Con fundamento: Una democracia que nos compromete

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

Un resabio que tenemos ante la política, estemos o no en críticos momentos como hoy, es “ver los toros desde la barrera”, como si la política fuese un asunto reservado a especialistas. Es parte del extendido y cómodo espíritu que se nos alimenta desde la lactancia para incorporarnos al llamado mundo moderno. Una de las holguras que nos brinda eso que, de lejos, llamamos “los políticos” consiste en tener siempre un “ellos”, que culpar, tener un gobierno o unos líderes de los cuales despotricar sea cual sea su orientación.

Es una escapatoria útil para salvaguardar nuestra responsabilidad, manteniendo libre de sensaciones culposas al pobrecito ego, con la ilusión de salvarle la cara. Por esa dinámica caemos en este pantano de incompetencia irritada, de incapacidad para siquiera plantearnos enfrentar el difícil escenario en que nos hemos puesto “por error u omisión”. Como resultado, las carreteras fronterizas sienten el paso de millares de fugitivos dispuestos a vivir en la incertidumbre laboral y en la total pérdida de raíces en pro de un precario confort, vaciando las venas de su propia nación.

Miramos la política como algo atrayente, hasta apasionante, pero en lo cual participamos solamente “tomando partido”, como quien escoge la fanaticada de un deporte, o votando a quienes van a dirigir nuestro destino colectivo, para luego –como si fuese paso lógico- dedicarnos a criticar sus decisiones y actos, como el típico referí de las gradas.

Dos resultados afloran cuando analizamos esta conducta nuestra: la impunidad que se concede al poder para actuar con total autonomía, en una omnipotencia que favorece su perpetuación y corrupción, y la anulación del ciudadano como persona, cuyos pareceres e intereses se vuelven insignificantes, indignos de ser tomados en cuenta en su pequeñez, después que se conquista nuestro apoyo.

De este menosprecio de la persona, al cual cooperamos amoldándonos y resignándonos cómodamente a ser aplastados por las maquinarias de los poderosos, resulta un individuo alienado, eximido de responsabilidades, pero también de potestades.

Pero la política, como su nombre lo indica, no es asunto de partidos y gobiernos, es asunto de la polis, la colectividad de individuos a quienes acomuna la posesión de un patrimonio territorial, material y cultural.

El verdadero político es el ciudadano, con su natural potestad, el individuo que, consciente de su relación con el todo, específicamente con su sociedad, se compromete como persona y exclama con decisión esa tremenda sílaba: “YO”.

Los problemas de la sociedad son tema de la dignidad de la persona, independientemente de su rango en la estructura laboral, de su condición social, de su edad, en resumen: independientemente de su capacidad de incidir directamente en la conducción de la ciudad y la nación. Desde un presidente o gran dirigente partidista, hasta el más humilde y recóndito ciudadano, nuestra contribución a Venezuela está ya en las decisiones y actos de nuestro yo.

Asumirlo conscientemente es fuente del sentido de responsabilidad basado en la propia dignidad, y fuente de un deseo firme de no eximirse de participar, a la escala y nivel que a cada uno corresponda.

En este momento cada vez más álgido de una historia de la cual todos formamos parte, no podemos conformarnos con ver pasar al país desde el balcón. La única forma de superar nuestra sumisión es rescatar nuestro yo, la consciencia del yo, el sentido personal del yo. Lo demás vendrá como consecuencia.

No basta leer artículos de opinión, “compartir”, o repetir en chats de WhatsApp opiniones prefabricadas, ni asimilar los discursos de dirigentes partidistas en los medios. Cuando todo está en juego, lo primero que debe ponerse en juego es tu persona, tu persona abierta a la realidad, informada y atenta, que no se conforma con mirar por el ojo de la cerradura las posiciones ideológicas o códigos morales que se le ofertan.

Ponerse en juego significa salir de la comodidad de la opinión sin consecuencias y asumir que lo público también nos concierne. Significa defender la posibilidad de vivir en una sociedad donde nuestra voz cuente y donde haya espacio para construir, con otros, un futuro en el que nuestro corazón pueda respirar.

Si la democracia significa «gobierno del pueblo», invocarla supone reconocer tanto nuestra capacidad de incidencia como nuestra responsabilidad en los asuntos comunes. No podemos reclamar una democracia que nos trate como ciudadanos mientras nosotros mismos nos comportamos como espectadores.

La democracia no solamente nos gobierna: la democracia nos compromete.

14-10-2026

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