Con fundamento: Cada uno desde su puesto

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«La certeza de la propia realización radica en la objetividad de la historia con la cual Dios se ha hecho Presente, es decir, en la forma concreta y definitiva con la que esa historia nos ha alcanzado, envuelto e implicado personalmente». Luigi Giussani, El rostro del hombre

Una gran ráfaga de dolor recorrió el país al percatarnos de que ya ha transcurrido el primer mes conviviendo con el rostro de la calamidad, escuchando el diario recuento de nuevas víctimas y familias damnificadas hasta la desolación. Durante este tiempo de sufrimiento podemos afirmar que la ayuda, tanto nacional como internacional, ha llovido con abrumadora generosidad sobre las zonas devastadas y sobre quienes han quedado prácticamente sin nada.

Día tras día oramos por las víctimas. Sin embargo, desde la inmensa porción del territorio que se salvó de la hecatombe, cada venezolano termina haciéndose la misma pregunta: ¿qué puedo hacer?, ¿qué se me pide, aun estando lejos? Con frecuencia creemos que cualquier esfuerzo resulta ridículamente insuficiente frente a la magnitud del desastre.

Pero precisamente una de las enseñanzas más sorprendentes de las tragedias consiste en que revelan el verdadero valor de los pequeños gestos. Viene a cuento lo que relata el portal GoodAsianNews sobre las mujeres del Meeting Point, la obra de Rose Busingye, hermana de humanidad y de vivencia eclesial:

«En el calor abrasador de una cantera en Kampala, mujeres que ganaban apenas 1,20 dólares al día levantaban los martillos una y otra vez, rompiendo piedras en grava con sus manos llenas de callos. Cuando la noticia de la devastación del huracán Katrina llegó hasta ellas, algo se conmovió en sus corazones. Doscientas de estas mujeres, muchas viviendo con VIH y criando prácticamente solas a sus hijos, decidieron donar. Reunieron sus salarios ganados con enorme esfuerzo, vendieron plátanos y collares hechos a mano, y recaudaron 900 dólares para unos desconocidos al otro lado del océano. Su regalo viajó desde el polvo de Uganda hasta las calles inundadas de Nueva Orleans.»

Estoy convencido de que aquellos 900 dólares tuvieron, para quienes los recibieron, un valor mucho mayor que el de muchos millones destinados al salvamento y la reconstrucción. ¿Cuántas veces el apoyo más decisivo en nuestros descalabros proviene precisamente de quien menos posee? Una arepa precariamente, pero amorosamente, preparada para quien acompaña a un enfermo en el hospital puede saber a gloria. Así descubrimos el auténtico peso de las cosas cuando el infortunio nos alcanza.

Esta transformación de nuestra manera de valorar los gestos humanos posee un profundo alcance antropológico. Ya lo advertía Jesús al comparar el óbolo de la viuda con las abundantes ofrendas de los ricos, o al proponer la figura del buen samaritano. No es la magnitud material del gesto lo que lo hace grande, sino la implicación personal de quien lo realiza.

Es como si, en medio de la desgracia, la escala de valores se invirtiera. El gesto más sencillo adquiere un peso específico inesperado cuando deja transparentar un afecto verdadero. En ocasiones reconforta más que la acción impecable de grandes instituciones, donde a veces se percibe, más que una cercanía personal, el cumplimiento eficiente de una función o de un deber.

Con frecuencia damos por sentada la naturaleza de lo humano y afrontamos las crisis de manera meramente reactiva, según los mecanismos habituales de nuestra cultura. Pero cuando la tragedia desborda todos esos mecanismos, la reacción ya no basta. El clamor de quienes sufren exige algo más profundo: una respuesta que nazca del corazón y que reconozca el valor irrepetible de cada persona.

Por eso, si bien este es un tiempo que reclama heroísmos y esfuerzos extraordinarios, también lo es para no despreciar los pequeños esfuerzos, esos que caben dentro de nuestras limitaciones materiales y humanas. Desde la oración —cuyo misterioso alcance jamás podremos medir— hasta una modesta donación, ofrecida sencillamente desde nuestro puesto y con el corazón de la viuda del Evangelio, todo adquiere una fecundidad inesperada en quien lo recibe. Porque, al final, las grandes reconstrucciones comienzan casi siempre con un gesto pequeño realizado por alguien que, sencillamente, decidió comprender y responder.

29-07-2026

“Comunicación Continua no se hace responsable por las opiniones y conceptos emitidos por el articulista”