16.4 C
Merida
lunes, mayo 4, 2026

Con fundamento…Cuaresma: paciencia y anhelo

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«Prosigo mi carrera hacia la meta, para alcanzar a Cristo, por quien yo ya fui alcanzado». Filipenses 3:13

Estudiar las Sagradas Escrituras puede, y debe, tener como una de las consecuencias la admiración por la profunda simetría que preside los hechos relatados. Hay una estructura clara, y una correspondencia de finalidades comunicativas direccionadas a la fe, entre Evangelios, libros del Antiguo testamento, que hacen de la Biblia toda una hermosa y sólida construcción.

Es la impresión que dan también los tiempos litúrgicos. El Adviento se presenta como la espera, la preparación para la venida, no solamente de Jesús niño, sino su venida final; es como un tiempo de gestación, que culmina con la Natividad, en el tiempo de Navidad ya se vive la presencia infantil de Jesús, su ternura, su indefensión, su vida familiar. En la secuencia prosigue la Cuaresma y luego la Pascua, el tiempo más importante de la liturgia.

En los gestos eclesiásticos del tiempo de Cuaresma suele resaltarse el aspecto dramático de los cuarenta días en el desierto, las tentaciones, los enfrentamientos con escribas y fariseos. Las parroquias realizan el Vía Crucis semanal, el morado expresa penitencia y luto, y las homilías hablan de arrepentimiento y conversión como normas ideales de vida.

La Cuaresma, sin embargo, es -en la secuencia vital de los tiempos litúrgicos- el de Jesús adulto, el Hijo del Hombre que recorre Judea, predicando el perdón de los pecados y anunciando la llegada del Reino. La Cuaresma es el tiempo de Jesús, el Cristo que camina con nosotros, dirigiéndose hacia la culminación de su misión terrena, en el sacrificio del Gólgota.

Ese hombre de treinta y tres años, lleno de energía divina, haciendo el bien donde quiera, sabe de antemano lo que le toca hacer por la salvación de cada humano, y paso a paso camina hacia la cruz. Sabe, también, y lo anuncia, que vino a vencer la muerte para que todos la venzamos con Él, y en Él. Efectivamente, luego terminará la Cuaresma con la Pasión, desembocando en ese hecho maravilloso que celebra la Pascua: la resurrección.

Es todo un ciclo vital, perfectamente diseñado, como la Biblia entera.

Jesús nos llama a caminar con él estos cuarenta días, aunque sepamos el desenlace; en eso consiste la Cuaresma. Correr tras su presencia, aún sabiendo que nos ha alcanzado.

Así, en el camino litúrgico de cada año, esperamos la Pascua con ansia, con urgencia, aunque con la paciencia de quien sabe que lo prometido llegará, tiene que llegar.

La Cuaresma es tiempo de espera ansiosa, anhelante, en una actitud de paciencia anhelante, dentro la cual viaja la ´certeza: resucitaremos con Él, la muerte no tiene la última palabra. Es pues, una paciencia sin resignación, llena de positiva esperanza. La paciencia cuaresmal, no es pasiva; es activa, se mueve: adentro, nuestro corazón corre para alcanzar a quien lo espera con certeza.

Y nosotros vivimos nuestra “cuaresma histórica”, donde todo pareciera estar igual, pero por dentro todo fluye. Impacientes, gruñendo como si, de partida, nos hubieran engañado con la promesa de un gran cambio, que no puede darse de un tirón. Pero no hemos sido engañados, la promesa se cumple con sus propias duraciones, así reclamemos una celeridad que no puede darse.

Es un tiempo de paciencia y pretensión anhelante, al mismo tiempo.

04-03-2026

“Comunicación Continua no se hace responsable por las opiniones y conceptos emitidos por el articulista”

Fonprula
Hotel Mistafi