Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«Antes de ser Rector, fui Partero y sigo siendo Partero, todavía voy a la maternidad, he visto nacer este pueblo por más de 50 años.» Pedro Rincón Gutiérrez, médico.
«Siento la alegría de haber respirado sencillamente varios decenios de vida universitaria y veintidós de rectoría en una institución, que estará siempre al servicio de Venezuela, de su búsqueda irrenunciable en pos de la paz, la justicia y el amor para todo un pueblo digno y esperanzado. » Pedro Rincón Gutiérrez, Rector de Rectores
«Estos muchachos aprenden de mí solamente las mañas malas.» Pedro Rincón Gutiérrez
«La gente dice que soy el rector eterno. ¡Yo lo que soy es crónico!» (Risas) Perucho
El miércoles 7 de julio, se cumplió el décimo sexto aniversario de la desaparición física de Pedro Rincón Gutiérrez, Doctor Rincón, Rector de Rectores, Perucho, o todas a la vez. Lo considero un aniversario que no se debe pasar por alto, especialmente en la presente circunstancia.
Este destacado obstetra tenía 35 años cuando el gobierno surgido tras la caída de Marcos Pérez Jiménez lo designó, tras especie de encuesta entre colegas, rector de la Universidad de Los Andes. En 1988, al entregar su último rectorado, había regido los destinos de la Universidad de Los Andes por veintidós años en total; dejaba una institución floreciente, con manojo de nuevas facultades, presencia en varias regiones de Venezuela, planta física envidiable, y disponibilidad de áreas para posterior expansión. Acertó el claustro al intuir en su persona tantas potencialidades.
Aparte del esplendor académico, significativa fue la innegable vinculación con el pueblo merideño. Un chiste inventado tras la visita de Juan Pablo II en 1985 cuenta que, asomado con el Papa y el arzobispo en el balcón del Palacio Arzobispal, el público preguntaba “¿Quién ese señor de gorrito blanco tan simpático al lado de Perucho?”. Puede decirse que ha sido el más popular rector de la ULA, imagen paternal en la que también el mundo extra-universitario se sentía acogido. La alta dignidad de su cargo, su prestigio como profesional de medicina, su reconocida autoridad como hábil político, no ofuscaron ese talante jovial y campechano, accesibilidad sincera que permitía fluir confiadamente la relación con el personal a su cargo y con el trabajador más modesto de la región. Reflejaba la memoria de su humilde origen, y la sabiduría de doña Vitalia, su modesta madre.
Tal sencillez abrigaba, en el fondo, profunda humanidad, nutrida por amplísima cultura y manifestada en ejecutividad y productivo dinamismo.
Cultivaba meticuloso conocimiento del castellano que usaba con precisión. Dos correcciones que escuché de su boca lo aseguraron: “No se dice estadía; la estadía es la permanencia del barco en puerto. En el caso de una persona escribes estada”; “No uses la expresión ‘recursos humanos’. El hombre jamás es un simple recurso.” Como orador era capaz de improvisar hondas, persuasivas y poéticas piezas. Inolvidables emociones suscitaba.
Vi esta humanidad desbordante en su amistad con mi familia, en la convivencia como universitario y como estrecho colaborador de su gestión. Ayudaba generosamente a los necesitados, promovió la donación de terrenos para múltiples obras sociales. Le creaban fama de hombre rencoroso con sus adversarios. Tras una fuerte intervención en el Consejo Universitario que presidía, un importante consejero y amigo vaticinó: “Ahora Usted no va a levantar cabeza con Perucho, ya verá.” Poco después, finalizando mi decanato, el Rector me pedía hablar a nombre de los decanos salientes y me llamó a trabajar a su lado distinguiéndome con total confianza.
Sólo esa personalidad abierta, sociable, y habilidosa, pudo crear el fenómeno político llamado “Peruchismo”. Sobre una red de amistades sin limitaciones ideológicas, interactuaba el Doctor Rincón con todos los partidos. En la Universidad existían adecos peruchistas, copeyanos peruchistas, comunistas peruchistas y miristas peruchistas. Todos podían sentarse a conversar en una mesa presidida por los persuasivos argumentos de aquel hábil jugador.
Durante los duros tiempos de la lucha armada, esta red de compromisos y acuerdos mantuvo la institución en crecimiento, cardinal interés de sus gestiones políticas. Con la Iglesia mantuvo óptimas y fecundas relaciones, siendo un hombre de fe. Tras su última reelección fui a felicitarlo y no lo encontraba; estaba en catedral, donde había pedido celebrar un Te Deum privado.
Su amplitud garantizó sucesivas reelecciones, hasta que el primer gobierno de Rafael Caldera intervino las universidades y lo separó del rectorado, para luego ser elegido de nuevo tras la gestión de las nuevas autoridades, y aún otra vez.
¿Cómo sería su gestión frente a un régimen como el actual? (Confrontó todos los gobiernos durante sus rectorados). Inimaginable. Mas sus virtudes como individuo social, ser humano, culto universitario, poético pensador, fino orador, y político de amplitud y sagacidad incomparables, son hoy por hoy paradigmas urgentes de nuevos liderazgos, para el futuro que Venezuela necesita y merece.



