Con fundamento: Ante una Europa estupefacta

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«Hay un odio de Occidente a sí mismo, que es extraño y que solo se puede considerar como algo patológico; Occidente intenta, de manera loable, abrirse lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; de su propia historia ya solo ve lo que es execrable y destructivo, mientras que ya no está en situación de percibir lo que es grande y puro.» Benedicto XVI

Europa estupefacta contempla como bandas de encapuchados, gritando consignas ininteligibles, van surgiendo de ciudad en ciudad, reclamando diferentes reivindicaciones, pero siguiendo similar patrón. Mientras sectores determinados de las grandes ciudades continúan sus rutinas, los centros históricos y áreas comerciales sufren la más brutal agresión: incendios, saqueos, destrozos de propiedad pública y bienes patrimoniales.

Las redes expresan alarma ante un estallido casi simultáneo, inadvertido, pero posiblemente planificado.

Como carne de cañón, jovencísimos alumnos de secundaria encabezan la turba de inmigrantes, delincuentes, agitadores que se abalanzan sobre la inerme ciudad, aterrorizando transeúntes, funcionarios, amas de casa y dependientes de comercio. En una semana, repentinamente las ciudades europeas parecen escenarios de guerra civil, Europa contra Europa; escenarios que petrifican al mundo entero.

Hay quienes explican los estallidos como respuestas desbocadas a reclamos justos de una juventud maltratada, ignorada, en un continente envejecido y corrupto donde los hijos son evitados y la inmigración adoptada como suplidora de una demografía en declive. Sin embargo, no podemos ignorar la selectividad de los objetivos en estas arremetidas, cuando el ensañamiento excluye mezquitas y expendios de lo que en el islam es llamado “halal” (permitido), ni ignorar las banderas palestinas que las presiden, desplazando las banderas nacionales.

Asra Q. Nomani, periodista investigadora de Fox News informa haber identificado 54 organizaciones detrás de la escalada de turbulencias en Francia: “una desbordada red de partidos comunistas, grupos socialistas revolucionarios, sindicatos, organizaciones de solidaridad con Palestina y medios de comunicación internacionales que trabajan para transformar los descontentos en una revuelta abierta contra el capitalismo, la austeridad gubernamental y el gasto militar.”

Añade Asra que, “ahora mismo, 28 organizaciones juveniles comunistas y socialistas de 12 países europeos se están movilizando para una huelga coordinada el 20 de noviembre bajo el lema Lucha por nuestro futuro, no por sus guerras, haciendo un llamado a paros laborales y estudiantiles, bloqueos, ocupaciones y manifestaciones masivas.” Pero en el fondo, ¿No subyace el terreno fértil permitiendo el progreso de estas conjuraciones?

Es interesante recordar a aquel gran Papa, teólogo y buen observador del mundo, Benedicto XVI, cuya trayectoria estuvo marcada, entre otras cosas, por su constante preocupación por Europa. Esta dio a múltiples admoniciones, recordando que «Europa no es un continente que pueda comprenderse limpiamente en términos geográficos; más bien es un concepto cultural e histórico» (Without Roots), y señalando la bandera (ya ideológicamente deformada y políticamente manipulada) del multiculturalismo, como el fomento desmesurado de la multiculturalidad que no nace de un verdadero respeto, sino de una «huida de las cosas propias, un abandono y negación de la propia identidad cultural y espiritual», un renegar de sus raíces cristianas, como de su valiosa herencia grecorromana.

Separados por la vastedad del Atlántico, pareciera que estuviéramos a salvo de tragedias como esta que se engulle, poco a poco, al occidente europeo. No es, sin embargo, más que una confianza infundada frente a un plan que no se detendrá hasta envolver el mundo entero.

Juan Pablo II llamó a Latinoamérica «continente de esperanza» y, durante su recordada visita de 1985, describió a Mérida como «reserva espiritual de Venezuela». No eran expresiones de complacencia, sino un reconocimiento de posibilidades y, al mismo tiempo, un compromiso.

En una Europa que parece perder la confianza en sus propias raíces, América Latina tiene mucho que aportar, no desde la superioridad ni la nostalgia, sino desde la capacidad de mantener viva una tradición que vincula la dignidad humana, la solidaridad y la apertura al otro. Sin negar nuestros propios fracasos, ni idealizar sociedades aquejadas de pobreza, desigualdad y desencanto, sino de comprender que también aquí se juega el futuro de una civilización compartida. ¿Cómo contribuir a evitar que un mundo dividido y desconfiado termine sometido a nuevas formas de dominación?

Viene a mi memoria el inolvidable diálogo con el padre O’Shea, sacerdote irlandés que bautizó a mi hija. «Pronto vendrá el tiempo en que ustedes vendrán a evangelizar Europa», me advirtió mientras celebrábamos el sacramento en la anticatólica Inglaterra.

Aquel «ustedes» no solo me implica y me compromete personalmente. Es también un desafío para quienes, desde esta parte del mundo, seamos capaces de reconocer el alcance de nuestra historia. Evangelizar Europa no significa únicamente llevar la fe a quienes parecen haberla olvidado, sino también dar testimonio de una manera de vivir, de convivir y de reconocer al otro. Latinoamérica, el antiguo Nuevo Mundo, no está llamada a contemplar pasivamente el desconcierto europeo, sino a preguntarse qué puede ofrecerle para que Occidente recupere la conciencia de aquello que, al renegar de sí mismo, corre el riesgo de perder.

21-10-2026

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