Con fundamento: El pescador camina de nuevo: a propósito de León XIV

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Aún resuenan en los aires de Madrid, Barcelona y La Laguna, las exclamaciones entusiastas, las oraciones, los aplausos y las repentinas inhalaciones de asombro, suscitadas por el impacto de León XIV en España; resuena también el insólito silencio que unió a millones de muchachos necesitados de verdadera paz, de espacio suficiente para sus vitales inquietudes e interrogantes.

En un mundo donde el escepticismo se presenta como signo de inteligencia, donde el relativismo moral se ha convertido en una especie de credo civil y donde buena parte de los grandes medios insiste en transmitir la idea de que Dios ha desaparecido —o de que sería mejor vivir como si no existiera—, el impacto provocado por el nuevo pontífice resulta difícil de ignorar.

Antes había ocurrido en África. Angola, Camerún y Argelia experimentaron un fenómeno semejante: multitudes atraídas por un hombre cuya principal novedad consiste, paradójicamente, en su fe, en vivir aquello que la Iglesia siempre ha enseñado.

Quizá por ello resulta tan certera la observación de un comentarista del diario español El Debate al referirse a la biografía León XIV, Ciudadano del mundo. Misionero del siglo XXI, de Elise Ann Allen. Con cierta ironía señala que, aunque parece una afirmación obvia tratándose de un Papa, lo especial en Robert Prevost es ser un hombre que cree en Dios, en Jesucristo como Hijo de Dios encarnado y redentor de la humanidad, lo cual no es usual en tiempos de confusión doctrinal y expectativas ideológicas.

La elección del cardenal Prevost como sucesor número 267 de Pedro ha descolocado tanto a adversarios externos de la Iglesia como a algunos sectores internos que esperaban otra dirección. Su figura no encaja fácilmente en los esquemas con los que durante años se ha intentado, eficazmente, caricaturizar al catolicismo.

Su aparición trae inevitablemente a la memoria una célebre novela de Morris West, publicada en 1963: Las sandalias del pescador. En ella, el arzobispo ucraniano Kiril Lakota, liberado tras diecisiete años en un gulag soviético, es elegido inesperadamente Papa. Marcado por el sufrimiento y la fidelidad a su fe, hereda un mundo al borde de la catástrofe nuclear y de grandes crisis humanitarias.

Lakota comprende que el papado no puede reducirse a la administración de una institución. Debe ser una fuerza moral al servicio de la humanidad. Y actúa en consecuencia, enfrentándose tanto a los poderes del mundo como a resistencias dentro de la propia estructura eclesial.

No estamos ante una obra profética ni corresponde establecer paralelismos mecánicos entre ficción y realidad. Sin embargo, existe una coincidencia sugestiva: tanto el Papa imaginado por West como León XIV parecen comprender radicalmente que la autoridad espiritual sólo tiene sentido cuando se ejerce como seguimiento a Cristo y servicio.

Quizá por eso el nuevo pontífice despierta tanta atención. No se presenta como un líder político ni como una celebridad religiosa. Habla, más bien, de una esperanza que el mundo moderno considera incómoda. En Camerún afirmó que «Dios es novedad» y que hace posible construir el bien incluso frente al mal. En Barcelona recordó a los jóvenes que la inquietud humana es un don, porque estamos hechos para el infinito y ningún horizonte limitado puede satisfacer plenamente el corazón.

Ese mensaje constituye una amenaza para una cultura que prospera alimentando la desesperanza, el cinismo o la superficialidad. También resulta incómodo para quienes obtienen poder promoviendo la fragmentación, la sospecha y la pérdida de confianza en toda verdad trascendente.

León XIV combina una fe explícitamente cristiana con un notable sentido práctico para relacionarse con el mundo contemporáneo. Precisamente por eso representa un reto mayor del que muchos imaginan. No porque aspire a dominar el mundo, sino porque recuerda que el ser humano está llamado a algo más grande que el consumo, la ideología o el éxito inmediato.

La popularidad puede convertirse fácilmente en poder. Pero la fe recuerda que solamente uno es el omnipotente, y el poder auténtico se manifiesta en el servicio. Ahí reside la verdadera fuerza del sucesor de Pedro y también la responsabilidad de quienes se reconocen en su mensaje.

Por eso la respuesta no debe limitarse a la admiración o al entusiasmo pasajero. León XIV necesita ser acompañado, ante todo, por la oración, como también por hombres y mujeres dispuestos a asumir la tarea que él mismo propone: no resignarse al mal, construir el bien y contribuir a formar una humanidad renovada formando parte, desde ahora, de ella.

Las sandalias del pescador siguen siendo humildes. Pero quien hoy las lleva se arriesga a caminar contracorriente, a ser germen de una visión excepcional. Y quizá esa sea precisamente la razón por la que tantos lo escuchamos.

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17-06-2026