Con fundamento: De paradoja en paradoja; de Bolívar a los pactos petroleros

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«…Que las mujeres bonitas son como el agua bendita, que todos quieren tocar”. Copla popular llanera

Vamos a estar claros: desde que Venezuela era una Capitanía General de España y los Estados Unidos apenas consolidaban su independencia, la relación entre ambos países ha sido asimétrica, aunque muchas veces se haya presentado como cordial. Detrás de ella siempre han estado intereses, primero de las potencias europeas y después, cada vez más, de Estados Unidos.

La pretensión de mantener dividida a la América hispana, la Doctrina Monroe y la creciente influencia norteamericana en el Caribe y Sudamérica forman parte de una historia que no podemos ignorar.

Bolívar lo percibió tempranamente. El 5 de agosto de 1829 escribió su célebre advertencia: «Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad».

El Libertador había observado las posiciones de Washington durante las guerras de independencia, su actitud frente al proyecto integrador del Congreso Anfictiónico de Panamá y sus diferencias con la Gran Colombia. Para él, detrás de ciertos discursos sobre la libertad operaban intereses de poder.

Han pasado casi doscientos años y la historia parece ofrecernos otra paradoja.

Tras los acontecimientos del 3 de enero pasado y la posterior asunción de Delcy Rodríguez al frente del gobierno transitorio, Venezuela atraviesa una situación inédita. Al mismo tiempo, Estados Unidos enfrenta sus propios intereses políticos y económicos, mientras la tensión internacional en torno a Irán y al petróleo vuelve a colocar las reservas venezolanas en un lugar estratégico.

Y cuando el petróleo vuelve a ser importante, todos quieren tocarlo.

Ante esta realidad aparecen nuevas paradojas.

Después de años de reclamar medidas coercitivas y respaldo de la Casa Blanca, sectores de la oposición han terminado desplazados del centro de las decisiones finalmente tomadas en Washington.

Pero la paradoja no termina allí.

El liderazgo del partido de gobierno, obligado por la necesidad de estabilización y liquidez, flexibiliza su tradicional retórica antiimperialista para facilitar acuerdos de explotación de hidrocarburos con empresas estadounidenses y procurar la recuperación de la industria petrolera.

Unos pidieron la ayuda de Washington para sacar al gobierno del poder; los otros, después de llamar «imperio» durante años a Estados Unidos, aplauden ahora su capital, su tecnología y su capacidad operativa.

Asaz paradójico.

El liderazgo opositor enfrenta, por ello, un severo juicio político e histórico. Su estrategia descansó durante demasiado tiempo en la presión externa y en que una potencia extranjera pudiera resolver lo que los venezolanos no parecíamos capaces de resolver por nosotros mismos.

El problema es que, cuando se deposita la esperanza en otro país, también se termina dependiendo de sus intereses.

Y los intereses de Estados Unidos son, antes que nada, estadounidenses como es normal. El presidente de los Estados Unidos tiene la responsabilidad de defender los intereses de su país, su economía y su seguridad. Su política exterior no puede separarse de esa obligación. Y, como cualquier gobernante, también tendrá presentes los intereses políticos de su partido y sus propias posibilidades de permanecer en el poder.

Sería ingenuo esperar otra cosa.

Lo que no podemos hacer los venezolanos es identificar los intereses de Washington con los nuestros.

Por eso también merece atención lo que ha señalado Delcy Rodríguez al defender los acuerdos petroleros: Venezuela no estaría renunciando a la propiedad ni a la soberanía sobre sus recursos, sino recurriendo a capital, tecnología y capacidad operativa extranjera para recuperar una industria fundamental para el país.

La discusión, entonces, no debería reducirse a «con Estados Unidos» o «contra Estados Unidos». Ellos, simplemente, hacen lo que les conviene.

La verdadera pregunta es otra: ¿estos acuerdos permiten a Venezuela recuperar su capacidad productiva y fortalecer su autonomía, o simplemente sustituyen una dependencia por otra? Lo importante es conservar la capacidad de decidir qué se hace, cómo se hace y para quién se hace.

Ese debería ser el punto de encuentro de la Venezuela que viene.

Nuestros dirigentes —tirios y troyanos— tendrán que aprender a manejar con lucidez y sana astucia las reglas del momento histórico que nos ha tocado vivir. Si existe un tutelaje externo impuesto por las circunstancias, será necesario dirigirlo en tránsito hacia una nación capaz de autonomía, y no en un estado de nueva dependencia.

Para eso hacen falta menos egos inflados, menos consignas y menos utopías.

Hace falta política.

Política entendida como el arte de hacer posible aquello que verdaderamente sirve al país.

Al final, la soberanía no se demuestra rechazando a quien nos ofrece ayuda, ni entregándonos a quien tiene poder para ayudarnos. Se demuestra cuando somos capaces de negociar con todos sin dejar que ninguno decida por nosotros.

«Si así lo hiciereis, que Dios y la patria os lo premien; si no, que os lo demanden».

02-09-2026

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