Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«El mundo moderno está dividido entre progresistas y conservadores: los progresistas se dedican a cometer errores y los conservadores a impedir que esos errores se corrijan» G.K. Chesterton
En 1943, el polifacético genio uruguayo Joaquín Torres García presentó un sencillo dibujo a tinta titulado “América invertida”. Desafiando las convencionales cartografías, el continente suramericano aparece con el vértice sur hacia arriba.
“Nuestro norte es el sur” Torres-García había anunciado con orgullo en El Manifiesto de la Escuela del Sur (1935), texto en el cual enunciaba sus ideas sobre la dirección del arte uruguayo y, de hecho, latinoamericano, en su totalidad. El creador retornaba a su patria después de unos 40 años de exitosa, pero insatisfactoria, trayectoria artística en Europa y Estados Unidos.
Su postura desafiaba así la generalidad del marco de referencia que constreñía el arte de su tiempo a tomar partido, según las visiones políticas e ideológicas que posaban como heraldos del futuro en el poderoso norte. Su “Universalismo constructivo” se deslindaba del cubismo, el constructivismo, el cubismo, y otras beligerantes corrientes globales, para reivindicar la riqueza iconográfica de las culturas indígenas de su continente.
Fue muy criticado en su propio medio, donde para legitimar el arte era forzoso militar en el llamado socialismo de izquierdas, esgrimir el arte como instrumento de activismo social. Torres García despreciaba esas posiciones, sosteniendo un peculiar lenguaje estético-sígnico, cercano al abstraccionismo, pero basado en ideogramas y símbolos nacidos en las antiguas culturas sudamericanas, con fuerte sentido de identidad. De así la icónica imagen del continente suramericano que sintetizaba su propuesta.
Se le acusó de no estar “comprometido”, cuando su compromiso efectivamente lo implicaba en algo mucho más radical.
Invirtiendo la canónica representación cartográfica América Latina, una verdad quedaba representada: los puntos cardinales no tienen verticalidad; en su horizontalidad nada significan las palabras “arriba” o “abajo”, tampoco -por ende- hay superioridad o inferioridad en los hemisferios.
Son meros convencionalismos, como lo son, en la política, la derecha y la izquierda.
Los términos «izquierda» y «derecha» en política nacieron de manera fortuita durante la Revolución Francesa (1789). En la Asamblea Nacional, los partidarios del rey Luis XVI (conservadores que defendían la monarquía, la tradición, y la Francia cristiana) se sentaban a la derecha, mientras que los revolucionarios (anticlericales defensores del cambio, la república y la igualación social) se sentaban a la izquierda.
Estas denominaciones, surgidas hace 237 años, hoy se empeñan en definir centenares de credos ideológicos, líneas estratégicas, amalgamas de valores, y enfoques políticos que buscan el poder.
Desde entonces, el mundo ha cambiado más veces de las que aquellos diputados franceses habrían podido imaginar. Monarquías constitucionales, repúblicas, fascismos, comunismos capitalistas, democracias liberales, populismos, economías globalizadas, revoluciones tecnológicas y redes digitales han transformado radicalmente la realidad política. Sin embargo, seguimos intentando comprenderla con una brújula conceptual fabricada para otro tiempo.
Como en el mapa de Torres García, la ilusión de que existe un “arriba” y un “abajo” persiste porque nos hemos acostumbrado a ella. Pero los puntos cardinales no poseen jerarquía natural; la derecha y la izquierda tampoco. Son convenciones históricas que, de tanto repetirse, han terminado pareciendo leyes de la naturaleza. Más que explicar la realidad, hoy suelen simplificarla, deformarla y dividirla.
Basta observar el panorama contemporáneo. Gobiernos que se proclaman de izquierda aplican políticas económicas que ayer habrían sido calificadas de derechistas; movimientos considerados conservadores defienden causas sociales antes asociadas a la izquierda; partidos de ambos signos comparten métodos populistas, prácticas clientelares o tendencias autoritarias. Las viejas etiquetas sobreviven, pero cada vez definen menos.
Su persistencia resulta dañina porque sustituye el juicio por la adscripción tribal. Antes de examinar una idea, nos preguntamos si es de izquierdas o de derechas; antes de valorar una propuesta, buscamos en qué casillero ubicarla. El debate político se convierte así en una disputa de identidades más que en una deliberación sobre el bien común.
Parece haber llegado el momento de evaluar nuestro mapa político. No para reemplazar una ortodoxia por otra, sino para reconocer que las categorías heredadas ya no bastan para orientarnos. Los desafíos de nuestro tiempo —la pobreza, la opresión, el dominio de la tecnología, la migración, la sostenibilidad, la dignidad humana— exigen preguntas más profundas que una mera ubicación en los bancos de una asamblea de 1789.
Como entendió Torres García, la verdadera emancipación comienza cuando nos atrevemos a cuestionar esos marcos de referencia. Tal vez el problema no sea decidir si estamos a la izquierda o a la derecha, sino recordar que el horizonte político, como el geográfico, no tiene ni arriba ni abajo y su dirección más justa es hacia el bien común.
24-06-2026
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