Con fundamento: La oposición de la oposición

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento. G. Orwell

¡Qué irónico es que precisamente por medio del lenguaje un hombre pueda degradarse por debajo de lo que no tiene lenguaje! S. Kierkegaard

En el habla de hoy no es raro equiparar “radicalismo” con “extremismo”, falsos sinónimos especialmente confundidos en estos tiempos de terror, cuando determinadas creencias son invocadas en justificación de atentados masivos demencialmente crueles. No es radical quien somete a una ideología todas las decisiones de su vida, sobre todo en la política; está siendo un extremista.

El radicalismo ha sido desacreditado por los planteamientos filosóficos que hoy son defendidos en el mundo. Basándose en el escepticismo moderno y posmoderno, y la moda del “pensamiento débil”, profundizar es un acto anómalo. Ello no es extraño, pues un mundo como el que se nos presenta, aplanado, de dos dimensiones, excluye las direcciones hacia lo profundo y lo trascendente. Con ligereza, a un extremista se le califica de radical.

Radicalismo –como el término lo indica- es relativo a las raíces, a ahondar, a afirmar con contundencia. Ser radical no es bien visto en un mundo bidimensional y virtual. La nueva izquierda, por ejemplo, convencida de la incapacidad de sus predecesores para resolver los grandes problemas sociales que prometieron zanjar, crea continuamente nuevas utopías extremistas para que la sostengan: los llamados nuevos derechos, el politically correct, la ideología de género, entre otros, se presentan como valores supremos a defender mientras la injusticia, el hambre, y las enfermedades continúan azotando la mayor parte del globo. Un sagaz crítico del marxismo, el comunista italiano Antonio Gramsci, propuso una estrategia subversiva consistente en atacar los valores culturales que sostenían al mundo y lo protegen de la hegemonía marxista. La guerra ya no es de clases, sino de ideologías, y se gana destruyendo principios éticos, deformando creencias, sistemas educativos y, claro, lenguaje. El objetivo no es solucionar graves problemas, sino destruir para llegar al poder absoluto.

Los defensores de los nuevos ideales se autodenominan activistas, y se plantan ante los demás cual jueces designados por la historia. Este activismo puede alcanzar niveles de fundamentalismo, cuando un aspecto de la realidad, divorciado del complejo tejido que la forma, es erguido como único factor de importancia, junto al cual todos los demás se consideran despreciables. El radicalismo es afirmativo: busca su esencia para afianzar y defender una identidad; el extremismo activista es negativo, definiéndose por condena y rechazo. El radical, el verdadero radical, afirma y defiende; el verdadero extremista rechaza y reprime hasta creerse con el derecho de eliminar a quien, no viendo las cosas en igual perspectiva que la suya, es acusado de históricamente insignificante o dañino. El activista puede pasar a ser terrorista, actuar psicopáticamente contra el otro. Jesús fue y es radical, dicen que Judas fue un extremista.

El extremismo siempre existió, pero usualmente se había mostrado en grupúsculos clandestinos, precariamente mantenidos. Los tiempos, sin embargo, han ido dando paso a la institucionalización del extremismo violento. Un extremismo con apoyo financiero de determinados intereses, dirigido a destruir al que no conviene.

Se puede decir que Venezuela sufre dentro de sus fronteras la oficialización del extremismo, costeado con dineros públicos, y justificado bajo pretextos ideológicos. Se teme, incluso, que elementos del terrorismo de Medio Oriente colaboren con el proyecto político hegemónico que hasta ahora rige Venezuela. Pero el extremismo no solamente aparece en el ámbito oficialista, se presenta con toda su violencia en grupos que rechazan el status impuesto y dicen proponer su superación. El juego político parece estar planteado de manera que todos los factores se sujeten a la misma manera de jugarlo. Especialmente en cuanto a ese instrumento básico de la política que es el lenguaje.

El extremismo ha dinamitado el lenguaje, sobre todo en el debate político. En una suerte de perverso virus gramsciano, el respeto mutuo necesario para poder confrontar visiones a veces incompatibles, o simplemente para dirigirse al que piensa distinto sin caer en confrontación irresolublemente violenta, ha sido también demolido. Y se ha dado en el lenguaje. La informalidad que permiten las redes sociales fomenta una despreciable manera de hablar del otro.

En el campo de los antagonistas del gobierno, el extremismo ha hecho destrozos. El lenguaje se ha tornado anti-político y eso es mortal, porque el lenguaje infiltra todas nuestras actividades.

Se diría que auto-denominarse Oposición ha hecho, de estos antagonistas, opositores de por sí, opuestos irremediablemente, inclusive entre ellos mismos. Pero, pensándolo bien, ¿no es la palabra “oposición” íntimamente sinónimo de ubicarse en un extremo descuidando las raíces?