Con fundamento: Ladran, Sancho. Señal de que andamos

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«Cada una de las siete virtudes que forman parte del catecismo sirve para que el cristiano sepa cómo afrontar la tentación de cometer alguno de los siete pecados capitales, puesto que se contraponen a ellos y, por ello, sirven como modo de salvar el alma. A saber:

  • Humildad contra el pecado de soberbia.
  • Generosidad contra el pecado de avaricia.
  • Castidad contra el pecado de lujuria.
  • Paciencia contra el pecado de ira.
  • Templanza o temperancia contra el pecado de gula.
  • Caridad contra el pecado de envidia.
  • Diligencia contra el pecado de pereza»

La envidia es el sentimiento de rechazo que se siente frente al bien ajeno, sea este un bien material como patrimonial, o inmaterial como prestigio o fama, o virtudes y cualidades como inteligencia, amor o belleza. Profundamente destructivo, tal rechazo se manifiesta contra otra persona, aunque, en verdad, delata un hondo desprecio por uno mismo. El envidioso desearía eliminar al envidiado; sin embargo, apenas se apodera de él, esa cizaña empieza a devorar su propia mente.

La envidia se difunde fácilmente y oscurece primero la mirada, para luego entenebrecer la persona toda. El envidioso se obsesiona, igual o quizá más que el enamorado. Si se da rienda suelta a esa pasión nociva, la envidia inventa falacias que puedan justificar actos inconfesables. La Biblia, la mitología y la tragedia griegas, relatan verdaderas epopeyas de envidia, comenzando por el homicidio de Abel.

Todos podemos caer en la tiniebla verdosa de la envidia, sólo puede uno salvarse tomando conciencia de lo que está despertando en su ser y combatiéndolo antes de que tome control.

De hecho, en la simetría de Pecados Capitales y Virtudes Cardinales (muy útiles para observar nuestro propio comportamiento) la envidia es uno de esos pecados, y la virtud que se le opone es la caridad, amor fraterno cuya tenencia es una gracia y cuyo cultivo puede sanarnos. También hemos sufrido ser envidiados.

En su prédica contra la envidia, (febrero de 2020) el Papa Francisco alerta sobre la facilitación que las redes ofrecen para el crecimiento de resentimientos contra éxitos o felicidades a menudo fingidas, atrayendo el oscuro morbo sobre gente que en realidad tiene poco que envidiar.

En política, la envidia juega, desgraciadamente, papel determinante, no pocos dirigentes lanzan a sus partidarios en locas estrategias dirigidas, realmente, hacia la ruina de otros. Envidia y resentimiento ordenan decisiones gubernamentales que azotan gran parte de nuestro pueblo. La envidia motiva absurdos conflictos armados.

No me quieran crucificar por lo que voy a decir, pero mucha de la animadversión de nuestros países contra los Estados Unidos se explica por la opulencia y el poder que esa nación ostenta. En lugar de la emulación y la creación de caminos hacia la superación, resulta más fácil paralizarnos en el resentimiento, enumerar perjuicios -o inventarse pretextos- que lo justifiquen.

La historia -nacional o personal- llena de altos y bajos, nos muestra que todos transitamos un camino no siempre feliz, poco envidiable. Y vivir abiertos en caridad, especialmente para con nuestras propias flaquezas y pasados errores, nos permite penetrar las sombras y revelar la raíz de nuestros sentimientos, desde la comprensión, cambiando nuestra agresiva tiniebla en luz y, así, sanando. Citaba Francisco a Carl Jung: “Uno no ilumina…sino haciendo consciente la oscuridad”.

En las nuevas modalidades de comunicación, la calumnia, falsos testimonios, fariseísmo, el armado de causas judiciales y condenas de prensa, viciadas por el odio o el dinero, las fake news, infundios viralizados, moldean y extravían la opinión pública. Tales expresiones de la envidia, apoyados en despiadado poder político y mediático, resultan muy difíciles de desmentir, impidiendo que el calumniado pueda contraponer la verdad de su propio comportamiento y, al mismo tiempo, sumiendo a los envidiosos calumniadores en una pertinaz espiral de autodestrucción.

No seamos, pues, los perros atados que ladran al avance del Quijote; que, en el año recién nacido, el ejemplo estimulante, y el espíritu de sana competencia, nos lleven a querer y apreciar el bien del otro, en lugar de codiciar y detestar su éxito, para liberarnos y despejar nuestro camino hacia una mejor vida personal, colectiva, y nacional.