Con fundamento: La alegría como método: enseñar en tiempos de negatividad

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«Toda la cuestión educativa está contenida en la comunicación del sentimiento de la grandeza y positividad de la vida.» — Franco Nembrini

En días recientes, durante mi convalecencia, surgió una conversación inesperada. Una enfermera —bien formada y profesora en la facultad de medicina— se detuvo más allá de su turno para plantear una inquietud extendida: ¿cómo enseñar a estudiantes desmotivados, distraídos, aparentemente impermeables a la atención?

La pregunta no es nueva, pero hoy pesa distinto. No se trata solo de métodos o programas. Hay una atmósfera de escepticismo que invade el aula: nada sorprende, poco interesa, todo compite con la inmediatez de una pantalla.

Mi respuesta no fue técnica. Recordé a un amigo sacerdote que me hizo la misma pregunta: “¿cómo hace usted para enseñar?”. Respondí entonces —y sostengo ahora—: preparo mis clases con respeto por mis alumnos, comunico con alegría lo que enseño y rezo por ellos; lo saben. No es una técnica, es una actitud.

Mi interlocutora sonrió, escéptica: “¿y cómo logro que me presten atención?”. Tal vez la clave no sea “lograr atención”, respondí, sino recuperar el asombro.

Porque lo que enseñamos —sea anatomía, filosofía o estructuras— es extraordinario. El problema es que a menudo el docente deja de percibirlo. La rutina, la presión o el cansancio apagan la conciencia de la maravilla. Y quien ya no se sorprende, difícilmente sorprende.

La primera tarea, entonces, es interior: redescubrir el valor de lo que se sabe. Cuando el conocimiento vuelve a presentarse como algo vivo y fascinante, cambia la forma de comunicarlo. No es teatralidad, es autenticidad. La pasión no se finge: nace de la certeza de transmitir algo valioso.

Queda, sin embargo, el frente más visible: la distracción permanente. El teléfono móvil, convertido en refugio frente al tedio, compite con cualquier intento de atención. Entre la prohibición y la resignación, ambas insuficientes, se abre otra vía: la relación personal.

El estudiante no es un número. Es alguien concreto. Cuando esa relación existe, la dinámica cambia. El docente deja de hablar a un grupo y empieza a dirigirse a personas.

Así, cuando uno se pierde en la pantalla, no hay reprimenda abstracta, sino una interpelación directa: “¿qué estás viendo?”. No desde la superioridad, sino desde una complicidad honesta. Todos conocemos la tentación de escapar a las redes; también sabemos que hay momentos para cada cosa. Ese reconocimiento desactiva la confrontación y abre paso a la responsabilidad.

Y la mayoría responde. No por imposición, sino porque se siente mirada. Y ser mirado es ser reconocido. En ese reconocimiento se juega gran parte de la posibilidad educativa.

Coincido con la intuición de Nembrini: educar es comunicar un sentido positivo de la vida. No se trata de negar las dificultades, sino de afirmar que la realidad es digna de ser conocida y vivida. Un niño que crece en un ambiente donde la vida es percibida como un don la acogerá más fácilmente como algo bueno.

Lo mismo ocurre en el aula. Un educador que vive su tarea con gozo transmite esa positividad. No es un adorno: es el núcleo del acto educativo. Porque antes que contenidos, se comunica una forma de estar en el mundo.

En un tiempo que reduce la educación a indicadores y resultados, conviene recordar que su dimensión decisiva es la menos cuantificable: la relación, la palabra con convicción, la mirada que reconoce.

Educar hoy es ir contracorriente. Es afirmar que el conocimiento importa, que la atención es posible y que la vida conserva una grandeza que merece ser descubierta. Y esa afirmación no se sostiene con discursos, sino con la coherencia del educador.

Quizá la pregunta final no sea cómo lograr que escuchen, sino si seguimos teniendo algo que valga la pena ser escuchado. Cuando la respuesta es afirmativa, la pedagogía deja de ser técnica y se vuelve experiencia compartida.

En tiempos de escepticismo, la educación no se salva con más dispositivos ni con técnicas más sofisticadas, sino con una convicción: la vida merece ser comunicada como un bien. Cuando el docente cree en lo que enseña y en quien aprende, la atención deja de ser un problema y se convierte en consecuencia. Educar, hoy, es un acto de esperanza deliberada.

29-04-2026

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