Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«Corazón de fe dormida
que gritas mirando al cielo:
“¡no hay duelo como mi duelo,
ni herida como mi herida!”;
…ruin corazón pecador
que miras sólo a ti mismo:
¿has medido tú el abismo
del más inmenso dolor?»
— J. M. Gabriel y Galán. Los dolores de María
El caso de la señora Carmen Teresa Navas ha sacudido las aguas —todavía transidas y estancadas— del alma venezolana.
Para la mayoría de la humanidad, la relación entre madre e hijo posee una profundidad e intensidad únicas. Pero en la cultura venezolana, marcada por una particular forma de matriarcado emocional, ese vínculo está revestido de una sensibilidad aún más poderosa.
La figura menuda y frágil de esta madre; el reclamo vivo de su mirada; la persistencia de su búsqueda por un hijo inexplicable e injustamente arrebatado en la ola represiva que asoló el territorio venezolano, terminaron convirtiéndola en el emblema humano de una nación que sufre.
El final de su odisea —de centro de reclusión en centro de reclusión— fue devastador. Carmen Teresa descubrió que Víctor Hugo estaba muerto desde hacía meses y que ninguno de sus captores, responsables de garantizar la vida de su hijo, tuvo la piedad o el valor de informárselo.
La noticia estremeció al país entero.
La ola de solidaridad que acompañó el martirio de esta madre creció hasta lo indecible tras conocerse la verdad. También crecieron la indignación ante la fría y extemporánea respuesta de quienes debieron custodiar la vida de su hijo y la conmoción colectiva frente a las imágenes de la exhumación, el sepelio y ese funeral en el que todos los venezolanos parecimos vernos reflejados.
Cuando, pocos días después del entierro, Carmen Teresa rindió también su vida, quedó claro que su corazón martirizado era el corazón mismo de una nación transida de dolor. Dolor por la injusticia, por la tragedia y por una historia cuyo dramatismo sentimos como propio.
Los venezolanos —tanto quienes padecen esta tragedia como quienes han perpetrado éste y otros crímenes contra víctimas de la opresión — no debemos permanecer como testigos insensibles ante el destino de Víctor Hugo y su valiente madre, el clamor de todo un país ha de estremecer hasta a los verdugos.
Más allá de las connotaciones políticas y penales, lo que permanece en vilo es el alma de un pueblo que necesita razones para recomponerse y recuperar la convivencia. Hechos como el ocurrido con Víctor Hugo y Carmen Teresa hieren profundamente esa posibilidad de reconstrucción histórica.
Quizás la tragedia de Carmen Teresa Navas y de su hijo Víctor Hugo no deba ser recordada únicamente como una noticia dolorosa más dentro de la larga sucesión de padecimientos venezolanos. Hay historias que terminan convirtiéndose en símbolo, porque condensan el sufrimiento, la indefensión y también la conciencia moral de un pueblo entero.
La muerte de una madre consumida por el dolor de perder a su hijo —y por descubrir tardíamente la verdad de su destino— interpela a toda la nación. Interpela a quienes ejercen el poder, a quienes callan, a quienes justifican, y también a quienes, desde la indiferencia o el cansancio, corren el riesgo de acostumbrarse al horror.
Ninguna sociedad puede reconstruirse plenamente mientras el sufrimiento humano sea tratado con frialdad o mientras la dignidad de las víctimas quede subordinada a intereses políticos. Allí donde se pierde la compasión, comienza también a perderse la posibilidad de convivencia.
Por eso, el duelo y la agonía de Carmen Teresa trascienden el ámbito privado: son el duelo y la agonía de Venezuela misma. Y acaso el único camino para sanar estas heridas históricas consista en recuperar la verdad, la justicia y la humanidad que nunca debieron perderse.
Oramos por la paz del alma de madre e hijo, víctimas de esta tragedia. Y oramos a Dios, capaz de lo imposible, para que Venezuela pueda, algún día, superar estas desgarraduras y encontrar el camino.
20-05-2026
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