Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida» [V. de Moraes]. Reiteradas veces he invitado a desarrollar una cultura del encuentro, que vaya más allá de las dialécticas que nos enfrentan. Es un estilo de vida tendiente a conformar ese poliedro que tiene muchas facetas, muchísimos lados, pero todos formando una unidad cargada de matices, ya que «el todo es superior a la parte». El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Papa Francisco, Fratelli Tutti
Para nosotros los venezolanos, El Poliedro es un sitio donde caben muchos. Significativo; no solamente es el sólido donde muchas caras o facetas conforman una sola figura, sino que en Venezuela “Suena a poliedro” significa “son muchas personas”.
Lo que el Papa, en su última encíclica, llama “cultura del encuentro”, significa, como cultura: «algo que ha penetrado en el pueblo, en sus convicciones más entrañables y en su estilo de vida. Si hablamos de una “cultura” en el pueblo, eso es más que una idea o una abstracción. Incluye las ganas, el entusiasmo y finalmente una forma de vivir que caracteriza a ese conjunto humano.» La necesidad señalada por Francisco de cultivar esas ganas, ese entusiasmo, en relación con tender puentes, buscar y encontrar al otro, enriquecer nuestra humanidad con sus aportes y sus diferencias, pone al descubierto la actual difusión de una cultura del desencuentro, del desamor, de la indiferencia, que destruye la posibilidad misma de una vida en ciudad, de una civilidad, de esa ciudadanía que se inculca desde la armonía de la vida familiar y es indispensable para la vida en la urbe, para esa básica esfera política que es nuestra vida en común.
Una cultura del encuentro, lo que también es denominado “amistad social”, no puede limitarse a una capacidad de mutuo respeto por parte de los líderes, aunque su ejemplo sea un ingrediente clave para desarrollarla en el pueblo. Tenemos motivos para andar enfurruñados en casa o calle, pero esa preocupación, ese profundo disgusto que nos acosa desde dentro no puede tomar el control de nuestra vida, so pena de acabar no solamente con nuestra propia existencia, sino de transformarnos en armas para acabar con la de los demás.
Se plantea entonces un tema urgente de educación, de la cual puede ser abanderada la sociedad civil organizada, al igual que la Iglesia y los cristianos en general. Sólo una verdadera educación, que haga aflorar lo mejor de la persona y a la vez la capacite para el encuentro con los otros y el servicio al verdadero bien común (no al Estado, ni a una ideología aunque tenga rostro de religión), puede salvar al mundo de la terrible auto-aniquilación a la que parece encaminarse. Porque “aniquilar” no significa exterminar, significa anular, reducirnos a la nada haciéndonos, por ende, totalmente manejables y explotables. Por ello, educarnos en lo que la Fratelli Tutti promueve, es vital. Nadie –lo hemos visto claramente en esta pandemia- se salva solo.
Y hay que educarnos en mirar la realidad sin falsos consuelos. Recobrar la capacidad de encontrarnos no significa volver a un momento anterior a los conflictos. Con el tiempo todos hemos cambiado. El dolor y los enfrentamientos nos han transformado…, ya no hay lugar para diplomacias vacías, para disimulos, para dobles discursos, para ocultamientos, para buenos modales que esconden la realidad. Para esta exigente tarea es necesario mirar juntos, pensar juntos, actuar juntos, si bien respetando –como la encíclica recalca- el valor, la dignidad, el derecho, de cada ser creado por Dios.
En esta publicación, el Papa hace prácticamente un barrido que incluye en su “poliedro” la totalidad de los niveles de la comunidad humana: desde las altas dirigencias hasta el más humilde individuo. No es un manual para líderes, para formadores de opinión, ni para candidatos a altos cargos. Como buen seguidor de Cristo, se dirige a todos, con angustia guardada en la tersura de su manera de redactar. Especialmente a los menos favorecidos, quienes cayendo en la trampa de la disgregación y la incapacidad para el encuentro, perderían lo poco y esencial que tienen: la mutua ayuda, la afabilidad, la solidaridad que hasta ahora mantienen, alimentada por la adversidad de su condición. No se trata de un discurso idealista, antes bien propone un programa completo para rescate de la humanidad, inspirado por el Evangelio si bien formulado con apertura a todos sin distinción.
Pongamos atención a la propuesta, para que conformemos un bello poliedro y, como se dice aquí, “sonemos a poliedro”.



