Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«Educar para la comprensión humana es una misión espiritual. Enseñar la comprensión entre las personas es condición y garantía de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad.» Edgar Morin
Una de mis grandes aprensiones juveniles era contagiarme, al envejecer, de esa actitud de desconfianza hipercrítica que tantos adultos muestran hacia los jóvenes. Una postura que casi siempre nace de la falta de interés por comprender una realidad que se prejuzga hostil o caprichosa. Cuando un veterano empezaba a sentenciar: “¡Chico, esos muchachos de ahora…!”, yo ya sabía que venía una lista interminable de descalificaciones.
Por fortuna, la providencia me dio padres abiertos y nada ofensivos. De otro modo, convivir con siete hijos entrando en fila a la adolescencia habría convertido mi hogar en un campo de batalla. Y es que yo mismo no fui un adolescente tranquilo: entre mi cabellera, la escena rockera local, mi actividad política de izquierdas y mi gusto por compartir una cerveza o un vino con mi padre, los más tradicionales me imaginaban un sociópata. Pero solo era un joven rebelde en una etapa existencialmente compleja.
El veredicto popular sobre los estudiantes de secundaria o universitarios suele estar preñado de prejuicios inconscientes. Empezando por la confusión lingüística: «adolescencia» no viene de adolecer (carecer), sino de adolescere, que significa crecer y formarse.
Atribuirles una sarta de defectos es, a menudo, el pretexto de los adultos para eludir su responsabilidad educativa. Para educar de verdad se necesitan cuatro pilares:
- Transmitir con empatía: Tender puentes de comunicación inteligente y jovial.
- Testimoniar con la práctica: Ofrecer ejemplos que reflejen una verdadera herencia cultural, no un tradicionalismo ciego. Ser, antes que decir.
- Recordar el propio pasado: Ponernos en su lugar y recordar con afecto nuestras propias «trastadas» en la montaña rusa de nuestra juventud.
- Pedir, orar, por ellos: Sea cual sea nuestra fe, con la confianza de que somos escuchados
He vivido la certeza de estas ideas como padre, abuelo y tío; pero ha sido mi reciente experiencia en la docencia universitaria la que ha dado un vuelco definitivo a mi vida. Siendo ya un profesor jubilado, decidí aceptar el reto de volver a impartir cursos a los nuevos bachilleres que ingresan a la facultad.
«¡Estás loco! ¿Qué necesidad tienes de meterte en ese brollo? Los estudiantes de hoy no son como los que tuviste cuando estabas activo», me advirtieron algunos colegas.
Hoy puedo decir que mis estudiantes han desmentido rotundamente ese pronóstico. Frente a las tentaciones del entretenimiento ocioso y el relativismo ético —contextos que ellos no crearon, por cierto—, he encontrado un grupo de jóvenes proactivos y profundamente responsables. La relación de respetuosa amistad con estas almas ansiosas de aprender, atentas y batalladoras, me llena de una renovada voluntad. Cualquier pequeño incumplimiento o defecto palidece ante la magnitud de sus cualidades y el cariño que demuestran.
Nuestra juventud mantiene una reserva moral muy superior a lo que la sociedad cree. Lo demuestran los chicos que, creciendo en ambientes de propaganda deformante, y desesperanza viralizada, confrontan sus dificultades para hacer valer principios justos y derecho a un futuro.
Todavía escucho en los pasillos de la facultad la queja de que «los muchachos no son como hace veinte años». Y tienen toda la razón: gracias a Dios no lo son, porque el mundo que les espera afuera es mucho más arduo y complejo que el que nos tocó a nosotros, y necesitan otras herramientas para afrontarlo.
Y el corazón humano sigue siendo grande y anhelando la grandeza a través de los tiempos. Mi total gratitud, jóvenes amigos, por confirmar mi esperanza en las aulas día tras día. Ustedes serán los arquitectos del mañana, que no es poco. Cuenten siempre con un futuro, y cuenten, desde ya, con mi cordial admiración.
03-06-2026
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