Por Bernardo Moncada Cárdenas…
«Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, buscas una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad.»
Mateo 18,15, lectura del pasado domingo 6 de agosto
La frase proverbial es a menudo usada para esconder las eventualidades incómodas o reprensibles que ocurren en el hogar familiar, sabiamente recomienda discreción mientras se logran las correcciones requeridas. En muchas ocasiones, sin embargo, justifica la errónea conducta de aguantar estoicamente los más serios problemas para evitar el qué dirán, manteniendo una falsa fachada de armonía y envidiable convivencia.
La práctica sabiduría de Jesús de Nazaret, en el Evangelio, propone un comportamiento evidentemente más sano. Los errores o abusos no se aguantan estoicamente, pero la manera de enfrentarlos conlleva un fondo de misericordia, de respeto por el otro. Así, se ofrece la oportunidad de rectificar y subsanar, sin irse de boca hacia la difamación. También el Evangelio recomienda lapidariamente: « ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Lucas 6, 41-42): antes de señalar moralmente es conveniente revisar nuestro propio actuar.
Lo que voceamos públicamente no regresa ya a nuestros labios ni a nuestro pensamiento. Se hace dominio de los demás, y no precisamente de aquellos a quienes más interesa nuestro bien. Muy a menudo es pasto de satisfacción para adversarios y nada más; también se vuelve arma para destruirnos y para destruir a aquellos a quienes, supuestamente, queríamos ver corregirse y actuar mejor. En la arena política, la difamación –así la encontremos justificable- muestra ante todo nuestra propia deslealtad, poniéndonos en tela de juicio a nosotros mismos.
«En política, son los medios los que deben justificar el fin», escribió Albert Camus enigmáticamente, y es que la actuación de un dirigente o un militante político muestran en sí el objetivo al que quiere conducirnos. Un demócrata buscará el poder por medios legítimos, transparentes, consensuales, orientados en cada paso al bien común, su conducta justificará el apoyo masivo a que aspira. Un populista hará uso de la oferta engañosa, el desprecio de formas y normas, la vaguedad y la imposición, mostrando qué hará con el poder si llega a conquistarlo. Cuando la arena partidista desecha la política para convertirse en un torneo de desacreditaciones, sarcasmos y chismorreos, el general irrespeto evidencia cómo seremos tratados los gobernados.
Venezuela está sufriendo justamente el resultado de seguir a quien, en lugar de actuar como un buen padre, sedujo al electorado actuando como un padrote, ostentando un discurso totalmente ajeno al de un demócrata: maestro del doblez que, en sus encuentros con quien tenía el poder, se mostró considerado, cortés, halagador, lleno de promesas de profundización de la democracia, mientras que, en sus furibundas arengas públicas, gritó a voz de cuello sus falsas promesas, a la vez que desacreditaciones, amenazas, vulgares sarcasmos y chismorreos, un soez irrespeto hacia sus adversarios.
Pero lo peor ha sido la contaminación del discurso político en casi todas las áreas, colándose hasta el sencillo elector. Una manera despiadadamente desconsiderada de tratar inclusive a quien, propugnando el mismo objetivo, difiere de nuestra estrategia, y haciéndolo vox populi, ha demolido los puentes que la verdadera política necesita. En el debate interno de partidos o alianzas partidistas, organizaciones seriamente amenazadas por un galopante proyecto totalitario, es urgente que “le bajen dos” a las redes y los discursos, para no seguir perdiendo credibilidad a la velocidad que van.
Lo opuesto a lavar los trapos sucios dentro de casa es el crudo exhibicionismo que resalta los defectos de la familia más que sus cualidades, aunque en el fondo sean muy buenas. «Cuando apuntas con el dedo, recuerda que tres dedos te señalan a ti«, reza un proverbio inglés. Se necesita mucha misericordia y mirar la viga en el ojo propio, pues todos llevamos una como dice el Evangelio, para no acabar destruyéndose a sí mismos. Recobrando la necesaria discreción, habrás ganado a tu hermano.


