Con fundamento: De utopías y realidades

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Desde que Tomás Moro, allá por el siglo XVI, acuñó la palabra “Utopía”, un singular atractivo se asoció con su contenido. Con ese término, que se ha hecho sinónimo de ideal, perfección futura, meta del desarrollo, se enlaza en el mundo moderno la expresión “vanguardia”. Son conceptos rebuscados que se nos han hecho cotidianos; para la mentalidad común, todavía creyente en el mito de la inevitabilidad del progreso, sus respectivos significados son sinónimo de positividad, realización histórica. Pero hagamos un poco de reflexión sobre ellos para desenterrar sus orígenes y desentrañar sus significados, para entenderlas más cabalmente.

Moro, Santo Tomás Moro, por cierto, santo patrono de la política, fue un hombre profundamente religioso a la vez que competente y leal servidor de la corona. Su desacuerdo con el giro tomado por Enrique VIII de Inglaterra le valió la prisión y seguidamente la condena a morir decapitado como traidor al rey. Pero antes tuvo tiempo de escribir y publicar una rotunda visión crítica sobre los males que veía crecer en su sociedad, haciéndolo por contraste, al describir una sociedad ideal, supuestamente florecida en la isla llamada Utopía. Pero este nombre mismo ya advertía de su inexistencia: Utopía quiere decir, en griego, “Lo que no tiene lugar”, lo que no existe en sitio alguno. Utopía no es realmente una propuesta de sociedad; es una contrapropuesta, un metafórico correctivo para la sociedad que rodeaba y desalentaba a Moro. La difusión que se le ha dado, banalizándola sin intentar entenderla, la ha recargado de pinceladas rosa, santurronería moralista, para hacerla santo y seña de algunas ideologías, especie de zanahoria que cuelga ante el hocico del viejo caballo de la historia.

Algo similar sucede con el vocablo “vanguardia”, proveniente de la terminología militar. La vanguardia o “avant garde”, es la guardia adelantada, el grupo de soldados que se anticipa al ejército para reconocimiento del terreno que va a recorrer, explora el territorio adelante. Cabalmente tiene un sentido espacial, geográfico. Su popular distorsión en la actualidad arraiga en la adaptación del marxismo realizada por Lenin en su lucha contra la Rusia de los zares. El primer fracaso del marxismo fue la incapacidad de subvertir fatalmente las sociedades capitalistas industrializadas como planteaba. La clase obrera especializada, y cada vez mejor tratada, tendió a “aburguesarse”, en lugar de optar por la revuelta comunista. En lugar de ello, Lenin fue a agitar la nación menos capitalista, el medieval Imperio Ruso; y para lograrlo sustituyó el rol de la clase obrera arrolladora, que no llegaba, con el de un puñado de intelectuales visionarios y comprometidos con el líder, capaces de avizorar el futuro que la masa adormecida e ignorante sería incapaz de percibir. Ese puñado de arrogantes, luego, persuadiría o mejor dicho, forzaría, las masas a lanzarse en pos de un proyecto que hacían ver como futuro.

Pero el futuro no es un territorio, ni una inmensidad que yazga delante de nosotros esperando ser conquistada. El futuro va construyéndose con actos y eventos, es un engaño decir que puede vaticinarse con las fulanas “leyes de la historia” deterministas. La vanguardia, con el significado leninista que mudó el término de su acepción espacial, creyó significar el futuro histórico, específicamente el forzado por un puñado de luchadores políticos de acuerdo a sus caprichos, preconceptos e intereses. Luego, el término vanguardia es adoptado por artistas y críticos que exigen un arte trasgresor, que abandone su parsimonioso avance y opte por lo acelerado, lo convulso. La idea original de vanguardia queda completamente deformada.

Una primera cosa tienen en común Utopía y vanguardia: ambas aíslan la realidad presente, como poniéndola en cuarentena, para lanzar una estrategia calculada para inmovilizar tradicionalistas y masas ignorantes, y, sobre todo, para reducir realidad y actualidad a un puesto secundario, como despreciándolas. Y una segunda cosa, como vimos, es el empobrecimiento de su contenido para manejar ambos términos displicentemente, ligeramente, ideológicamente, peligrosamente.

En la dura circunstancia que sufrimos como pueblo, vemos asombrados a los partidos sobrevivientes y sus líderes defendiendo utopías, peleándose entre vanguardias, mientras ese ansiado territorio de la historia no acaba de llegar y el enemigo continúa paseándose con toda su soberbia. Es decir, se defiende utopías y vanguardismo en una orgía de irracionalidad visceral, para provecho de los opresores, sin valorar la actualidad. Es hora de manifestar que la realidad actual es el germen de la futura, y que el pueblo con su necesidad concreta, debe ser protagonista. La historia sobreviene con y por la realidad y no a pesar de ella; y Dios la diseña, pero espera que, estudiándola y discerniéndola,  no ignorándola caprichosamente, el hombre la optimice. Es hora ya de exigir menos utopía y menos vanguardismo, es hora de exigir que el pueblo real sea tomado en cuenta.