Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
« ¡Oh, la saeta, el cantar / al Cristo de los gitanos, / siempre con sangre en las manos, / siempre por desenclavar! / ¡Cantar del pueblo andaluz, / que todas las primaveras / anda pidiendo escaleras / para subir a la cruz!»
“La Saeta”, Antonio Machado
Cuando, casi niño, encontré el poema de Machado, sentí total correspondencia con su fondo: Jesucristo como vida y no como muerte ¿Por qué nuestras culturas hispanas viven la Semana Santa obsesionadas con la Pasión y Muerte de Jesús de Nazaret, restando en cambio su importancia capital a su Resurrección?Con fatal sentido trágico, seguimos llorando su supremo sacrificio, lo cual es muy humano, pero luego muchos van a la Vigilia de Pascua solamente a recoger agua bendita y consagrar el velón.Sin duda,que Dios todopoderoso e inmortal se someta voluntariamente, por nosotros, a la muerte en la persona de su Hijo único es sobrecogedor, pero la muerte es un hecho normal en nuestra existencia. Lo indeciblemente prodigioso es que la vida vuelva, y vuelva para la eternidad, aún más sobrecogedora es la victoria sobre la muerte.La Semana Santa no tiene como único fin contemplar la Pasión y Muerte, como comentaba mi vecina de banco el Domingo de Ramos. Le corregí con embarazoindicándole que el fin de la Pasión es la Resurrección, que es la Pascua la celebración más importante del año litúrgico. Ella, persona muy devota, no conocía bien la Vigilia de Pascua, cuando la cristiandad se reúne en la oscuridad para esperar el regreso de la Luz en Cristo vivo ya para siempre.
Hoy, Miércoles Santo, cristianos del mundo entero vamos en procesión tras la imagen del Nazareno, conmovidos por Su rostro sangrante y contristado, por el peso de la cruz sobre sus hombros y por la incalculable y humillante injusticia de que está siendo víctima. Los venezolanos, tras el vertiginoso agravamiento de nuestra situación desde octubre pasado, identificándonos con esa doliente figura revestida de morado, y dirigiéndole millares de invocaciones de Su socorro, conformaremos un coro portentoso.
Hay un ruego que en especial deberíamos hacer, y es implorar la gracia de un verdadero cambio de nuestra mentalidad, un cambio, el inicio de una conversión, que sacuda a Venezuela de polo a polo. Suficiente ya de autocompasión.
Porque no basta una fe que se base en creer píamente lo increíble, no basta una religiosidad que siga a Cristo por una insólita mezcolanza de lástima y conveniencia, como a veces encontramos. Ni basta una fe que repita el cínico dicho: “A las puertas del cielo, primero yo que mis padres”. Una fe como esa no cambia al hombre ni incide en el mundo, como Cristo exige. Pidamos al Nazareno presente la consciencia de ser corresponsables de los males que aquejan a Venezuela, y por tanto seguros copartícipes, con nuestro protagonismo, de su rescate, pidamos un verdadero interés por el bien de los demás. Si vestimos de morado, como tantos, para imitar el manto de Jesús, revistámonos como Él de decidida caridad y decidida esperanza, con la certeza de que todo pasa por la cruz, pero nada acaba allí, siendo camino más bien hacia la mayor de las dichas. Una dicha que comienza en este mundo.
No más especulación aprovechando la escasez, no más ganancia de pescadores en río revuelto, no más pseudo-política basada en el resentimiento y la envidia, no más oportunismo y rapacidad en los cargos públicos, no más carencia de espíritu cívico. Sobre todo, no más pesimismo escéptico, ni individualismo abierto solamente a explotar la necesidad de los demás para ganar unos dólares y abandonar el país, o a diseminar indecisión e impotencia. Cristo no vino a morir en vano como un fracasado; vino a enseñarnos como lograr la mayor de las victorias, y el color Nazareno se torna en radiante y cálida blancura cuando unidos recorremos conscientemente todo el camino hasta destrozar la tumba y salir a hacer arder los corazones. Así Él ha prevalecido sobre la historia y sus desastres, construyendo siempre nueva civilización.
Que hoy el morado Nazareno nos inspire a mirar la realidad sin miedos y dispuestos a afrontarla constructivamente, bañados de luz para una nueva Venezuela que no vista ya de ese color, como eventualmente dejó de hacerlo Jesús, no lo olvidemos, para iluminar al mundo. En semana Santa no debe haber coartadas ni excusas para intentar de corazón apuntarnos a una mejor vida.


