Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
Ya el uso difundido de la internet y -sobre todo- las redes sociales se habían convertido en un fenómeno universal cuando arribó la pandemia del COVID 19. Ante la obligada parálisis del contacto personal por el distanciamiento que dictó como profilaxis la OMS, lo que era un fenómeno sociológico promovido por la tecnología se profundizó, hasta hacerse sustrato antropológico de una nueva cultura. Desde 2020, las redes y las plataformas de mensajería instantánea no solamente se expandieron y penetraron los más íntimos rincones de la vida comunitaria e individual, sino que han llegado a ser el mayor negocio de la historia, arena de competencia de gigantescas corporaciones, a la vez que el más efectivo medio de modelado social.
Tempranamente fue advertido por el Obispo de Roma. Ante la popularización de las funciones litúrgicas transmitidas por Instagram, Facebook y WhatsApp, el Papa Francisco se pronunciaba ya en abril de 2020, advirtiendo que celebrar la misa sin pueblo “es un peligro”, aclarando que esta modalidad a distancia estaría ligada “al difícil momento” pero necesariamente “la Iglesia debe estar con el pueblo, con los sacramentos”. Ya en aquellas alocuciones advertía que no se puede “viralizar a la Iglesia, los sacramentos, el pueblo”. Ante la transitoria necesidad de celebrar Eucaristías a distancia, resaltaba “pero para salir del túnel, no para quedarse así”, porque la Iglesia es “familiaridad concreta con el pueblo”. Y lamentaba: “Esta no es la Iglesia, es una Iglesia en situación difícil”. “Estamos juntos, pero no estamos juntos”.
Y vale citar a Francisco, no por excesivo celo eclesial. Es que indudablemente ha sido voz esclarecida en medio de un frenesí que lanzó al mundo a obsesionarse con la ya popular tecnología, no advirtiendo las consecuencias radicales que podría traer en nuestro modo de relacionarnos, en una función básica del ser humano como es la comunicación. “La vida -decía el poeta brasileño- es el arte del encuentro”; encuentro personal, directo, íntimamente cargado de humanidad. Y uno resalta dos campos donde la necesidad del encuentro se hace radicalmente sensible: la educación y la política.
“La política trata del estar juntos y los unos con los otros, de los diversos”, dice Hannah Arendt en sus escritos sobre el tema. Surge no del hombre en sí; surge de la relación entre los hombres, del necesario encuentro con los “otros”, los “diversos”. En detalle, juntos como adjetivo indica “que dos o más personas, animales o cosas están una al lado de la otra, cerca o tocándose”. La política fluye en la relación de quienes se exponen unos a otros corpóreamente en la vida colectiva. Se exponen, se arriesgan a vivir conjuntamente. El encuentro personal es necesario como en la educación, donde la persona, el impacto concreto de un individuo en otro, sin más mediación que palabra y gesto, constituye factor imprescindible en la relación educativa.
A partir del aislamiento sanitario, la necesidad de comunicarse virtualmente se ha tornado obsesión por viralizarnos y visualizarnos en lugar de encontrarnos, reemplazando la relación política directa, la concreta popularidad, por el manejo de abstractos algoritmos, encuestas, artificios psicológicos. La posibilidad de una pedagogía de la política, deseada en los antiguos liderazgos, queda relegada por la implacable eficacia de una abierta demagogia.
Es verdad que el encuentro “presencial” presenta limitaciones de tiempo y espacio que lo hacen arduo. El dirigente político no puede estar simultáneamente en dos lugares distintos, y el gesto proselitista es efímero. Sin embargo, en los antiguos mítines que ya son casi inexistentes, el impacto del líder era de eficiencia y substancia mucho mayores que las artificiosas apariciones televisivas, las encuestas, o las súper estudiadas contiendas en los debates. Qué puede entonces decirse de los condicionados y elaborados mensajes en Tuiter e Instagram, donde ni siquiera se sabe quién verdaderamente los genera y hasta unos cuantos “bots” pastorean al lector hacia tendencias y matrices de opinión.
¿Existen “polis virtuales”? Ante lo expuesto, cabe estar de acuerdo con que no se puede “viralizar al pueblo”, como alertaba Francisco. La polis, la ciudad, como convivencia estrecha y material de los diversos, se desvanece al reducirla a la disgregación, en la que eufemísticamente llamamos modalidad no presencial.
El humano se resiste a ser transformado en un cyborg cultural, mitad espíritu y mitad usuario. En la arena política, ello se evidencia en el creciente desprestigio de líderes y partidos, minados por millares de mensajes adversos a la vez que encerrados en un narcisismo alimentado por “vistos” y “likes” manipulados, y lo que fue democracia llegó a ser marketing. La política es presencia; la política es presencial o no es.
15 junio 2022 bmcard7@gmail.com


