Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
En los ’60, cuando Mérida, como gran parte de Venezuela, estaba desprovista de señal televisiva, Radio Caracas Tv, Venevisión, y VTV, transmitían la Lucha Libre, espectáculo de altísima popularidad en la teleaudiencia.
Los televidentes sufrían y se enervaban hasta el infarto con las situaciones en el ring, aunque (al menos los adultos) deberían haber sabido que las violentas golpizas y las martirizadoras llaves eran pantomima pura.
Era además una estridente y básica alegoría de la lucha entre el bien y el mal. Había los “buenos” y los “rudos”. Los rudos eran capaces de las atrocidades más exorbitantes sin llamar atención del referee. Éste, en cambio, se volvía un energúmeno cuando alguno de los buenos cometía alguna infracción pequeña. La “puesta de espaldas”, con la cual un luchador sometía al otro para ser declarado ganador, esa contabilizada perezosamente si un rudo estaba perdiendo; a los buenos se les contaba con implacabilidad de cronómetro. Si el combate era de dos rudos contra dos buenos debía el espectador contar con que en algún momento ambos malvados irían indebida pero efectivamente contra uno de los buenos.
Emocionaban mucho los encuentros de un grandote bonachón, conocido como “El Gladiador Croata” contra un regordete enmascarado llamado “El Dragón Chino”. Por pura habilidad y tamaño, el Gladiador parecía listo para despacharse al dragoncito en dos rondas. No contábamos los espectadores con la monumental y astuta maldad del Dragón, y mucho menos con una tal sustancia china que dispensaba generosamente sobre los ojos del croata, cegándolo y haciéndolo entrar en crisis, en espasmos de dolor por la irritación. El árbitro hacía el loco o profería consideradas reconvenciones contra el infractor. El maniqueo público solía imprecar al Gladiador Croata, enfurecido por su renuencia a vengarse utilizando las mismas malas artes que el Dragón Chino. Lo asombroso era que, con todo y el aparatoso ventajismo, casi siempre perdía el Dragón Chino; al final terminaba perdedor para alborozo de los ingenuos telespectadores.
¿A qué viene este arranque de triviales reminiscencias en momentos tan complejos para nuestro país? Creo que el avisado lector se habrá dado cuenta de que toda esa historia parece una alegoría de lo que hoy vemos suceder, en parte protagonizado por nosotros mismos No entendemos la dinámica del proceder en ninguno de los dos bandos, y mucho menos la del bando de quienes se declaran defensores de la democracia y la legalidad, vamos del odio a los “rudos” hacia la saña contra los “buenos”.
Olvidamos además que, aunque el Gladiador Croata encarne una rectitud no libre de fuerza y habilidad, no es perfecto ni omnipotente, que cede a veces ante el cansancio o la desmoralización, que inventa malas estrategias, o está sólo interpretando su papel y, sobre todo, que esta no es la comedia televisada sino la compleja realidad en la que no hay sogas que nos separen del cuadrilátero.
No somos espectadores que simplemente aplauden, maldicen y opinan; gran parte del show fue creado con votos o abstenciones de muchos de nosotros, y continúa por nuestra obstinación en ceder a pasiones viscerales y encandilarnos con ídolos, como las que una vez llevaron a votar masivamente por “los rudos” cuyas astucias hoy nos mortifican. Por ello es también responsabilidad nuestra levantarnos de la cómoda poltrona, dejar por un momento las redes, abandonar inútiles rabietas y adoptar una decisiva y consciente sensatez e independencia de criterio frente a la realidad.




