Con fundamento: Tiempo de privilegio y esperanza

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«Ella, que esperaba según la tradición de los llamados “pobres de espíritu” (anawim), aguardó esta salvación sin arrogarse derecho alguno de pensarla de un modo o de otro, con el corazón y los brazos abiertos a Dios» Luigi Giussani, María en el misterio de Cristo y de la Iglesia

Este tiempo litúrgico, el Adviento, es un camino. Se nos propone para nuestra vida cotidiana desde hace dos milenios y para siempre y no solamente para cuando estamos en las funciones eclesiásticas. Es para vivir cada momento con la conciencia avivada de una espera, la espera que arde en el corazón humano, borrada la cual, el corazón se extingue.

Somos seres caídos, cada uno de nosotros lo es, no es raro, es condición de lo humano, es una mala noticia que pasamos por alto; empero, por otra parte, nuestra condición complicada y dolorosa tiene como respuesta la venida de un Salvador, un Redentor que hace palpable, tangible, experimentable, el amor misericordioso del Padre, el Niño es vía hacia una vida más humana, más verdadera, camino amoroso hacia la sanación. El Adviento canta la esperanza humilde de estar ante esta presencia, no como una espera pasiva, con los brazos cruzados en oración momentánea y sorda. Es pedido continuo, que nos construye y está lleno de ardor, es pedir la salvación sin arrogarse derecho alguno de pensarla de un modo o de otro, con el corazón y los brazos abiertos a Dios.

Oportunamente tiene lugar en Tiempo de Adviento la festividad de la Inmaculada Concepción de María. Es un dogma proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula ‘Ineffabilis Deus’, doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente. Fray Juan Ramos, primer obispo de Mérida, le consagró la Diócesis aún antes de que el dogma fuese proclamado. Ignoro cuántas diócesis en el mundo tuvieron ese privilegio de modo tan precoz.

Toda advocación de la Virgen hace meditar en otro dogma: la Asunción de María, elevada a los cielos en cuerpo y alma para velar por sus hijos tangiblemente, en diferentes regiones y para diferentes culturas, de manera que la Madrecita que habla a Juan Diego en su propia lengua indígena, como a los pastorcitos iletrados de Lourdes, es la una y sola Madre de Dios que se digna hablar a un pueblo determinado. Aunque en la arquidiócesis haya devotos de varias advocaciones, la decisión de Fray Juan Ramos es un signo imponente, que nos cobija bajo la predilección de la Inmaculada.

Y esta fiesta coincide con los cien años de la creación de la Arquidiócesis Metropolitana emeritense, y la celebración de un nuevo aniversario de haber tomado posesión como su arzobispo metropolitano Su Eminencia Monseñor Baltazar Porras Cardozo, actual Cardenal de Venezuela.

Sobrados motivos se tienen para que esta Fiesta de la Inmaculada siga revistiendo el Adviento merideño con especial alegría, como exaltación de la esperanza que este tiempo litúrgico implica. Felicitemonos.

Coronando el portal de nuestra Basílica Menor de la Inmaculada Concepción, su dulce mirada de madre nos habla con palabra de consuelo y animación. Es el método de Dios, que no se verifica en ideas abstractas sino en una presencia carnal, voz audible que se dirige a cada uno de nosotros. La Inmaculada, con las celebraciones de este particular año, es presencia que en Adviento nos guía con su mano amorosa.

07-12-2022