Con fundamento: Tu regalo a Venezuela

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

«Navidad es acoger a un Dios que se hace niño y nos regala esperanza» Papa Francisco

«Es Navidad cada vez que esperas con aquellos que desesperan en la pobreza física y espiritual» Santa Madre Teresa de Calcuta

«La Navidad es el misterio de la ternura de Dios hacia mí.» Luigi Giussani

De nuevo, como durante los últimos veinte años y más, finalizamos el año abrumados por las noticias. Dentro o fuera de nuestras fronteras, asoma un mundo acosado por la sinrazón, la hostilidad, el deterioro ambiental y moral, la colectiva soledad, incomprensión frente al otro. Somos una humanidad cada vez más interconectada y cada vez más incomunicada, la paz parece ser recluirse en una habitación y aturdirse frente a un televisor.

Ante la sobrecogedora escala de los males que nos presentan los medios, la sensación de insignificante impotencia, de auto-menosprecio, aumenta la que, ya por nosotros mismos, llevamos, conocedores de nuestras propias flaquezas y pasados errores.

A muchos de quienes quedamos en Venezuela les parece vivir en el peor país del mundo,  en una realidad insufrible donde un gran conflicto bélico, las fronteras o la muerte son la única salvación. Y no falta razón, sólo que también el mundo entero vive un presente conflictivo e incierto, abundante en violencia, terrorismo y tendencias suicidas. Ante los atroces ataques a la naturaleza, las redes propagan que, de seguir así, la humanidad no sobrevive hasta 2030.

Todo pareciera perdido

Mas llega también el mes en que la cristiandad occidental celebra la Navidad con todo su gozoso y esperanzador significado. Venezuela no es ajena a este recurrente acontecer; por lo contrario, todavía en estas circunstancias prevalece un género inexplicable de alegría que inunda hasta los más precarios y empobrecidos hogares, llena los templos parroquiales en las madrugadoras misas de aguinaldo, tradición litúrgica para la que esta nación goza de exclusivo permiso. Pinos y pesebres, grandes y suntuosos o pequeños y modestos, avivan los ambientes, y sobre todo se canta, con el acento de cada región, una fe pura, justa y correcta como el alma de un recién nacido. Gaitas, villancicos, parrandas, aguinaldos, no abandonan el aire fresco de nuestro diciembre, sonando quizá con menos insistencia ante la dureza de la circunstancia y la escasez de medios, pero cada uno trayendo su recado de una esperanza misteriosa, categóricamente distinta de lo que llamamos optimismo.

Pues, mirando los hechos en lugar de atenernos a elucubraciones. ¿Cuál es la grandeza del acontecimiento que conmemora la Navidad? Aconteció en otra de esas etapas cuando todo parece perdido, cuando Israel estuvo bajo dominio del más prepotente imperio, pero al mismo tiempo esa pequeña nación, que se definía elegida de Jehová, sufría siglos como abandonada, padeciendo el silencio de Dios. Se conmemora que, proveniente de un paraje de los menos prominentes de la Galilea, llevados a Belén de Judá a censarse allí obedeciendo órdenes del lejano César, una pareja humilde que para colmo está en tiempo de parto se ve forzada a guarecerse en una gruta para recibir su niño. Allí, a espaldas de los anales honoríficos, simples y toscos pastores se arremolinan extasiados ante el canto de los ángeles y el resplandor inusitado de la noche. Se conmemora la pobreza indefensa que florece en un acontecimiento nunca visto, marcando y dividiendo la historia para siempre con la humana profundidad de su significado. Sin más regalos que quizá algunos quesos y panes, sin más adornos que la paja seca del establo y los pañales lavados a mano, aconteció la Natividad: la primera Navidad del mundo.

Y esa noche sigue dando alegría y tibieza a nuestros diciembres aquí, a tanta distancia y tras tanto tiempo. Porque el mensaje discreto, tras la bulla y la fiesta, prevalece: También tú puedes nacer de nuevo, también por ti se hizo el Todopoderoso tan minúsculo y frágil como un bebé campesino sin recursos, para sacudir el mundo con Su amor –así de importante eres-, nada de insignificante impotencia. También tú, a partir de ese mensaje, puedes llevar a los demás la nueva conciencia que tanto requerimos, la que es el único punto de partida para el verdadero cambio y la que puede partir del menos favorecido venezolano igual que de quienes tenemos el privilegio de hacernos escuchar.

Haz de esa conciencia tu saludo navideño, hazlo de corazón y tu cadencia hará vibrar de esperanzada voluntad a quien lo recibe. No te detengan las malas noticias, ellas nunca cesarán en su afán de distraerte de tu propia y preciosa responsabilidad; asume tu papel por pequeño que sea y comunica la razón de tu alegría. Que sea ése tu regalo para liberar a Venezuela.

¡Feliz Navidad!