Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
Observando el incierto resultado de los acuerdos entre gobiernos, tratados internacionales, o complejas negociaciones diplomáticas, parece que la paz es un bien inalcanzable. Sin embargo, la paz no es solamente un asunto de cancillerías o de grandes líderes políticos. Antes que un logro institucional, la paz es una tarea humana que comienza en lo cotidiano, en gestos simples y en las decisiones morales de cada ciudadano común.
La historia demuestra que los grandes conflictos no nacen únicamente de decisiones de los poderosos. También germinan en el tejido de la vida diaria: en la intolerancia, en el desprecio por el otro, en la receptividad y la adhesión a consignas violentamente sectarias y a demagogos, o en la indiferencia frente a la injusticia. Por eso, si el deterioro de la convivencia se construye desde abajo, también la paz debe comenzar a edificarse desde aquí.
Esa dimensión artesanal de la paz no suele aparecer en los titulares de los periódicos. No se mide en tratados firmados ni en discursos solemnes. Se revela, más bien, en nuestra disposición a escuchar antes de condenar, en el respeto hacia quien piensa distinto, en la voluntad de resolver los conflictos sin injurias ni violencia. Son gestos modestos, pero decisivos.
La paz se construye cuando un vecino decide no responder con agresión a una ofensa; cuando un docente enseña a sus estudiantes el valor del diálogo; cuando un trabajador se niega a participar en prácticas de corrupción; cuando un ciudadano usa su racionalidad frente a la manipulación. Cada una de esas decisiones contribuye a fortalecer una cultura de convivencia.
En nuestras sociedades, fracturadas por la polarización política o la desconfianza institucional, la actitud del ciudadano adquiere una importancia aún mayor. Donde las instituciones se debilitan o la política pierde credibilidad, la responsabilidad cívica se vuelve un recurso indispensable. La paz no puede sostenerse sin una ciudadanía que practique el respeto, la responsabilidad y la solidaridad.
El ciudadano común contribuye a la paz también cuando participa en la vida pública exigiendo transparencia y promoviendo el bien común por encima de los intereses particulares. La paz social requiere constructores atentos, no espectadores pasivos.
En la artesanía de la paz, el lenguaje es herramienta clave. Las palabras pueden ser instrumentos de acercamiento o de confrontación. El rumor irresponsable, la descalificación sistemática o el insulto permanente, usados en lugar del debate y la dialéctica, desgarran prontamente toda posibilidad de convivencia. Por el contrario, el uso responsable de la palabra —especialmente en tiempos dominados por las redes sociales— puede convertirse en una forma concreta de servicio a la paz.
No debe olvidarse, además, el ejercicio cotidiano de la solidaridad. Ayudar al vecino en dificultades, acompañar a quien sufre, participar en iniciativas comunitarias o colaborar con proyectos educativos y cívicos, fortalece el tejido social. Donde la solidaridad crece, disminuye el espacio para la violencia.
Nos resignamos a que el ciudadano común carezca de poder para influir en el rumbo de la sociedad. Sin embargo, la experiencia histórica muestra lo contrario. Las grandes transformaciones culturales han comenzado muchas veces con pequeños grupos de personas que decidieron actuar con coherencia moral en medio de circunstancias adversas.
La paz no es simplemente ausencia de conflicto, armado o no. Es una forma de convivencia basada en nuestro ser dignamente humanos. La condición humana no se impone por leyes o decretos; necesita ser cultivada en la conciencia de los ciudadanos.
Por ello, la contribución del ciudadano común a la paz no es una tarea heroica reservada para unos pocos, sino una vocación cívica al alcance de todos, en la que nuestra conciencia se entrene a diario, como un buen carpintero se entrena en su arte.
Es un trabajo de hormiguita, construcción que no sólo se realiza en el tenaz ir y venir de las negociaciones; se realiza en las calles, en las escuelas, en las familias y en los lugares de trabajo. Y en ese proceso silencioso, el ciudadano común —con sus decisiones diarias— puede convertirse en uno de sus más importantes constructores, con el producto de una paz sólida, dentro de sí y en su país.
18-03-2026
“Comunicación Continua no se hace responsable por las opiniones y conceptos emitidos por el articulista”



