Con fundamento: El Dragón Chino y el Gladiadior Croata

Por: Bernardo Moncada Cárdenas

Cuando Mérida, como gran parte de Venezuela, estaba desprovista de señal televisiva, una de las ventajas de tener familia en la capital era poder darse atracones de Televisa canal 4, Radio Caracas tv y Televisora Nacional. Entonces transmitían la Lucha Libre, espectáculo de altísima popularidad en la teleaudiencia.

Los televidentes sufrían y se enervaban hasta el infarto con las situaciones en el ring, aunque (al menos los adultos) deberían haber sabido que las violentas golpizas y las martirizadores llaves eran pantomima pura. Era además una estridente y básica alegoría de la lucha entre el bien y el mal. Había los buenos y los rudos (con su peculiar asistente, “Care’muerto, el second de los rudos”, que a menudo llevaba golpes por parte de éstos). Los rudos eran capaces de las atrocidades más exorbitantes, como esconder en la trusa una silla plegable para golpear al contrincante, sin llamar atención del réferi. Éste, en cambio, se volvía un energúmeno cuando alguno de los buenos cometía alguna infracción pequeña. La “puesta de espaldas”, con la cual un luchador sometía al otro para ser declarado ganador, esa contabilizada perezosamente si un rudo estaba perdiendo; a los buenos se les contaba con implacabilidad de cronómetro. Si el combate era de dos rudos contra dos buenos debía el espectador contar con que en algún momento ambos malvados irían indebida pero efectivamente contra uno de los buenos.

Emocionaban mucho los encuentros de un grandotote bonachón, conocido como “El Gladiador Croata” contra en regordete enmascarado llamado “El Dragón Chino”. Por pura habilidad y tamaño, el Gladiador parecía listo para despacharse al drangoncito en dos rondas. No contábamos los espectadores con la monumental y astuta maldad del chino, y mucho menos con una tal sustancia china que dispensaba generosamente sobre los ojos del Croata, cegándolo y haciéndolo entrar en crisis, en espasmos de dolor por la irritación. El árbitro se hacía el loco o profería consideradas reconvenciones contra el Dragón. El maniqueo público solía imprecar al Gladiador Croata, enfurecido por su renuencia a vengarse utilizando las mismas malas artes que el Dragón Chino. Lo asombroso era que, con todo y el aparatoso ventajismo, no siempre ganaba el Dragón Chino;  a menudo terminaba perdedor para disfrute de los cándidos telespectadores.

¿A qué viene este rapto de triviales reminiscencias en momentos tan dificultosos para nuestro país? Creo que el avisado lector se habrá dado cuenta de que toda esa historia parece una parábola de lo que hoy vemos suceder, en parte protagonizado por nosotros mismos No entendemos la dinámica del proceder en ninguno de los dos bandos, y mucho menos la del bando de quienes se declaran  defensores de la democracia y la legalidad, vamos del odio a los rudos hacia la saña contra los buenos.

Olvidamos además que, aunque el Gladiador Croata encarne una rectitud no exenta de fuerza y habilidad para defenderse, no es perfecto ni omnipotente, que cede a veces ante el cansancio o la desmoralización y, sobre todo, que esta no es la farsa televisada sino la compleja realidad en la que no hay sogas que nos separen del cuadrilátero. No somos espectadores que solamente aplauden, maldicen y opinan; gran parte del show fue creado con los votos de muchos de nosotros y continúa por nuestra obstinación en ceder a pasiones viscerales, como la que llevaron un día a votar por “lo rudos” cuyas maldades hoy nos mortifican. Por ello es también responsabilidad nuestra dejar la cómoda poltrona, apagar la tv y mantener una decisiva y consciente participación.

 

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