Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
Venezuela no cayó de la noche a la mañana: fue narrando su propio desastre… y terminó creyéndolo. A inicios de los noventa, mientras millones seguían religiosamente “Por estas calles”, el país consumía algo más que entretenimiento: absorbía una visión donde la corrupción era regla, la decencia excepción y la ruptura del orden parecía, para muchos, una forma de justicia. Lo inquietante no es que esa historia se contara, sino que tantos quisieran hacerla realidad.
Entre 1992 y 1994, Venezuela se vio reflejada —y en cierto modo anticipada— en la telenovela Por estas calles. Parte de una generación de culebrones más ambiciosos en lo intelectual, escritos por jóvenes literatos que incursionaron en la televisión, la serie retrató crudamente una sociedad donde el dinero comenzaba a imponerse como valor supremo, desplazando principios como la vida, la ley y el orden.
Al igual que su contraparte brasileña Vale todo, la historia presentaba un mundo donde la honestidad parecía una desventaja. Los personajes íntegros luchaban por sostener ideales, afectos y verdad en medio de una realidad dominada por corruptos, oportunistas y políticos sin escrúpulos. El título, tomado de la conocida canción de Yordano, no era casual: evocaba una cotidianidad marcada por el desencanto. Había una intención clara de denuncia, así como una aspiración —quizás ingenua— de provocar cambios.
Ese momento coincidió con el reacomodo global tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. En ese nuevo orden, los medios y grandes intereses consolidaron narrativas moralizantes que, en ocasiones, derivaron en campañas implacables contra figuras políticas de peso internacional. Venezuela no fue ajena a ese clima. El regreso de Carlos Andrés Pérez al poder en 1989, y su posterior deposición, ocurrieron en medio de expectativas elevadas, pero también de emociones y bajas pasiones desbordadas.
Eventos como el “Caracazo” de 1989, la irrupción de los llamados “Notables” en la vida pública y manifestaciones simbólicas como la “Marcha de los pendejos” contribuyeron a un ambiente de descontento que desembocó en los intentos de golpe de Estado de 1992. Para entonces, una parte importante de la opinión pública —moldeada por discursos mediáticos intensos— llegó incluso a celebrar la ruptura institucional. El desenlace de aquel proceso es conocido y sus consecuencias siguen marcando al país.
Tres décadas después, la lección parece incompleta. Persiste la tentación de buscar soluciones ejemplarizantes, casi redentoras, mientras se descalifica a quienes no encajan en moldes ideológicos rígidos o en estándares de pureza política. Desde las élites dirigentes hasta la conversación cotidiana, se repite un patrón: es más cómodo sostener una opinión prefabricada que enfrentar la complejidad real de los problemas.
La discusión pública, amplificada por redes sociales y medios, muchas veces se desconecta de prioridades urgentes como la superación de la pobreza. En su lugar, predominan posturas inflexibles que dificultan cualquier aproximación pragmática a la crisis. Paradójicamente, quienes moldean la opinión no siempre escapan de la misma lógica que critican: su moralismo puede ser tan volátil como el de aquellos a quienes intentan guiar.
La historia ofrece ejemplos elocuentes. En 1990, la carta de los “Notables” reunió a figuras de enorme prestigio intelectual y moral. Sin embargo, el paso del tiempo mostró que incluso iniciativas mejor intencionadas pueden ser instrumentalizadas o desviadas hacia fines imprevistos. La advertencia no es menor: buenas intenciones no garantizan buenos resultados.
G.K. Chesterton advertía que el problema de la modernidad no es solo que los vicios anden sueltos, sino que también lo hacen las virtudes, desarticuladas entre sí. Cuando se aíslan, se deforman: la búsqueda de la justicia puede volverse despiadada; la piedad, hipócrita. Esa reflexión parece especialmente pertinente para entender la dinámica venezolana, donde principios legítimos, llevados al extremo o separados del contexto, terminan contribuyendo al caos.
En una discusión reciente, un amigo afirmaba con frustración que al venezolano “le han faltado agallas”. La respuesta quizás sea más incómoda: el problema no ha sido la falta de coraje, sino su desbalance. Decisiones impulsivas, sin el contrapeso de la razón ni la guía de la empatía, han pesado más de una vez en nuestra historia reciente.
Tal vez la tarea pendiente no sea encontrar héroes ni repetir consignas, sino reconstruir un equilibrio. Coraje, sí, pero acompañado de sensatez y de un sentido ético que no se limite a la indignación. Porque cuando se pierde la armonía entre esos elementos, incluso las mejores causas pueden extraviarse.
Y como ya se ha demostrado, recuperar el rumbo no depende de gestos grandilocuentes, sino de la difícil —y menos vistosa— labor de pensar con frialdad, actuar con responsabilidad y evitar, una vez más, botar al niño junto con el agua de la bañera.
06-05-2026
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