Con fundamento: Patrimonio y persona

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«…el mundo se convierte en ámbito de la existencia que definen el poder y las leyes… En la disociación o la antítesis racionalista, el mundo se reduce al ámbito de la existencia definido por el poder y sus leyes, que se convierten en instrumentos de violencia. Hace años tuvo lugar la intervención de un magistrado que exaltó el principio de la legalidad como algo absoluto, afirmando que la Navidad no debía tener por objeto a Jesús, sino el hecho de que el Estado la establecía, la legalidad. Esto me recuerda un pasaje de Miłosz sobre el que hemos reflexionado: “Se ha llegado a hacer creer al hombre que, si vive, es solamente por gracia de los poderosos” …» Luigi Giussani EL MILAGRO DEL CAMBIO

Un grupo de jóvenes con quienes conversaba sobre el inmenso valor del patrimonio arquitectónico y urbano ignorado en nuestras ciudades, preguntaban el porqué de esa ceguera ciudadana ante lo que nos rodea. Y así empezamos a charlar acerca de la desconexión que el hombre sufre respecto a la realidad.

Ellos mismos se veían sorprendidos con la cantidad de detalles y situaciones de interés que había señalado y descrito en mi charla. Quizá el más asombrado era yo mismo, en mi fuero interior, al observar que el cúmulo de datos que salían de mi memoria, antes había pasado total o parcialmente desapercibido para mis juveniles oyentes

Una primera suposición que salió a flote, al compartir opiniones sobre el porqué de esa desconexión, fue la apatía de la que usualmente se acusa a la juventud y, generalizando, al ciudadano común. Un efecto que se toma como causa, pues el desinterés es un producto, no un generador, de esta ruptura que nos aísla de los alredores. Otra hipótesis, era el efecto de esa zozobra en que vivimos, absorbidos por necesidades, compromisos, y focos de distracción, también el efecto de la rutina, -el acostumbramiento puede adormecer el encanto-; o la prevalencia del más bastardo interés monetario, que sólo permite ver los comercios y, a los propietarios y responsables de los espacios urbanos, ver el puro valor del suelo urbano y las posibilidades de explotarlo al máximo.

Entonces, expresé que mi preocupación, al observar el fenómeno que nos ocupaba, es comprobar la indetenible erosión, desintegración, del yo, de la persona, en el individuo que integra la sociedad moderna. No hay una percepción de la ciudad y sus valores (que, consciente o inconscientemente nos hacen permanecer, habitándola), porque el sujeto que percibe va en proceso de desvanecimiento, queda poco del sujeto de la ciudad, un sujeto reducido al mínimo.

Y es un desvanecimiento sumamente grave, que nos hace caer en progresiva anestesia frente a lo que acontece en nuestro ambiente y en el mundo, percibiéndolo como cosas banales, nada de qué asombrarse, algo sin incidencia en nuestra vida y en las que, igualmente, muy poco podemos incidir.

Es grave, porque una existencia sin contenido, sin un sentido, no solamente nos priva del disfrute y la maravilla ante lo que nos rodea (la familia misma, en muchos casos), sino que se torna una existencia definida por el poder y sus expresiones: normativas, corrientes de opinión prefabricadas, modas, lo cual tiene como consecuencia la pérdida de nuestra libertad, la abolición de la libertad.

Y no estoy refiriéndome al poder de algún sector partidista o ideológico en particular en el gobierno, pues es algo que, conscientemente o no, ejerce sobre nosotros un mecanismo que hasta gobierna a los gobiernos. Una renuncia a ser libres que nadie proclama expresamente, pero se vive en lo cotidiano; la extracción casi quirúrgica de la libertad y su sustitución por un control psicológico del ciudadano, puesto a la orden del poder, y sumido en una depresión permanente.

Es grave para nuestra vida social, porque, desconectados apáticamente de lo que constituye la urbe, perdemos un indispensable componente de nuestra personalidad: la ciudad y sus ambientes tradicionales, cargados de vida y experiencias, son un patrimonio espiritual que soporta nuestro yo, nuestra identidad individual y colectiva. Al perder la ciudad como seducción (además el deterioro y la explotación nos la están arrebatando físicamente), vamos despersonalizándonos, privándonos de nuestra identidad.

Por ello la labor que nos hemos propuesto, inducir al ciudadano o al visitante a un nuevo contacto con la ciudad, recobrando su capacidad de maravillarse, su afecto, es construcción de ciudadanía y libertad, una tarea necesaria que conscientemente asumimos, pero que no debería limitarse al grupo de quienes la emprendimos. Rescatar la relación estética, afectiva, con la realidad ambiental que nos rodea, y lanzar una campaña para hacerlo con niños y adultos, es posible, necesario, ¡y, además, gratificante!

Septiembre 28 2022 bmcard7@gmail.com