Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
Swing. (Voz ingl.) En algunos deportes, como el golf, el béisbol o el tenis, movimiento de balanceo de uno o los dos brazos y el cuerpo para golpear la pelota con fuerza y precisión. Así lo define la Real Academia Española.
Uno de los primeros impactos que experimenté con la elección que elevó a Robert Francis Prevost a la dignidad del Papado fue descubrir que, por primera vez en mi vida, tenía un pontífice de menor edad que yo.
No fue lo único, desde luego. Y tuvo para mí un inmediato efecto simpático: el nuevo Papa, además de compartir mi fe, tenía aficiones que me resultaban cercanas. Su gusto por el tenis —único deporte que he practicado con alguna asiduidad— y su afición por la música despertaron inmediatamente mi simpatía. Se habla de su agrado por géneros populares y por la música latinoamericana, pero también de su insistencia en que la música litúrgica no es simple acompañamiento, sino parte de la oración y camino para elevar el alma ¡Más de acuerdo, imposible!
Pero, además de hablar aquí de tenis ni de música, quiero hablar de swing.
Porque la palabra tiene otro sentido, más coloquial: cierta gracia, estilo o soltura al moverse y actuar. Y es precisamente esa impresión la que me interesa después de observar el desempeño de León XIV durante este primer tramo de su pontificado.
No es irrespeto hablar del swing de León.
Los papas modernos nos acostumbraron a una Iglesia que sale al encuentro del mundo. Juan Pablo II convirtió los viajes apostólicos en una de las imágenes características de su pontificado. Benedicto XVI mostró otro modo de viajar: más intelectual, sereno y discursivo. Francisco hizo de sus desplazamientos una prolongación de su cercanía pastoral, con especial atención a las periferias geográficas y humanas.
León XIV parece recoger algo de todos ellos, pero con un movimiento propio.
No se trata solamente de la cantidad de viajes (en poco más de un año ha pasado por geografías muy distintas, en 2026, su agenda internacional lo ha llevado a África, España y ahora Francia, además de numerosos desplazamientos dentro de Italia). En España, por ejemplo, estuvo en Madrid, Barcelona y las islas Canarias. En Barcelona celebró la Eucaristía en la Sagrada Familia y bendijo la torre de Jesucristo, en una escena que reunía arquitectura, arte, fe, ciudad y multitud.
Su encuentro madrileño, dedicado precisamente a “construir redes con el mundo de la cultura, el arte, la economía y el deporte”, demostró que su perfil y palabra han logrado una atracción entre los jóvenes que continúa y supera a sus antecesores, con un savoir faire irresistible. Es su swing.
Sin abandonar su condición de Papa, sin acercarse al mundo, León hace que el mundo se acerque a él. Puede hablar de deporte con deportistas, de cultura con artistas, de arquitectura ante la obra de Gaudí, de música con músicos y de fe con creyentes. Sin posar de especialista de cada asunto, parece dispuesto a reconocer en cada realidad humana una puerta de entrada al encuentro con Cristo.
Eso también explica, quizá, la simpatía que me produce.
Mi “mi” no pretende ser posesivo. León XIV no es mi Pontífice porque los anteriores no lo hayan sido. Desde su elección es el sucesor de Pedro y, por tanto, el Papa de la Iglesia a la que pertenezco. Lo fueron Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. Cada uno, con su personalidad, su época y sus circunstancias, dejó una huella particular en quienes los vivimos. A León XIV me toca vivirlo ahora.
Este Papa contemporáneo que juega tenis, que aprecia la música, que se mueve entusiasta por el mundo y que, al menos hasta ahora, parece desenvolverse con una naturalidad que no necesita teatralidad, tiene “swing”.
En el tenis, un buen swing no consiste en golpear fuertemente la pelota. Hay equilibrio, coordinación, oportunidad y seguimiento del movimiento. La fuerza sola no basta. También hace falta saber dónde colocar esa pequeña esfera.
Algo semejante podría esperarse de quien lleva sobre sus hombros la responsabilidad de una Iglesia universal: no solamente fuerza, sino equilibrio, coordinación, pertinencia; no solamente velocidad, sino dirección, especialmente en los gestos y discursos ante los poderosos.
Me atrevo, entonces, a escribir la expresión: mi Pontífice. No para apropiármelo, sino para reconocer que también los papas —aun siendo figuras universales— entran en la historia personal de cada creyente.
Y este, por ser más joven que quien escribe, por el tenis, por música, fervor, y por ese modo suyo de moverse por el mundo, ha conseguido algo que no había experimentado con ninguno de sus predecesores:
por primera vez, siento que mi Pontífice tiene swing.
30-09-2026
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