Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
“Si has perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti se presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de Resucitado el Señor te exhorta: «Joven, a ti te digo, ¡levántate!» (Lc 7,14).” Papa Francisco
Se discute si esta situación de precauciones extremadas, y peligro latente a escala mundial, está abriendo camino a un empeoramiento o un mejoramiento de las relaciones entre nosotros. Por una parte se exalta la solidaridad abnegada del personal de salud, entregados al bien de los otros hasta poner en peligro su vida, así como la apertura del fascinante mundo de las redes a muchos que hoy se ven obligados a usarlas; por otra, se denuncia el crecimiento del egoísmo y el aislamiento en el forzado confinamiento, el recelo del contacto humano, y la reducción de nuestra interacción al ámbito de la virtualidad tecnificada.
En Venezuela, parece ocioso repetirlo, las fatigas fruto de la pandemia han sólo empeorado la crisis galopante que aqueja al pueblo, que se debate entre el peligro de sucumbir por falta de trabajo e ingresos o de caer contagiados con el temido virus. Gran parte de las víctimas ya cuantiosas son médicos y personal de enfermería, en un sistema de salud que desde hace años puede llamarse más bien sistema de insalubridad. Entre todas las víctimas de esta abrupta interrupción de la vida pública toca referirnos a las instituciones educacionales, más que todo a las universidades.
La universidad privada goza aún de relativa superioridad en cuanto a la remuneración de quien en ella labora, y puede financiar cierto nivel de mantenimiento en las instalaciones. Las universidades nacionales o autónomas, en cambio, han caído víctimas del empobrecimiento y la apatía. Solitarias facultades, laboratorios y oficinas están prácticamente abandonados, lo que ha permitido la acción de un hampa cuidadosamente enfocada en destruir los campus, sufriendo además el deterioro de valiosas construcciones. Escandalosos han sido los casos de la biblioteca de la Universidad de Oriente, incendiada, y el hundimiento de la emblemática cubierta de los pasillos en la Universidad Central de Venezuela.
Las mayores y más importantes casas de estudios superiores se han despoblado, y la gestión administrativa de bienes y del escasísimo presupuesto naufraga, salvo en honrosos casos de lo que podemos llamar “heroísmo gerencial”, en el manoseado “no se puede”. Las colectividades universitarias poco se hacen sentir, en verdadera depresión gremial, o se obsesionan con el tortuoso devenir de la política nacional.
En este oscuro panorama, grupos de universitarios en Mérida –estudiantes, obreros, administrativos, profesores, autoridades…- resisten a la desesperanza y la desidia, en una rebelión profunda. De allí ha salido la iniciativa de organizarse para enfrentar los aparentemente insalvables conjuntos de jardines, pasillos, salones, en esfuerzo conjunto bajo el distintivo “@GraciasULA”. Al llamado responden también organismos oficiales del gobierno regional, conminado por el inesperado entusiasmo universitario. Las imágenes de recientes y fatigosas intervenciones, y sus excelentes resultados, resultan increíbles, como resulta el acontecimiento de lo que nos urge, cuando hemos perdido toda expectativa. Asombran porque son verdad, demuestran que sí se puede.
Una total transversalidad movida por la consciencia del bien que significa la Universidad de Los Andes para todos, sin diferencias de cargos, militancias, responsabilidades universitarias o no, actuó en las áreas enmontadas de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, abriendo espacios de orden y limpieza, donde ya la selva había tomado posesión de manera irremediable, como dando ejemplo al entrampado caos político que aparece impotente ante la debacle del país. Aquí está actuando la unidad que tanto se promete y tan poco se practica.
La unidad más consistente es la que comienza así, desde abajo. Cuando el objetivo es el bien de los que nos encontramos codo a codo, en la realidad que duele y apremia, apreciamos el aporte del prójimo y ponemos a la orden lo que también nosotros podemos dar. Es el comienzo de la verdadera política. Y se ha dado en nuestra “Serrana altiva… donde el sudor es sangre y el corazón no gime”, como dice nuestro bello himno universitario. La ULA congrega sin distingos, cómo quiere y debe ser. Y Mérida responde con el lema de su escudo: “No puede esconderse la ciudad puesta en la cima de la montaña”. ¡Viva la ULA y viva Mérida!


