Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«¿Puede el batir de las alas de una mariposa en Brasil provocar un tornado en Texas?» Edward Lorenz, matemático y meteorólogo
En la dilatada fila del automercado, en las tradicionales compras nerviosas de centenares de compatriotas más o menos angustiados por los acontecimientos de este dos de enero, recordaba que nací en plena crisis institucional de 1950, cuando el último magnicidio en Venezuela sumió a Caracas en caos y toque de queda; lo contaba a algunos de los circunstantes, para hacerles ver cuantas convulsiones hemos sobrellevado, y calmar así las animosas contiendas por el vital orden hacia las cajas registradoras.
Son numerosos los acontecimientos históricos vividos desde mi trinchera de ciudadano común. Si algo he aprendido es que, actuemos o no, estamos limitados a “mirar los toros desde la barrera” independientemente de la posición que, legítimamente, sostengamos. Pero todo queda en mi experiencia y adquiere valor.
Ante el juego pugnaz de los poderes mundiales, somos espectadores impresionados, así como potenciales daños colaterales psicológicos en nuestras abrumadas almas. Es difícil no aturdirse, en el coro de opiniones disfrazadas de sesudos análisis, que intentan llevarnos hacia un polo u otro; más difícil aún es desarrollar un criterio que surja de nuestro propio y auténtico juicio, como en realidad sería ideal para no vivir tan mareados.
Ante la magnitud de las fuerzas que actúan haciendo la historia con sus respectivas agendas, es posible vernos así, tan insignificantes como para sentir nuestra persona pulverizada, diluida, y encontrarnos ante el dilema: rendirnos en la apatía o integrarnos a alguna muchedumbre fanática para sentirnos poderosos, “heroicos”, incidiendo.
Pero también podemos incidir benéficamente, o lo contrario – ¡Y de qué manera! – en quienes nos rodean. Por ejemplo, especialmente en un mundo donde la desesperanza y amargura se han vuelto un mal tan contagioso, podemos contagiar una esperanza y jovialidad que se extiendan.
Genialmente definía el Siervo de Dios Luigi Giussani: “el yo es la autoconciencia del cosmos”, un punto del infinito en que éste cobra conciencia. La posible grandeza de la persona es, entonces, la de percibir y comprender su importancia en la vastedad de lo existente, independientemente del lugar y la tarea que viva. Todo está sutilmente conectado y un gesto nuestro puede tener, como en su célebre conferencia sobre la teoría del caos dijo Lorenz, un alcance inimaginable.
La Historia, con mayúscula, en ocasiones no transcurre lejos en el tiempo y la distancia, sino viene a llamar a nuestra puerta. Y, aunque se nos haga creer superfluos espectadores, comprender sensatamente los sucesos y transmitir sensatez a nuestros desesperados prójimos nos hace abrirle la puerta y jugar un papel protagónico a nuestra escala, pequeña, pero a la altura de las circunstancias.
Como he leído en una entrevista con Guadalupe Arbona, profesora de Literatura en la Universidad Complutense de Madrid: “me daba cuenta de que yo he necesitado hacer un trabajo de conocimiento y de estima por lo que iba descubriendo para no caer en la violencia hacia los otros o en el sentimiento de ser una víctima agraviada.”
Estos golpes de la Historia en nuestra puerta nos piden ese “trabajo de conocimiento y de estima por lo que vamos descubriendo”, para escapar de los papeles prefabricados en que se nos quiere encasillar entre la violencia y la victimización. Aprender el amor a uno mismo, la ternura hacia uno mismo, el amor al propio destino y, por lo tanto –como reflejo– la ternura hacia los demás, el amor al destino propio y de los demás y ponerlo en nuestros gestos.
7-1-2026
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