Con fundamento: ¿La luz? ¡Al final del túnel!

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«…quisiera invitarles una vez más a reflexionar sobre el fundamento y la importancia de nuestro estar-en-relación; y a redescubrir, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el deseo del hombre que no quiere permanecer en su propia soledad.» Papa Francisco, “De las comunidades en las redes sociales a la comunidad humana” 53° Jornada Mundial de las comunicaciones sociales

La columna que fielmente escribo está destinada a un portal que, precisamente, se identifica como comunicacioncontinua.com. Su misma denominación refleja la situación permanente en que vive el ciudadano de hoy. La comunicación, el estar-en-relación que destaca Francisco en su saludo es más que nunca la condición vital del humano actual, cuya persona se difunde, comparte, comunica, en un ambiente el cual, más que red como lo llamamos, debería llamarse atmósfera, un viento omnipresente sobre La Tierra cuya inhalación resulta difícil de evitar.

Dos condiciones permiten e impulsan la vital actividad que satisface ese “deseo del hombre que no quiere permanecer en su propia soledad”: el inconcebible desarrollo de la comunicación informatizada; y –claro- la energía eléctrica que inunda el planeta activando no solamente la tecnología que permite plasmar, emitir, y recibir información, sino innumerables actividades, productivas tanto como recreativas.

Desde el descubrimiento de la energía eléctrica, su utilidad y relativamente bajo costo ha promovido una de las más fantásticas trayectorias tecnológicas en la era moderna. Nos es difícil imaginar un mundo sin fluido eléctrico ¡Qué distancia se ha recorrido desde que nuestra ciudad emeritense, a mitad del siglo pasado, sólo disponía de doce horas nocturnas de iluminación y potencia eléctrica, suministrada por aquellas compañías locales: “Luz Parra” y “Luz Picón”! La ciudad es sede además de facultades de Ingeniería y Ciencias que han sido capaces de desarrollar proyectos de tecnología de punta. Recordemos por ejemplo aquel tren TelMag que, suspendido sobre un campo magnético, podía recorrer sus rieles a velocidades de 300 Kilómetros-hora.

La superación de todo sueño comunicacional, acontecida con el desarrollo de la telefonía celular: empresas como Apple, Blackberry, y Google, amplió al infinito la capacidad operativa de esas cajitas plásticas que son los nuevos teléfonos, haciéndolas minicomputadoras interconectadas inalámbricamente. Estas cajitas, más que cualquier otro artefacto, han popularizado comunidades de intercambio como Twitter, Facebook, Instagram, y Whatsapp, las cuales no solamente pretenden comunicar, sino INFORMAR. Y ello resulta especialmente relevante en ambientes de control social y censura dictatorial de medios formales de comunicación social. Las redes ofrecen una forma de organización social independiente. Volviendo al discurso del papa: “La metáfora de la red, trasladada a la dimensión antropológica, nos recuerda otra figura llena de significados: la comunidad. Cuanto más cohesionada y solidaria es una comunidad, cuanto más está animada por sentimientos de confianza y persigue objetivos compartidos, mayor es su fuerza.” Esto resulta temible para el poder ejercido despóticamente.

Todo régimen tiránico teme las redes sociales y combate su uso con desinformación a través de ellas, o reprimiendo a los usuarios. De manera cruda, durante las protestas de 2014 y 2017, se detenía a ciudadanos en la vía pública para forzarles a mostrar su mensajería a las fuerzas represivas. Los organismos públicos prohíben el uso de ciertas plataformas y también vigilan a los trabajadores para castigar mensajes de determinada orientación. No se llega, sin embargo, al total cierre de las redes, quizá por no evidenciar abiertamente La represión, o por la ventaja que, por su lado, encuentra el poder en su uso.

Llama la atención que uno de los efectos más ampliamente sufridos durante los apagones que se prolongan casi por semanas, es la caída de la internet y de las redes, sumiendo al país en una oscuridad aún más pavorosa que la ocasionada por la noche sin lámparas: la oscuridad comunicacional que impide saber la evolución de la tensa dinámica política que atraviesa el país en este preciso tiempo, además del estado de familiares y amigos quienes ya no solamente están dispersos en la ciudad y el país, sino en toda la esfera terrestre. Con ellos nos hemos habituado a permanecer “en red”, y la repentina caída de este estar-en-relación nos mortifica profundamente, deprimiendo e inmovilizando.

Para una tiranía, los apagones, en este sentido, resultan perversamente oportunos. Como ciudadanos, no solamente debemos organizarnos individual y colectivamente para afrontar la emergencia a que nos han llevado el despilfarro, la rapiña, y la desidia que se cebaron para destruir uno de los sistemas de suministro eléctrico mejores de América, sino para recobrar hasta donde sea posible la capacidad de permanecer intercomunicados manteniendo una comunidad cohesionada, fuerte y animada por esos sentimientos de confianza y solidaridad que permitan recobrar el objetivo. La luz no está en eventuales y espasmódicas reconexiones. La verdadera luz, no olvidemos, está al final del túnel.