Considero este tema estrechamente vinculado al del jueves pasado, “el buen estudiante, antes que edificación de los demás, lo es de su familia”, y, desde luego, asimismo inspirado, como aquel, en el cuarto objetivo del Pacto Educativa Global.
¿Qué entiendo por “nuestra debilidad”? Es la necesidad de ponerle más perspicaz cuidado al cambio, y de no dejarlo trancado en la conformidad del, “todo permanece casi en su estado primitivo”.
Cierto, el “perspicaz cuidado” es propio de la mujer; con él en el trabajo técnico ellas instan en sus enseñanzas que las actividades, oficios, no sobrevivan en una insensible permanencia. Y ésta es una de las principales contribuciones.
El derecho a la simpatía por su hacer, su poiesis para subrayarlo con esta voz griega, es decir, su modo de llevar algo de la no-existencia a la existencia, exige respeto y protección, pues, su hacer no únicamente se les queda en el tanteo de las inclinaciones del espíritu, al contrario, patentizan en él su energía, iniciativa y eficacia.
De este modo, la mujer con su perspicacia sabe lidiar con inteligencia esta otra escasez de nuestra debilidad: la pobreza de espíritu por la rebeldía a la cultura.
Ella, sin duda con disciplina, sabe mostrarse indulgente con dicha rebeldía; busca la más fina aplicación de tácticas pedagógicas para corregirla, y por esto muchos suelen reconocer: no lo hubiésemos logrado de no haber encontrado otra de igual paciencia.
A variados reveses, o incluso excusas para eludir la responsabilidad de aprender a trabajar, ellas cautelosa y delicadamente se adelantan, para que ésos no logren establecerse en los jóvenes como una sujeción, pues, trabajan con tesón para que encuentren a sus dirigidos, a sus colegas, mejor preparados que de ordinario.
De esta manera, otra de las contribuciones de la mujer en la formación de los estudiantes, es la de concientizarse y concientizarlos que ninguna necesidad es humanamente ineludible; por supuesto, también demuestran que ninguna necesidad es humanamente indefinida, pues, sería condescender a las virtudes y capacidades desgastarse completamente en la impotencia.
Las maestras, profesoras, saben muy bien desechar proyectos impracticables; con estos los alumnos aprenden a demoler sin edificar, a abusar de las palabras; dan el todo en su labor teórica y práctica para evitarle a la humanidad, a la sociabilidad, a la moralidad de sus estudiantes, encaminarse fortuitamente por lo artificial. Les esclarecen, con creatividad y sensibilidad, sobre muchos jóvenes que anhelan saber hacer por medio de un oficio, pero al momento escasean de lo que a ellos les sobra.
En fin, es loable el rechazo a la ignorancia; y es sumamente loable el esmero de tantas mujeres que, en el desempeño de sus tareas, no evaden el respeto a la sensatez de la razón.
30-04-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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