Con fundamento: La resiliente belleza

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«En política son los medios los que deben justificar el fin». Albert Camus

Se debe a Aristóteles la calificación del ser humano como animal político (“zoon politikon”), y así denominaba al ciudadano, quien practicaba el arte de vivir en la polis, en la democracia griega. Aún pasados milenios, los hombres seguimos por naturaleza dados a la relación política.

La cultura misma, ese conjunto de conductas y medios adoptados para facilitar y regular la convivencia, resulta, en esencia, política; muchos optan por evitar alinearse con los grupos partidistas, a los cuales trivialmente asociamos la vida política, pero escoger formar familia o no, decidir por el Facebook en lugar del twitter, preferir un determinado grupo de amistades, o ir a tal o cual equipo deportivo, por ejemplo, son decisiones que nos afilian a colectivos con sus respectivos aparatos de formas de comportarnos, sus sectores con determinados intereses o afinidades, sus indicaciones y motivaciones, que juzgamos coincidentes con una imagen de nuestro bien y el de los demás.

En resumen, nadie que viva en comunidad escapa a vivir la política.

En la esfera del llamado Poder Político, esa tendencia se engrandece por el reconocido propósito que se le asigna: el logro del bien común. Para participar en el poder político, el individuo busca el apoyo de suficiente número de conciudadanos, para quienes debe aparecer sobre todo confiable, además de eficiente e inteligente. En él es depositada la confianza de asociaciones que le otorgan representatividad y se la otorgan en base a cierta certeza moral. Agotada esa certeza, esa confianza, el político no tiene vida, va a su liquidación como tal.

Solamente en una época como la presente, de máxima relativización de principios morales, cuando las más elementales evidencias están cuestionadas o manipuladas, puede un político con cierta trayectoria despilfarrar la confianza lograda a través de décadas de servicio y pruebas de confiabilidad acumuladas, puede decidir morir a la vida política en pro de beneficios inmediatos, en desesperación de segundones.

Para sus seguidores, sus compañeros, hasta para su familia, equivale a verlo descomponerse antes de la muerte física, hundiéndose en la muerte moral. Para colmo, su nuevo estado es inducido y utilizado por el mismo poder que lo ha aniquilado, para ponerlo a su más bajo servicio, el trabajo sucio, inaceptable para políticos de envergadura. Es, en pocas palabras, un “zombi político”, para todos los efectos, un muerto liquidado y revivido por el maquiavelismo de un maligno poder.

¡Cuán triste es ver caer antiguos conocidos que nos merecieron confianza, a quienes vimos actuar con cierta dignidad, en ese estado de muertos “vivos”! Para colmo de males, no conformes con hundirse se prestan, como los monstruos de esos filmes de moda, a contaminar otros políticos con su pestilente mordedura, a tentar y pervertir, además de sembrar la decepción y la desconfianza como veneno intrigante. ¡Cuán esperanzador resulta cada político que resiste la oferta y evade el contagio! ¡Y cuán triste descubrir cuando la intriga y el infundio lograron enturbiar el rio de la historia!

Estás líneas que surgen en la semana previa al que pudiésemos calificar como el evento más decisivo desde aquel 19 de abril, piden por que, haciendo uso de los mejores medios, seamos todos buenos políticos. Así, juntos restituyamos la sana conciencia, la base de una esperanza cierta de mejor porvenir, como un fin para quienes pervivimos en este país de resiliente belleza.

24-07-2024

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