Con fundamento: Indeseado patrimonio

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Mérida es, como otras ciudades de lo que en Caracas llaman “el interior”, reserva de patrimonio arquitectónico y urbanístico de Venezuela. Se debe en gran parte a que la capacidad de inversión inmobiliaria, y la voracidad de los desarrolladores, suelen ser menores. El resultado es un encanto que los visitantes disfrutan en sus calles, especialmente en los últimos tiempos. Casonas familiares han sobrevivido al deterioro revalorizadas para uso comercial, barrios tradicionales se mantienen con ese carácter amigable, acogedor, resultante de una historia familiar y cultural que se expresa en la fachada de modestas viviendas y ofrece ambientaciones que llaman la atención al capitalino, saturado de ruidos y cemento.

Recordamos que Juan Pedro Posani, arquitecto y crítico, destacado profesor de arquitectura en la UCV, quien ya no se encuentra en esta vida, decía “en Venezuela ya no deberíamos demoler nada; casi todo ya ha sido hecho desaparecer”. No lo decía por fanatismo conservacionista, defendía un valor que todos disfrutamos y pocos percibimos. Defendía ese repositorio documental al aire libre que es el patrimonio construido en la ciudad, el ambiente que nos habla de identidad, de pertenencia, de ciudadanía, la cultura de un pueblo. Es una posesión común, un bien poseído entre todos, que, independientemente de nuestro poder adquisitivo o nivel educativo, nos contenta y reconcilia con el ambiente. No en balde lo llamamos “patrimonio”, como se llama el conjunto de muchos o pocos valores de que uno dispone.

Pero la defensa de este patrimonio, lejos de ser un deseo compartido, un empeño aplaudido por todos, tiene sus oponentes y en muchos casos es incomprendida y rechazada. En parte  por dar a inmuebles y espacios un sentido público que no agrada al individualismo egoísta del que muchos padecen; en parte por obstaculizar que se le destruya en aras  de explotar el valor del suelo urbano:

¿Qué mano avara cortaría

El limonero del Señor?”,

pregunta lastimero el poema de Andrés Eloy Blanco. Es fácil ver el abandono que llama a la picota implacable en muchas áreas de la ciudad. En Caracas, por ejemplo, el conjunto urbano de Campo Alegre, donde el ingenio y capacidad arquitectónica de Manuel Mujica Millán dejaron para la posteridad la bien lograda armonía de casonas tradicionales con las más logradas muestras del “Estilo internacional”, emblema de la modernidad en el siglo pasado, evidencia ese riesgo.

También en nuestra Mérida, bendecida con significativas obras de Mujica, puede suceder, si no asumimos una visión generosa y amplia hacia el aporte que este arquitecto dejó, enamorado de la ciudad serrana. Por fortuna, algunas de sus casas han sido adoptadas por instituciones que saben valorarlas y enaltecer sus cualidades, como es el caso de una conocida librería, construida para Dr Pablo Celis. Otras se han visto cuidadosamente adaptadas a uso comercial, como la que fue vivienda del rector Pedro Guerra Fonseca.

De las obras de este arquitecto, quedan pocas y requieren un tratamiento adecuado. Por ejemplo, aplaudimos la cuidadosa renovación de la construida para el Doctor Humberto Nucete, luego propiedad del Doctor Sette, en la añeja urbanización El Encanto.  La inversión, indudablemente cuantiosa, puede solamente ser erogada por organismos que dispongan del presupuesto y valoren justamente la riqueza patrimonial del inmueble, para uso de difusión cultural.

Debería esta obra declararse bien patrimonial sin mucha discusión, respaldando el plan de uso propuesto. Habrá quienes prefieran demolerla y construir un edificio que produzca jugosas ganancias. Cosas de la codicia humana, que ve todo patrimonio como indeseado, a menos que se trate de cuentas en bancos extranjeros.

18-4-2023