hace varias décadas.

Debemos exigir que vuelva la meritocracia para quienes deseen ejercer cargos públicos y que no sean monedas de cambio político. La dignidad comienza cuando el ciudadano entra a un hospital, cuente con médicos, insumos y equipos y reciba atención sin importar su apellido, o cuando acude a una oficina pública y el funcionario lo trata como a un cliente, no como a un súbdito. Un país digno es aquel donde los mejores gestionan lo público, no los más conectados.

El segundo pilar es el modelo económico. Necesitamos una economía de mercado, que fomente el emprendimiento y la innovación, pero que también garantice que el trabajo digno sea rentable. En muchos países de nuestra región, el empleado formal está ahogado por impuestos, mientras que la informalidad crece alarmantemente. Para ser digno, un país debe castigar al que evade, pero también simplificar la vida del que quiere cumplir. La clave está en la recaudación inteligente, cobrar menos impuestos a quien produce y generar incentivos para la formalización, y cobrar más (o mejor) a quien especula o concentra riqueza sin generar valor real.

Además, la dignidad económica exige educación. No solo la de los niños en las escuelas, sino la educación continua para adultos. Un país que no invierte en el mejoramiento profesional de su gente está condenado a la dependencia tecnológica y al desempleo estructural.

Sin embargo, el pilar más importante es el social. La dignidad se juega en la calle, en el transporte público, en el respeto por las normas de tránsito y en la forma en que tratamos al adulto mayor. Hemos normalizado la grosería y la viveza criolla como «astucia», cuando en realidad son síntomas de una profunda fractura ética. Para revertirlo, no basta con campañas de «buena educación»; necesitamos recuperar el concepto de espacio público como algo sagrado.

Un país es digno cuando el ciudadano sabe y confía en que, si es víctima de un delito, el sistema lo acompañará, y que, si comete una falta, recibirá una sanción proporcional. La impunidad es el veneno que destruye la esperanza.

Hacer un país digno no es solo tarea de presidentes o empresarios; es una responsabilidad de todos. Es pagar los impuestos justos sin trampas, es educar a nuestros hijos en la empatía, es no comprar productos robados, es exigir con respeto pero con firmeza.

Cuando exigimos que el país nos dé dignidad, también debemos preguntarnos si nosotros mismos estamos actuando con dignidad hacia los demás.

Lograrlo es difícil, quizás lo más difícil que tenemos por delante. Pero si algo hemos aprendido de nuestra historia y de los últimos fuertes acontecimientos en nuestro país,  es que los cambios trascendentales no ocurren espontáneamente; ocurren cuando una masa crítica de ciudadanos decide que el conformismo es más caro que la lucha.

Nuestro país tiene los recursos, la inteligencia y el corazón para ser un lugar digno. Solo falta la voluntad colectiva de dejar de esperar y empezar a construir. 

16-07-2026 (177-2026)

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